Número 59 (octubre de 2016)
De puertas y campos
Dani Aranda

El miedo vende y el negocio alrededor de la percepción de seguridad no para de crecer. Ya no se trata de asegurar nuestras casas, coches, viajes, nuestra salud o incluso nuestra vida y, ¡cómo no!, nuestra muerte, sino que ahora llega el turno de nuestros hijos y de su vida digital. 

La vida online de los menores es muchas veces desconocida, incomprendida o censurada por los adultos, pero la libertad de los adolescentes tiene que ver cada vez más con lo digital. La historia nos demuestra que no existen puertas para tanto campo y que, finalmente, las restricciones y las prohibiciones no hacen más que alentar nuestro deseo de forzarlas. 
 
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 Author: Liz Budd Ellmann, MDiv

  
Mientras que, supuestamente, nuestros menores utilizan los dispositivos móviles y sus ordenadores para abrir puertas que deberían estar cerradas, grandes o pequeñas compañías nos venden el falso elixir de la puerta digital. Por unos pocos euros al mes podemos controlar la vida digital de nuestros adolescentes instalando aplicaciones que nos permiten geolocalizarlos, eliminar contenidos, establecer horarios de uso, comprobar el historial de visitas…
 
 GAME-LOGOSegún los resultados de nuestros estudios en GAME (Grupo de investigación en aprendizajes, medios y entretenimiento), el principal motivo para comprar un móvil a un adolescente es el control por parte de la familia. Poder localizar (espiar) a nuestro hijo o a nuestra hija en todo momento es el motivo por el cual la mayoría de los adolescentes de 12 años (o menos) consiguen su primer teléfono móvil. 
 
  
Libro-blanco-59Por el contrario, los menores perciben el teléfono móvil como una herramienta de libertad, entretenimiento y socialización que les transporta más allá de su aquí (habitación) y su ahora, lo que hemos llamado uso Teen (p. 40). 
 
 
La polémica está servida: el uso Teen y el móvil orientado al control son las dos caras de la misma moneda de siempre: el control versus la libertad y socialización adolescente. 
 
Más allá de contribuir al balance de resultados de las compañías que viven de nuestros miedos e inseguridades, conviene atacar el problema de raíz: hablando, explicando e (im)poniendo normas y, muy importante, desde la empatía con el menor. 
 
Son las dinámicas, creencias y hábitos de cada familia lo que hay que poner en valor, lo que tiene que determinar usos, espacios y tiempos digitales. No releguemos nuestra responsabilidad a empresas que nos venden la falacia de las puertas y los campos. La comunicación y los niveles de confianza que tenemos con nuestros menores son la mejor de las llaves que les permitirán abrir y entender cualquier nuevo espacio, digital o no, al que se enfrenten. 
 
¡No somos espías! 

 

cultura digital; 
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