Número 7 (enero de 2012)
'Trending' tópicos: ¡la televisión de ahora no es como la de antes!
Antoni Roig

La cosa suele ir así: alrededor de determinados fenómenos televisivos, a menudo dirigidos a un público concreto, preferentemente pero no de forma exclusiva infantil o juvenil, se lanzan proclamas sobre la lamentable calidad de los productos televisivos actuales, de los dudosos valores que transmiten, de  su escasa relevancia como producto cultural.... Y no es extraño que se acompañen de consideraciones  sobre mejores tiempos donde la creatividad, la originalidad y los valores éticos marcaban la diferencia, donde las funciones de la televisión –formar, informar y entretener– eran consideradas como ejes de referencia irrenunciables. En tiempos de abyecta telebasura  no hay duda de que la televisión de ahora no es como la de antes. En mi opinión, este es un buen lugar para empezar a tratar algunos tópicos. En esta ocasión, relacionados por un lado con la calidad televisiva y por otro, con algo todavía más etéreo, la nostalgia.

 

Lo primero que me fascina de las polémicas alrededor de programas de cadenas generalistas como Telecinco (Sálvame y satélites, La noria y otras atracciones, Gran Hermano y centros de confinamiento afines, etc.) o también de canales temáticos como Disney Channel es cómo la televisión sigue manteniendo una notable capacidad de provocación e impacto social, que le otorga  todavía la categoría de instrumento bajo sospecha décadas después de su entronización como elemento central en nuestras vidas.  A esto no  es ajeno una de las características distintivas de la televisión, su condición natural de espectáculo en directo, lo que John Ellis (2002) denomina la calidad de la co-presencia. Nos guste o no, nos interese o no lo que vemos, muchos de los programas televisivos más ampliamente denostados ofrecen momentos inesperados tanto para los espectadores como para los productores, donde lo planificado y lo espontáneo resultan especialmente difíciles de separar (sólo hay que atender a los constantes paseos de Jorge Javier Vázquez por los pasillos de Telecinco a la busca y captura de instantes televisivos  y el comportamiento errático de sus personajes de vodevil). Así, todos sabemos perfectamente que Gran Hermano no es la vida en directo (menudo aburrimiento si fuera así); es su condición de simulacro aceptado y el ni que sea relativo grado de impredictibilidad lo que estimula el interés de los espectadores.

 

En la segunda década del siglo XXI, todavía parece que seguimos esperando de la televisión unas ciertas características razonables, unas funciones que otras formas culturales no precisan porque poseen otro tipo de legitimación, quedando liberadas de  llamamientos a la (auto)regulación o al (auto)control. Especial perplejidad me suscita la función de entretener, que suele darse por autoevidente a pesar de ser un término de difícil y esquiva definición. Entretener se suele asumir como sinónimo de pasar el tiempo, de distracción,  de escapismo y esta  supuesta función social nos permite tolerar productos de escaso valor intelectual a menudo dirigidos a colectivos culturalmente menospreciados: niños, jóvenes, gente mayor (particularmente mujeres)... En definitiva, grandes consumidores televisivos pero raramente considerados a la hora de negociar qué entendemos por calidad. Calidad y entretenimiento suelen expresarse como términos contradictorios e incluso la expresión entretenimiento de calidad tiene inevitablemente  una connotación normativa (no todo el entretenimiento es de calidad, ¡sólo faltaría!). El problema es que la calidad también es un concepto resbaladizo y se suele emplear siguiendo criterios elitistas. Como señala Nico Carpentier (2011), la calidad se puede definir de muchas maneras, tanto en términos  estéticos (lo mejor que se ha hecho), técnicos (según sus valores de producción), profesionales (destacando a los autores y los equipos implicados) o sociales  (proyección de valores deseables); pero atención, antes de abrazarlos como valores únicos y absolutos, hay que tener en cuenta que buena parte de estos criterios se forjaron en el siglo XIX, tiempo de debates sobre alta y baja cultura o sobre el rol privilegiado de artistas y expertos en relación a las masas. Debates que en la era de la hibridación mediática parecerían superados pero que todavía reviven de vez en cuando, disfrazados bajo denominaciones más políticamente correctas.

 

Y la otra cuestión es la nostalgia. Según el pedagogo y psicoanalista Donald Winnicott (1971), en nuestra trayectoria vital, sobre todo en la niñez, entramos en contacto con textos que configuran de forma decisiva nuestro imaginario personal y que,  a pesar de que sea de manera transformada, nos acompañan en nuestra vida adulta. Cada generación comparte determinados textos clave y los atesora. Si hemos tenido la oportunidad de volver a alguno de aquellos antiguos tesoros, es posible que la experiencia tenga algo de desconcertante: en parte frustrante y en parte reconciliadora; sabemos identificar posiblemente aquellos elementos que en su momento nos fascinaron y a la vez somos capaces de ver las costuras, de toparnos con las limitaciones; y aún así, quizás podemos descubrir detalles que en su momento habíamos pasado por alto. Porque nosotros tampoco somos como antes.

 

El profundo respeto hacia este espacio personal y a la vez colectivo frena mi impulso de llevar a cabo un ejercicio de desmitificación, que señalaría sombras de sexismo, clasismo, tópicos raciales o geográficos, homofobia, rancios valores inmovilistas o incluso  sueños totalitarios planeando sobre inocentes y entrañables joyas televisivas y populares de mi generación... Revisitar críticamente el pasado es altamente saludable, pero despreciar su valor sería una acción casi tan absurda  como hacerlo en el presente. La televisión sigue siendo una clave de primera mano para establecer vínculos no sólo con lo que nos es cercano sino con lo que nos es aparentemente lejano; aprovechemos para observar, para tratar de entender con ojos críticos, para poner en valor sin prejuicios incluso aquello que no nos gusta. Disfrutemos de la ventaja del hecho que la televisión de ahora no sea como la de antes.

 


Para saber más

 

Carpentier, N. (2011). Media and participation: a site of ideological and democratic struggle. Bristol: Intellect Books.
Ellis, J. (2002). Seeing things: television in the age of uncertainty. London: I.B. Tauris Publishers.
Winnicott, D. W. (1971). Playing and reality. London: Penguin.
 

comunicación y educación;  entretenimiento;  televisión; 
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