Revisando el nexo entre desigualdad y globalización desde una mirada sistémico-estructural
A pesar de la tendencia decreciente observada en la desigualdad global, el enfoque sistémico-estructural nos permite interpretar conjuntamente las mejoras de los ganadores y las pérdidas de los perdedores de la globalización a partir, esencialmente, de una distribución asimétrica del poder. Dicho enfoque explica los cambios institucionales no como un proceso evolutivo lineal o como una simple construcción ideológica, sino como el resultado de la transformación de las condiciones materiales de producción. Una aproximación que nos ayuda a entender algunas de las aparentes contradicciones que estamos presenciando actualmente en materia de comercio internacional o a comprender por qué, muy probablemente, la reversión parcial de la globalización no conduzca a una distribución de la renta menos desigual.
Despite the downward trend observed in global inequality, the systemic-structural approach provides a combined interpretation of the gains for globalization’s winners and the losses for its losers, fundamentally as a result of an asymmetric distribution of power. This approach views institutional change not as a straightforward evolutionary process or a simple ideological construct, but as the outcome of shifts in the material conditions of production. Such a perspective helps to understand some of the apparent contradictions currently seen in international trade and explains why a partial reversal of globalization is unlikely to result in a less unequal distribution of income.
La dinámica de concentración de renta en los deciles con mayores ingresos, observada a partir de la década de los ochenta (UNU-Wider, 2025; World Inequality Lab, 2025), y la creciente preocupación por sus efectos económicos, políticos y sociales han situado el estudio de la desigualdad en el centro del debate académico y político de los últimos años. El propio FMI, en el informe publicado por Ostry et al. (2014), reconocía que la elevada desigualdad representa un obstáculo para el crecimiento económico, y rechaza con ello el trade-off entre eficiencia e igualdad tradicionalmente defendido por el pensamiento neoclásico (Okun, 1975). A su vez, trabajos como los de Wilkinson y Pickett (2010) vinculan la desigualdad con una larga lista de problemáticas como la pobreza, la menor esperanza de vida, los problemas de salud mental, el abandono escolar o la mayor tasa de homicidios y población encarcelada. En el ámbito político, cada vez son más los autores que relacionan el auge de la extrema derecha y el deterioro de las instituciones democráticas con distribuciones de la renta crecientemente desiguales (Bischi, Favaretto y Sanchez Carrera, 2022; Engler y Weisstanner, 2021; Bergh y Kärnä, 2022).
El interés creciente por la desigualdad ha reavivado el debate sobre sus determinantes. Es en el marco de ese debate en el que el presente artículo se propone analizar, desde una perspectiva sistémico-estructural, la relación entre desigualdad y globalización, la lógica que subyace a los cambios que esta última está experimentando y cómo tales cambios pueden afectar a dicha relación.
Antes de responder a esa pregunta, deben concretarse algunas cuestiones. En primer lugar, decidir qué dimensión y variable vamos a utilizar en la medición de la desigualdad. A continuación, debemos decidir qué indicador o indicadores y base o bases de datos vamos a utilizar para operacionalizar la variable escogida. Podemos estar interesados, por ejemplo, en calcular las diferencias de renta acumulada por los diferentes factores de producción (desigualdad funcional), países (desigualdad entre países), individuos de un mismo país (desigualdad dentro de los países) o entre el conjunto de individuos del planeta, independientemente del país en el que vivan (desigualdad global). Asimismo, deberemos decidir si realizamos la comparación en términos absolutos o relativos. De hecho, los anteriores indicadores deberían entenderse como complementarios, dado que su interpretación conjunta nos ofrece una mejor comprensión del fenómeno a analizar. En nuestro caso, por su relevancia en el debate sobre los efectos de la globalización, nos centraremos en la desigualdad global de la renta (en adelante, desigualdad global).
Al no existir una encuesta única con cobertura mundial, la medición de la desigualdad global presenta grandes retos, porque las definiciones y conceptos empleados no son homogéneos entre las distintas fuentes. Una de las recopilaciones más relevantes es la elaborada por la World Income Inequality Database (WIID). Esta base de datos proporciona información sobre la renta disponible expresada en dólares internacionales de 2017, ajustados mediante paridades de poder adquisitivo (PPP) para corregir las diferencias en los niveles de precios entre países. Una segunda base de datos, ampliamente utilizada en la literatura, es la World Inequality Database (WID), desarrollada por Thomas Piketty, Facundo Alvaredo y otros investigadores del World Inequality Lab. A diferencia de la WIID, esta base de datos combina información procedente de encuestas de hogares con datos de las cuentas nacionales y de los registros fiscales y administrativos.1 Por último, Milanovic (2024) obtiene resultados comparables, aunque sus estimaciones se basan directamente en los datos de las encuestas, sin recurrir a datos de cuentas nacionales o de registros administrativos y fiscales.
Aunque con ligeras diferencias, los tres indicadores descritos muestran una tendencia creciente de la desigualdad global hasta finales del siglo XX y una tendencia decreciente a partir de ese momento (Zito Guerreiro y Kapeller, 2025). En cualquier caso, las diferentes mediciones parecen avalar la tesis de que, en mayor o menor medida, la desigualdad global estaría reduciéndose desde principios de siglo.
Si basamos el análisis en los datos de la WID, por su mayor robustez metodológica, y utilizamos índices de Theil para analizar cuál ha sido la contribución de los dos componentes de la desigualdad global, tal y como hacen Chancel y Piketty (2021), observamos que su reducción se debe principalmente a la menor desigualdad entre países (between-country inequality) a partir de 1980, lo que coincide con un crecimiento de la desigualdad dentro de los países (within-country inequality) que, sin embargo, resulta insuficiente para compensar la anterior tendencia.
Figura 1. Componentes de la desigualdad global entre 1820 y 2020

Ambos componentes se calculan a partir de la ratio entre la renta acumulada por el 10 % de mayor renta y el 50 % de menor renta. Fuente: Chancel y Piketty (2021)
Las tendencias desagregadas permiten atribuir, principalmente, la reducción de la desigualdad global al fuerte crecimiento de China e India (Chancel y Piketty, 2021). Una conclusión de gran relevancia si, tal y como apuntan trabajos como los de Anand y Segal (2008), Gradín (2021) o Milanovic (2024), la contribución de China a la reducción de la desigualdad global cambiará de signo en breve, lo que incrementará la desigualdad global una vez las rentas del país excedan un determinado umbral.2 La relevancia de China en la reducción de la desigualdad global vuelve a hacerse patente en las estimaciones del Global Inequality Project, que sitúan el actual Gini global en máximos históricos y con una tendencia estable, tras excluir a China del análisis (Global Inequality Project, s.f.).
Uno de los gráficos más conocidos en los análisis del impacto distributivo de la globalización es el desarrollado por Lakner y Milanovic (2016), conocido como el «gráfico del elefante», en el que representan el crecimiento de la renta de cada percentil global entre 1988 y 2008. La actualización del «gráfico del elefante», realizada por Chancel y Piketty (2021), muestra cómo las dinámicas identificadas por Lakner y Milanovic se habrían mantenido estables para el periodo 1980-2020 (ver figura 2).
Figura 2. El «gráfico del elefante» de la desigualdad global. 1980-2020

El eje de abscisas muestra el percentil de la distribución global de la renta real per cápita y el eje de ordenadas el crecimiento acumulado de la renta real per cápita entre 1980 y 2020. Fuente: Chancel y Piketty (2021)
El «gráfico del elefante», en cualquiera de sus versiones, se presta a diferentes interpretaciones. La lectura más extendida en la literatura se refiere a los trabajadores de las economías emergentes y al 1 % más rico de la población mundial como «los ganadores de la globalización»; de modo que el mayor beneficio de los individuos más ricos del planeta parecería compensarse (y justificarse) con la mejora de la renta y las condiciones de vida de miles de millones de trabajadores de economías en desarrollo. Una segunda lectura, que también se refleja en la figura 2, matiza la conclusión anterior al comparar el porcentaje del crecimiento de la renta acumulado por los percentiles más ricos y el 50 % más pobre de la población mundial, lo que muestra un fuerte desequilibrio en las ganancias de cada grupo cuando estas se miden en términos absolutos. Por último, una tercera lectura, más propia de un análisis sistémico-estructural como el que se propone, interpreta conjuntamente las mejoras de los ganadores y las pérdidas de los perdedores y deja de entenderlas como hechos aislados unidos únicamente por un determinante común: la globalización. Según esta interpretación, que el 1 % más rico se apropiara del 23 % del crecimiento económico del periodo precisó de intensos procesos de liberalización comercial y financiera y una deslocalización productiva que permitiera el abaratamiento de los costes salariales, por la sustitución directa de trabajadores o por la pérdida de poder de negociación de los sindicatos en un contexto más liberalizado. En consecuencia, la desigualdad que muestra el «gráfico del elefante» no debe entenderse únicamente en términos de renta, sino, sobre todo, en términos de poder: agentes con poder e influencia suficiente para impulsar aquellos cambios institucionales y regulatorios que son favorables a sus intereses frente a agentes sin ningún (o escaso) poder que resultan ganadores o perdedores colaterales de dicho proceso.
Esa tercera interpretación resulta aún más convincente cuando observamos cuál ha sido la tendencia de las distribuciones factoriales durante las últimas décadas. La figura 3 muestra cómo ha evolucionado –en promedio y a nivel mundial– la participación en la renta nacional del factor trabajo, a partir de datos de la Penn World Table (Feenstra et al., 2015).3
Figura 3. Participación global del factor trabajo en la renta nacional

Fuente: elaboración propia a partir de datos de la Penn World Table
Tal y como puede observarse en la figura, en promedio, la participación del factor trabajo se contrajo de forma sostenida desde finales de los noventa hasta la crisis financiera de 2008, que coincide con un periodo de intensa globalización de la economía mundial. De hecho, en 91 de los 138 países para los que se dispone de datos, la participación del factor trabajo era menor en 2023 que en 1980, lo que describe un proceso de redistribución factorial de la renta en la mayoría de los países durante el periodo analizado (Feenstra et al., 2015).
El momento actual, en el que las narrativas y medidas de liberalización comercial parecen estar experimentando un giro sustancial, al menos por parte de la Administración Trump, resulta especialmente oportuno para reexaminar el vínculo entre la globalización y el aumento de la desigualdad. El enfoque sistémico-estructural, adoptado previamente por autores marxistas como Wallerstein, Arrighi, Amin, Frank o Harvey, nos ofrece una lectura alternativa que sitúa ambos fenómenos dentro de una lógica sistémica, cuestiona la interpretación dominante, que concibe la globalización como un determinante exógeno y lineal del aumento de la desigualdad de renta dentro de los países (Lundberg y Squire, 1999; Bergh y Nilsson, 2010; Bourguignon, 2015; Helpman 2016) y nos permite entender mejor algunas de las actuales dinámicas económicas y políticas.
Asimismo, el materialismo histórico,4 en tanto que método de análisis, nos ayuda a entender que los cambios institucionales –como el que representó en su día la globalización o representa actualmente su reversión parcial– no pueden explicarse, únicamente, como un proceso evolutivo lineal o como una simple construcción ideológica, sino que, en gran medida, son el resultado de la transformación de las condiciones materiales de producción y de la lucha de clases que de estas se deriva (Marx, 1980). Desde esa óptica, la globalización pasa a explicarse como un arreglo institucional históricamente contingente, inscrito en una superestructura endógena y dinámica, cuya función principal es la de garantizar la valorización del capital bajo condiciones materiales específicas. Una concepción que desborda las explicaciones basadas en los principios normativos universales, como el libre comercio o la apertura económica, y que nos ayuda a entender el cambio institucional como una respuesta adaptativa a las condiciones de producción y a las relaciones de poder vigentes en cada momento histórico.
La falta de reconocimiento de esta plasticidad institucional es la que nos lleva a interpretar como incoherentes o contradictorios fenómenos como el reciente giro proteccionista de la política comercial estadounidense o que el desarme arancelario conviviera durante décadas con subvenciones millonarias de los países ricos a determinadas actividades, como la agricultura. Por expresarlo en términos más concretos, mientras que el capital estadounidense y occidental mantuvo una posición hegemónica en los ámbitos industrial, financiero y tecnológico, el libre comercio y la globalización facilitaron la expansión de los mercados, la reducción de costes y la colocación de excedentes de capital, siendo promovidos como valores universales dentro del discurso dominante. Sin embargo, el ascenso de China –apoyado en un Estado fuerte y planificador, con menores costes relativos y una capacidad tecnológica creciente– alteró esa correlación de fuerzas y obligó a replantear el anterior engranaje institucional, dando lugar a guerras comerciales y a un mayor control estratégico de las tecnologías y los recursos claves.
En suma, más que como una «traición» a los principios del libre mercado, el actual giro proteccionista puede explicarse como una adaptación coherente a las nuevas condiciones materiales. Un proceso adaptativo que se entiende mejor al recordar que la valorización del capital no solo precisa de determinadas relaciones verticales de clase –basadas en la explotación–, sino de una posición dominante dentro de las relaciones horizontales entre capitales en competencia (Mau, 2025). Por lo tanto, que la globalización comercial haya sido funcional a la expansión del capital dominante (y a su valorización) en una etapa concreta no implica que lo siga siendo indefinidamente bajo la misma forma institucional.
Por lo que respecta a la relación entre globalización y desigualdad, asumir que la mutación institucional depende de las necesidades de valorización del capital implica que dicha relación no pueda ser descrita como lineal, unívoca o unidireccional –tal y como asume la literatura empírica que ha tratado la cuestión–, sino como un proceso de retroalimentación, dominado por el capital y orientado a garantizar las condiciones –objetivas y subjetivas– de su propia reproducción ampliada. A este respecto, es importante subrayar que la desigualdad no deriva únicamente de una distribución asimétrica del poder, sino que ahonda y reproduce el mismo desequilibrio que la posibilita. Por ese motivo, es esperable que el propio aumento de la desigualdad acabe propiciando transformaciones institucionales que reproduzcan, legitimen y consoliden dicho aumento, y conviertan el cambio institucional en causa y consecuencia, tanto de la desigualdad como de otros cambios institucionales que participan en su determinación. A modo de ejemplo, podemos pensar en la capacidad de lobby de las grandes empresas multinacionales o en el efecto que el discurso meritocrático, la atomización o precarización laboral (mediante figuras como la de los falsos autónomos), el debilitamiento de los sindicatos, la concentración y centralización del capital en los medios de comunicación (tradicionales y de nuevo cuño) o las narrativas en torno al emprendimiento pueden acabar teniendo en la conciencia de clase de los trabajadores o en la aceptación social de la desigualdad.
Aceptar el carácter estructural, bilateral y dinámico de la relación nos permite evaluar críticamente las expectativas de que una eventual reversión –total o parcial– del proceso globalizador acabe contribuyendo a una reducción de la desigualdad. Por el contrario, es esperable que los nuevos arreglos institucionales –aunque impliquen mayores restricciones al comercio internacional– sigan profundizando las dinámicas de concentración de renta y poder, tanto dentro de los países como entre países, en un contexto en el que emergen nuevas (y agresivas) formas de imperialismo, prácticas y discursos antidemocráticos, y en el que la liberalización financiera, la movilidad internacional del capital y el control de las tecnologías y los recursos fundamentales permanecen en gran medida intactos.
En línea con lo expuesto en el artículo, cabe señalar que el deterioro de las instituciones democráticas, que recogen ya múltiples indicadores (Angiolillo et al., 2025), no solamente puede estar parcialmente causado por el avance de la institucionalidad capitalista y sus impactos distributivos, sino que dicho deterioro puede acabar siendo funcional al propio aumento de la desigualdad y a la apropiación de un mayor porcentaje de renta por parte del factor capital o de los deciles más ricos de la sociedad. Nuevamente, el carácter bilateral y estructural de dicha relación nos ayuda a entender la aparente paradoja de que en un momento histórico en el que el capitalismo muestra los mayores síntomas de insostenibilidad social, económica y medioambiental, veamos cómo, lejos de corregirse tales desequilibrios, surgen intentos por acelerar e intensificar la acumulación de capital, lo que reduce aún más el papel del Estado y acentúa dinámicas que ponen en peligro las propias instituciones democráticas y los equilibrios sociales y medioambientales. Uno de los autores que mejor anticipó esa idea fue Karl Polanyi en La Gran Transformación (Polanyi, 2016). Según el autor húngaro, las dislocaciones sociales profundas, derivadas de la imposición (utópica) del mercado autorregulado, acabaron destruyendo las bases democráticas de la sociedad de principios del siglo XX y propiciando la aparición de respuestas autoritarias durante el periodo de entreguerras.
La adopción de un enfoque sistémico-estructural implica que cualquier respuesta institucional al aumento de la desigualdad deba confrontar la dinámica de acumulación capitalista y su dimensión superestructural, y no limitarse a factores coyunturales o a la recuperación acrítica (y descontextualizada) de políticas e instituciones del pasado. Si bien determinados episodios históricos –como la Gran Depresión o la Segunda Guerra Mundial– allanaron el camino para nuevos consensos y reducciones sustanciales de los niveles de desigualdad, estos estuvieron asociados a correlaciones de fuerzas excepcionales, difícilmente reproducibles en el contexto actual. En síntesis, solo si devolvemos la lucha de clases al centro del debate y entendemos las instituciones que inciden en la distribución de la renta como una red interconectada e históricamente determinada, podremos alterar de manera efectiva las tendencias distributivas vigentes y mitigar sus consecuencias políticas y sociales.
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- El uso de estas fuentes adicionales tiene como principal objetivo corregir el sesgo habitual de las encuestas tradicionales, que tienden a infrarrepresentar los ingresos de los individuos con mayores rentas.
- De hecho, los datos basados en la WIID muestran que la contribución del crecimiento chino comenzó a ser negativa a partir de 2020 (Zito Guerreiro y Kapeller, 2025).
- En esta base de datos, la participación del trabajo incorpora el trabajo por cuenta propia.
- El materialismo histórico es un enfoque teórico, desarrollado principalmente por Karl Marx y Friedrich Engels, que sostiene que la evolución histórica de las sociedades está determinada fundamentalmente por las condiciones materiales de producción (Harnecker, 1984).
PALACIOS CÍVICO, Juan Carlos. «Revisando el nexo entre desigualdad y globalización desde una mirada sistémico-estructural». Oikonomics [en línea]. Mayo 2026, núm. 26. ISSN 2330-9546. DOI: https://doi.org/10.7238/o.n26.2603
ODS

Juan Carlos Palacios CívicoProfesor agregado del Departamento de Historia Económica, Instituciones, Política y Economía Mundial de la Universitat de Barcelona. Doctor en economía por la misma universidad. Es miembro del Grupo de Investigación Consolidado (SGR-1145 2017-2021) Copolis «Bienestar, Comunidad y Control Social» adscrito a la Universitat de Barcelona. Sus líneas de trabajo e investigación son: desigualdad económica y social, desarrollo, crecimiento económico, cooperación al desarrollo, economía cubana, neoliberalismo y democracia. Varios de sus artículos han sido publicados en revistas académicas JCR, como Growth and Change, Third World Quarterly, International Journal of Human Rights o Review of Radical Political Economics. En relación con sus áreas de especialización, ha participado en el Programa de Intercambio de Expertos Cuba-Unión Europea, financiado por la Comisión Europea, y ha colaborado en diversas ocasiones con la Secretaría General Iberoamericana.

