Número 25 (septiembre de 2013)
Asteroide B 612
Amalia Creus

"Todas las personas mayores fueron al principio niños. (Aunque pocas de ellas lo recuerdan)”. La cita, por si lo has olvidado, es de El principito (Le petit prince), entrañable e inspirador libro del escritor francés Antoine de Saint-Exupéry que celebra este año su 70 aniversario.

El aniversario es del libro, no del escritor. Saint-Exupéry murió joven, a diferencia de su obra, que nos sigue brindando uno de los más bellos y celebrados escritos sobre la relación entre niños y adultos. De eso trata este artículo: de la infancia, ese pequeño planeta lleno de misterios.


Más allá de una etapa biológica de la vida, la niñez constituye el nodo de una red de representaciones en el cual convergen teorías, disciplinas y prácticas. De hecho, si nos detenemos a pensar sobre el significado de la infancia a lo largo de la historia, veremos que ha sido construido desde múltiples relatos: la familia, el Estado, la pedagogía, la medicina, la literatura, los medios de comunicación… Todos tienen o han tenido un peso importante en la creación de grandes narrativas sobre cómo son o deberían ser los niños.


Como objeto de estudio, la infancia ha ganado progresiva relevancia dentro de las ciencias sociales. Entre los muchos autores que la han estudiado, uno de recurrentemente citado es el historiador francés Philippe Ariès. En su obra clásica L´enfant et la vie familiale sous l´ancien régime,  publicada por primera vez en 1960, Ariès nos explica que el reconocimiento de la infancia como una etapa estrictamente diferenciada de la vida adulta no existía antes del siglo XVI. A partir de un minucioso análisis de cuadros, retratos, monumentos funerarios, vestidos, juguetes, testigos literarios y otros artefactos culturales, este autor recoge evidencias que no fue hasta el Renacimiento cuando se empezó a experimentar una percepción sentimental de la infancia como un periodo diferenciado de la vida adulta. A la Edad Media, afirma Ariès, esta percepción no existía, sino que los niños se integraban en la comunidad a partir del que fueran capaces de valerse por ellos mismos, participando en la vida social en la medida de sus fuerzas.


A partir del Renacimiento, y más adelante con la Revolución Industrial, la infancia empezaría a constituir un foco de interrogación y de inquietud. Los cambios demográficos que se produjeron en el siglo XVIII harían emerger una creciente problematización de la infancia, que se reflejaba en una preocupación por alejar a los niños de la calle. La investigadora argentina Sandra Carli señala el rol de la escuela en ese proceso. En muchos países europeos, dice Carli, el transcurso por la niñez se daba entonces desde dos circuitos principales: el de la familia-escuela y el de la calle-mendicidad. El primer circuito era el de la familia bien constituida y el de la educación obligatoria, elementos que configuraban la infancia normal. El segundo circuito se asociaba a la desviación y a lo patológico que, como tal, era objeto de prácticas normalizadoras destinadas a dividir y diferenciar lo ideal de lo desviado.


En este sentido, nunca está de más recordar que la pedagogía escolar nace como un espacio de producción discursiva destinado a normar la circulación de saberes en las instituciones educativas, conectando una infancia deseada a una sociedad deseada. Son mecanismos que forman parte de una herencia que se registra en el código genético de la escuela y que, en cierta medida, continúan presentes en nuestra manera de entender la infancia y de relacionarnos con ella. Es verdad que muchos aspectos de nuestra vida han cambiado desde que se inventó la escuela moderna. Hoy vivimos en la sociedad de la información y del conocimiento, y ello está suponiendo la aparición de nuevas maneras de aprender, de relacionarnos y de compartir saberes. Sin embargo, muchas dinámicas educativas se continúan reproduciendo sin apenas cambios: la organización del tiempo y la división de los espacios escolares, la separación de niños por niveles y edades, la presunción de disciplina, el premio y castigo como principal forma de relación con el sujeto educado… Todo lo que Paulo Freire identificó como los valores de una educación bancaria que limitan el trabajo docente a una determinada configuración organizativa y simbólica de los espacios de aprendizaje.


"A los mayores –decía el principito– les gustan las cifras Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial. Nunca se les ocurre preguntar: ¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas? En su lugar preguntan: ¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto gana su padre?”. Podría decirse que diálogos como este, más allá de su encanto, transmiten también una visión idealizada de la infancia, incluso un tanto naíf si tenemos en cuenta los tiempos que corren. Aún así, no dejan de ser una bonita reflexión sobre el sentido de la niñez. Una reflexión que nos habla desde la emoción, la intersubjetividad, la seducción y la utopía, pero que también nos motiva a pensar sobre el lugar que ocupa la infancia en el entramado de la cultura.


Antoine de Saint-Exupéry murió a los  44 años a bordo de un avión en dirección a Córcega. Sus restos nunca se encontraron. El misterio de su desaparición alimenta el mito que rodea su figura como aviador, escritor y poeta humanista. Releerlo es siempre una grata invitación a indagar sobre la relación entre niños y adultos que, con sus contradicciones, incomprensiones y límites, está en el corazón de toda relación educativa.

comunicación y educación; 
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