Número 42 (marzo de 2015)
La etiqueta social en la Barcelona del siglo XIX
Ramon Anglada, Elisenda Estanyol i Casals

A finales del siglo XIX las relaciones sociales aún estaban marcadas por unos estrictos códigos que se debían cumplir de manera escrupulosa. Siguiendo rígidas normas de etiqueta, cualquier acción –desde peticiones de bailes a recibir o realizar visitas– se debía llevar a cabo de idéntica forma para encajar en el rígido marco moral de la época. Nada mejor que uno de los más eminentes miembros de la alta sociedad dejara por escrito cómo comportarse en los eventos sociales. Así fue como en 1883 aparecía la primera edición del Código o deberes de buena sociedad de Camilo Fabra, alcalde de Barcelona entre enero y abril de 1893 y marqués de Alella.

Hijo de banquero, Camilo Fabra i Fontanills (1833-1902) fue alcalde de Barcelona, senador vitalicio y primer marqués de Alella. A parte de ejercer cargos políticos destacados, se convirtió en un eminente empresario del sector textil desde la presidencia de Sucesora de Fabra y Portabella, que el año 1903 se fusionaría con la compañía escocesa J&P Coats, haciendo surgir la potente Hilaturas Fabra y Coats. Pero Fabra fue conocido también por su vertiente de coleccionista de arte y mecenas, legando a la ciudad de Barcelona buena parte de su colección pictórica, que hoy puede contemplarse en distintos museos de la ciudad. El Observatorio Fabra, en la montaña del Tibidabo, y la fábrica Fabra i Coats –actualmente en conversión en equipamiento cultural municipal–, mantienen el nombre de Fabra ligado al de Barcelona.

 

Con un papel muy activo en la vida social y cultural de la Barcelona del siglo pasado, Fabra organizaba en su residencia de la Rambla de Canaletes fiestas legendarias, donde acudían miembros de la realeza y de la aristocracia. Tanto es así que la prensa de la época se hacía eco de las mismas. Así, La Vanguardia del 25 de octubre de 1888, bajo el titular Baile en casa de los señores Fabra, describía una de sus fiestas como “verdadera orgía de luces, colores y bellezas”. La columna destacaba también cómo los Fabra recibían a sus invitados “con proverbial distinción y era opinión de la mayoría que la fiesta era magnífico alarde de cuanto en esta clase de agasajos puede ofrecer Barcelona a sus más egregios huéspedes”.

 

No sorprende pues que Fabra compilara todos sus conocimientos de etiqueta en un tratado, que tituló Deberes de buena sociedad, donde puntualizaba en el prólogo que su principal objetivo era “suplir, dentro de la medida de mis fuerzas, la falta que se nota de una especie de código que evite en determinados casos de la vida el tener que preguntar qué conducta se debe seguir para no singularizarse” (pág. 11). Otro conciudadano ilustre de la época, el joyero Masriera (1954), plasmó en sus memorias cómo en el popularmente conocido como Código Fabra “se aprendía cómo debía doblarse una tarjeta, cómo se debía portarse en una visita y una infinidad de cosas que convenía saber en aquellos tiempos en que se pretendía ser galante y bien educado” (págs. 73 y 74).

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Nos encontramos ante uno de los tratados de etiqueta social más relevantes de la época, entendiendo la etiqueta como un aspecto del ceremonial que se encarga de definir los estilos, los usos y las costumbres que se han de seguir en actos públicos solemnes; y también a la manera como se debe tratar a las personas a diferencia de los usos de confianza o familiaridad. La etiqueta se aplica en el vestuario, en la gestualidad y en el posicionamiento en el espacio de las personas asistentes a un evento. Su finalidad es la de unificar la apariencia y el comportamiento, para transmitir una imagen concreta que el anfitrión –quien organiza la fiesta– recomienda.

 

Con quince ilustraciones del escultor y pintor Claudio Castelucho i Diana, a partir de la segunda edición de 1884, la obra de Fabra describe con detalle cómo comportarse o actuar a la hora de realizar visitas, recibir y entregar tarjetas, realizar peticiones, solicitudes de audiencia a las autoridades reales y eclesiásticas, y cómo comportarse en multitud de ceremonias. Los siguientes fragmentos permiten hacernos una idea de algunas de las sugerencias que efectuaba el autor:

 

Presentaciones: “Al efectuarse la presentación, la persona inferior en rango es presentada a la superior; el caballero a la señora, y la señora soltera a la casada, si ésta no es de menor categoría” (pág. 17). “Los caballeros pueden dar la mano a las señoras, pero no sin que antes la señora haya demostrado con una expresión ligerísima de su semblante que les autoriza a ello” (pág. 22).

 

Horas y días de visita: “Las visitas se hacen por la tarde de tres a seis; la hora de tres a cuatro es la más ceremoniosa, la de cuatro a cinco la de menos cumplido, y la de cinco a seis amistosa y de confianza” (pág. 23).

 

Etiqueta de las visitas: “Si entra en el salón una señora, los caballeros se levantan y las señoras saludan inclinando la cabeza; pero entrando una señora de la casa, se levantan todos” (pág. 31).

 

Otros capítulos del libro se dedican a describir cómo organizar y actuar si se es invitado en banquetes y ágapes en general.

 

Comidas (puntualidad): “Quince minutos después de la hora indicada en la invitación, debe servirse la comida. Infiérese de aquí cuán obligatoria es la puntualidad en un convite y cuán impertinente falta de atención sería el llegar tarde” (pág. 94).

 

Colocación en la mesa: “El anfitrión permanecerá de pie en su puesto hasta que todos los convidados hayan ocupado el asiento que él les habrá ido indicando a medida que hayan entrado en el comedor” (pág. 100). “Los caballeros procurarán sentarse entre dos señoras sin otra consideración que la de colocarse el de rango superior junto a la huéspeda, y el anfitrión, inmediato a la señora de más categoría” (pág. 87).

 

Aviso a los comensales: “Nadie ha de apoyarse en el respaldo de la silla, sino tener el cuerpo erguido” (pág. 104).

 

Conversación: “La buena educación en general, y en la mesa en particular, requieren mucha armonía y como las cuestiones sobre las que haya distinto criterio la quebranta fácilmente, es de suma conveniencia evitar en un convite toda conversación relativa a materias en que pueda haber disidencias” (pág. 109).

 

El tratado también detalla cuáles eran las horas y las compañías idóneas para pasear, haciendo especial distinción si se trataba de paseos a pie, a caballo o en automóvil:

 

Paseo (compañía): “Aunque es corriente que salga sola a la calle una señora casada, se observa, no obstante, que las más, especialmente las jóvenes, suelen ir acompañadas de otra señora o de un niño, así por el placer de la compañía como para evitar las miradas que comúnmente se fijan en una señora que sale sola. Una señorita no sale sino en compañía de alguna parienta, aya o camarera” (pág. 132).

  

Paseo (saludos): “Es costumbre que los caballeros, al encontrar en un paseo público a señoras conocidas, las acompañen un rato, sin ofrecerles el brazo a menos que estén enfermas o sean ancianas” (pág. 133).

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A partir de las indicaciones que ofrece Fabra, podemos imaginarnos una alta sociedad barcelonesa disfrutando de múltiples bailes y conciertos, que se organizaban en residencias particulares. También sorprende descubrir la costumbre de organizar veladas donde se interpretaban comedias, donde los mismos invitados interpretaban a los personajes. El código también permite hacerse una idea de los juegos populares de la época en estas fiestas, ya que describe con detalle cómo comportarse jugando a las “charadas y prendas”, y cómo organizar sorteos, loterías, y jugar con decoro a las cartas.

  

Temporada de bailes: “La temporada de bailes dura desde Diciembre hasta principio de cuaresma” (pág. 113). “Los únicos bailes admitidos son los rigodones, lanceros, wals y polka, finalizando muchas veces con un cotillón, en el cual se hacen regalos humorísticos y algunas veces hasta espléndidos. Nos se debe bailar sin llevar los guantes puestos” (pág. 116).

 

Juegos: “En el juego y en el viaje es donde se aquilata la buena educación, porque el egoísmo pone con frecuencia en el riesgo de olvidarla; y por los mismo es cuando se ha de dar mayor muestra de cortesía” (pág. 122).

 

Si bien algunas de estas normas de etiqueta continúan vigentes hoy en día, la obra de Fabra pone en relieve cómo la etiqueta social evoluciona y se adapta a los tiempos. Así, el tratado nos permite descubrir las costumbres de una época superada, con una visión del todo paternalista de la mujer. Las instrucciones detalladísimas para con el servicio, con apartados como el dedicado a los Deberes del criado para con las visitas, y la importancia concedida a la riqueza del individuo con quien se establecía relación, permiten también visualizar una sociedad extremadamente jerarquizada donde la pertenencia a una determinada clase social actuaba como un estigma muy difícil de modificar.

  

Para saber más:

 

Fabra, C. (1891). Deberes de buena sociedad. Barcelona: Ed. Antonio J. Bastinos.

 

Masriera, L. (1954). Mis memorias. La sociedad de Barcelona vista desde un mostrador a últimos del siglo pasado. Barcelona: Ed. Dalmau y Jover.

 

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