Número 8 (febrero de 2012)
Alter e-go: nuestro yo virtual
Ferran Lalueza

A medida que Internet ha ido potenciando su dimensión social, se ha incrementado exponencialmente el número de plataformas que permiten a cualquier persona con acceso a la Red mostrarse, darse a conocer, expresarse y, en definitiva, relacionarse con los demás en el entorno virtual. Así, del mismo modo que las empresas van forjando día a día su identidad digital corporativa, los individuos vamos construyendo nuestra identidad digital personal.

Tal como ocurre con las marcas, la identidad digital de una persona cada vez tiene un mayor peso específico en el constructo de su reputación. Para quien no nos conoce personalmente, la percepción que tiene de nosotros viene determinada frecuentemente por nuestra identidad digital. Para quien sólo sabe de nosotros a través de Internet, simplemente somos esa identidad digital. Pero lo más curioso es que hay estudios recientes que demuestran que se extiende la tendencia a rastrear también online la identidad digital de las personas que conocemos offline. Es lo que popularmente se conoce como googlear a alguien.

 

De hecho, seguramente son pocos los internautas que se resisten a rastrear su propia identidad en Internet. Es lo que se conoce como egosurfing, narcisismo digital, autogoogleo y otras expresiones similares poco benevolentes, en general, con la carga de vanidad que subyace en esta actividad. En cambio, cuando el autorrastreo es llevado a cabo por una organización, dicha práctica se adscribe generalmente a la muy respetable gestión de la reputación.

 

Las personas más concienciadas de la existencia y repercusión de este alter e-go se esfuerzan en gestionar su identidad digital personal lo mejor posible, puesto que saben que puede acabar influyendo en el modo en que nos perciben los demás: el head-hunter que ha mostrado interés en nuestro perfil profesional, esa persona a la que acabamos de conocer pero que podría llegar a convertirse en alguien especial para nosotros, el director del banco al que hemos solicitado un crédito, el jefe, los vecinos, e incluso nuestros familiares y amigos. Tanto es así, que ya hay quien recurre a asesores profesionales para gestionar su identidad digital, lo cual ha convertido el personal branding en una actividad pujante. La paradoja es que los social media permiten a los directivos de grandes multinacionales, a personalidades de la política y a todo tipo de celebrities relacionarse directamente con sus audiencias sin recurrir a los profesionales de las relaciones públicas ni a los medios de comunicación, asumiendo los riesgos y disfunciones que ello conlleva, mientras que cada vez más personas corrientes requieren los servicios de un experto para gestionar su identidad en Internet.

 

Gestionar adecuadamente la propia identidad digital comporta definir la visibilidad, la reputación y la privacidad que queremos tener en la Red, y poner en juego una serie de habilidades que nos permitan ir avanzando en la consecución del objetivo marcado. Se trata de una tarea ciertamente compleja dado que nuestro yo virtual no sólo se construye a partir de los textos, imágenes y vídeos que compartimos en Internet sino que también viene determinado por lo que los otros dicen de nosotros. Y para acabarlo de complicar, ocasionalmente hay quien se dedica a distorsionar el yo virtual de una persona suplantando ilegítimamente su identidad en una red social.

 

Personajes famosos o ciudadanos anónimos, nadie está a salvo de una suplantación de este tipo. Con todo, es más fácil que otorguemos credibilidad a los suplantadores de alguien a quien no conocemos personalmente puesto que careceremos de referentes certeros que nos ayuden a desenmascarar la impostura. El deseo de evidenciar la poca solvencia de los gestores de las redes sociales a la hora de verificar la titularidad de una cuenta y las ganas de gastar una broma, a menudo para obtener así cierta notoriedad, suelen ser las motivaciones más habituales argüidas por estos falsarios.

 

El debate sobre si las redes sociales están obligadas o no a verificar proactivamente la autenticidad de una cuenta puede ser controvertido, pero lo que es evidente es que en estos momentos las redes más populares no tienen la capacidad de llevar a cabo una verificación de este tipo con plenas garantías. Así lo han demostrado recientemente casos como el de las cuentas en Twitter registradas falsamente a nombre de Wendi Deng Murdoch o de varios ministros del nuevo Gobierno español.

 

Sea como sea, quienes dispongan de una cuenta, página o perfil auténticos en la pertinente red social lo tienen más fácil para desenmascarar este tipo de imposturas. Intuir que una cuenta es falsa resulta más sencillo si podemos compararla con otra que no lo es. La auténtica debería tener más seguidores/amigos/contactos, incluyendo a los del entorno más cercano a la persona en cuestión. De hecho, los amigos y seguidores que tenemos en las redes sociales contribuyen a conformar nuestra identidad digital personal por el mero hecho de serlo. La conectividad, la interacción que hemos establecido con ellos, habla de nosotros tanto o más que cualquier contenido específico que haya sido comunicado. Parafraseando a McLuhan podríamos afirmar que, en las redes sociales, la relación es el mensaje.
 

relaciones públicas;  medios sociales; 
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