Número 61 (diciembre de 2016)
Sara y la biblioteca que nunca existió
Sandra Sanz Martos

El pasado 24 de octubre celebramos el Día Internacional de las bibliotecas. Mensajes en las redes sociales, actividades enfocadas al público infantil y juvenil en su mayoría, reuniones extraordinarias de los clubes de lectura, fueron algunas de las maneras de celebrarlo. Pero también hubo actividades donde se evidenció la situación de precariedad por la que atraviesan muchas de ellas. E incluso se señaló con preocupación la posibilidad de que algunas acabaran cerrando. Sirva este pequeño relato, que vais a leer a continuación, como pequeño homenaje y reflexión sobre lo que empieza a ser más que una terrible amenaza. 

Aquella tarde de viernes, Sara se dirigía a la biblioteca de su pueblo para devolver el último libro de Kika Superbruja que había cogido en préstamo hacía dos semanas. Mentalmente,  iba repasando los títulos de los relatos que ya había leído. ¿Cuántos me quedarán para acabar la colección?  -pensaba. ¡Ojalá, no esté prestado el de la ciudad sumergida! –suspiraba.  Llevo un mes detrás de él. 
 
Al volver la esquina de la calle Alejandro Estrada detuvo sus pasos. Algo no acababa de entender. Pensó que se había equivocado. Miró hacia atrás y hacia delante intentado comprobar si aquél era el sitio correcto. Y, efectivamente, todo parecía estar como siempre. Todo, salvo una cosa: la biblioteca no estaba. 
Pero no puede ser, ¿dónde está la biblioteca? -Se frotaba los ojos con insistencia una y otra vez.  Despierta, Sara, despierta –se decía dándose palmaditas en la cara. Pero nada cambiaba. La biblioteca no estaba en la que había sido su ubicación en los últimos cinco años. En su lugar, había una oficina de Unicaja.  Sara comenzó a asustarse, no entendía nada. Y pensó en volver a su casa corriendo y contarle a su madre lo que había pasado pero no estaba segura de cómo podría reaccionar, así que continuó allí de pie, intentando entender. 
 
En una de las veces que giró la cabeza buscando una explicación, vio a Don Ambrosio, el maestro jubilado que cada tarde leía el periódico en la biblioteca. Allí se estaba calentito y la bibliotecaria es muy guapa –decía guiñándole el ojo. 
 
- Don Ambrosio  -dijo Sara.  Estoy asustada, no sé qué ha pasado. La biblioteca, no está. 
- ¿Qué te pasa, niña? ¿De qué hablas? ¿Una  biblioteca dices?  ¡Tú qué sabes de eso! Las bibliotecas no existen desde el año 2016. ¡Ni siquiera habías nacido! Aquel último coletazo de la crisis acabó con las pocas que resistieron los recortes de 2013. 
- No, no es cierto, Don Ambrosio. Si ayer mismo nos vimos allí. Yo fui con mis compañeras de clase a hacer el trabajo de conocimiento del medio. 
- Basta ya, niña. ¡No digas más tonterías! Las bibliotecas han sido demasiado importantes  y sagradas en la historia de este país como para bromear con eso. ¡No te lo consiento! ¡Las bibliotecas costaron vidas! ¡El plan general de bibliotecas públicas se creó en plena Guerra Civil! Aquella mujer, María Moliner, en fin, no quiero seguir recordándolo, me duele demasiado. 
- Lo siento, Don Ambrosio, no quiero que se enfade. Me gustaría que me explicara historias de las bibliotecas.
- Mira, niña, no sé qué te propones. ¿A caso quieres burlarte de este pobre viejo?
- En absoluto, Don Ambrosio, por favor, quiero saber.
- Está bien, pero si te aburres no me dejes a medias.  A ver, por donde empiezo.  “En mayo de 1931 se creó el Patronato de las Misiones Pedagógicas” (San Segundo, 2000)   (proveniente de la Institución Libre de Enseñanza) un mes después de proclamarse la Segunda República,  era la como gestora de una nueva concepción de la cultura y de la educación. Con la actividad del Patronato quedó evidenciado el gran interés que el Gobierno republicano tenía por la biblioteca pública. Entre sus impulsores estaba el poeta Antonio Machado,  ¿lo conoces? 
- Sí –asintió Sara. Siga, por favor. 
- Muy bien. Sigo. En 1935 se alcanzó la cifra de más de 5.000. En agosto de 1931 se estableció “la implantación de una biblioteca en todas las escuelas primarias, que estarían dedicadas a los niños y también a los adultos en zonas rurales que carecieran de biblioteca” (San Segundo, 2000). “Con el levantamiento militar del general Franco contra el Gobierno de la República, las instituciones republicanas continuaron luchando por la cultura y la lectura popular, e incluso se produjo un aumento de las actividades bibliotecarias” (San Segundo, 2000).  ¿Sabes lo que fue la Guerra Civil? 
- Sí, algo he estudiado y me ha contado mi abuelo. 
- Eso está muy bien. Es importante no perder la memoria histórica. “La Generalitat de Cataluña creó en 1937 el Servicio de Bibliotecas del Frente” (San Segundo, 2000)  y “el Gobierno Republicano creó en febrero de 1937 el Consejo Central de Archivos, Bibliotecas y Tesoro Artístico” (San Segundo, 2000)  . El proyecto más destacado del Consejo fue el Plan para una Organización General de las Bibliotecas Públicas. María Moliner se encargó de darle forma. En fin, ya no quiero seguir. Me voy que me esperan en casa. Todo esto me pone demasiado triste…
 
Don Ambrosio emprendió el camino hacia su casa. Y Sara se quedó allí mismo, quieta sintiéndose más triste aún de lo que ya estaba. Con la vista puesta en el suelo, no advirtió que la adelantaba una mujer de cabello canoso y paso cansado. Ya le llevaba un buen trozo cuando Sara reparó en su presencia. Corrió hacia ella gritando: ¡Hermínia! ¡Hermínia!  La anciana se volvió y dijo: 
 
- ¿Qué quieres, Sara? ¿Qué te pasa? Pareces asustada.
- Hermínia, la biblioteca no está. 
- La biblioteca, ¿qué biblioteca?
- La que estaba ahí,  donde está el banco. 
- Sara, pero ¿qué tienes? Ahí no hay ninguna biblioteca. La biblioteca desapareció hace mucho y yo la hecho terriblemente de menos. Cuando mi marido murió, encontré consuelo allí. Me gustaba leer y al hacerlo me alejaba de mi sufrimiento y preocupaciones que eran muchas. La bibliotecaria fue muy atenta y cariñosa conmigo. Me ayudaba a buscar los libros que me gustaban, me sugería algunos títulos y me traía una taza de té bien caliente. En mi casa pasaba mucho frío, perder a mi esposo me llevó a la pobreza y no podía ni pagar los recibos de la luz. Ah, y lo mejor de la biblioteca es que podía hablar con mi hija que estaba trabajando en Alemania, a través de una herramienta que se llamaba skype, o algo así. Sí, aquella bibliotecaria me ofreció un refugio, lo más parecido a un hogar que tuve a partir de entonces.
- Pero, Hermínia… yo… la biblioteca.
- Sara, vete a casa y dile a tu madre que te prepare una tila, estás muy nerviosa…
 
Sara empezó a dudar de todo y  pensó que quizás, tenía razón. Así que dirigió sus pasos hacia su casa, pero se resistía a creer que estaba tan equivocada. ¿Por qué nadie la creía? Alguien más tiene que haberse dado cuenta. Y entonces, pensó en su mejor amiga Inés. ¡Eso es!  -se dijo- ¡ella tiene que acordarse! Y antes de que acabara ese último pensamiento aceleró el paso y fue a buscarla a esas horas seguro que estaba en casa de su tía.
Su amiga Inés pertenecía a una familia de terratenientes muy influyente y su tía era una mujer culta, amante de la lectura que había hecho generosas donaciones al fondo de la biblioteca. ¡Seguro que la podrían ayudar!
 
- ¿Inés, Inés, dónde estás? –gritaba mientras tocaba con los nudillos la enorme puerta de madera.
- ¡Hola, Sara! ¡Pasa! – se oyó una voz desde el fondo de la casa.
- Buenas tardes, doña Amalia, ¿está Inés aquí?
- Buenas tardes, Sara. Pues estará a punto de llegar, no tardará. ¿Qué querías? Pareces preocupada.
- No, no, sólo quería recordarle a Inés que mañana participamos en el cuentacuentos de la biblioteca –dijo Sara sin pensar mucho previamente lo que estaba diciendo.
- ¿De qué hablas? Biblioteca, ¿qué biblioteca?, ¿cuentacuentos?, ¿qué es eso?
 
Sara sintió como un sudor frío le recorría la espalda. Se le hizo un nudo en la garganta y apenas podía tragar saliva. Se sentía triste y angustiada y con unas ganas irrefrenables de gritar. Pero no podía, algo se le impedía. Y, de pronto, oyó la voz de su madre: 
 
- Sara, cariño, despierta. Inés ha venido a buscarte para que ensayéis un poco más el cuentacuentos de esta tarde. Por cierto, que lo he leído y me ha gustado mucho. ¿Lo habéis escrito entre las dos?
 
Sentada en la butaca, al lado de la chimenea, Sara tenía entre las manos unos folios arrugados que formaban un cuadernillo, en cuya portada se podía leer: “Sara y la biblioteca que nunca existió”.
 
Moraleja: cuento o pesadilla, esta pequeña historia afortunadamente no es real. Pero pone de manifiesto las múltiples y valiosísimas funciones que desempeñan las bibliotecas (préstamos, dinamización de la lectura, divulgación, función social, etc.). Y aunque para algunos reducidísimos sectores de la sociedad sean poco valoradas o peor aún, prácticamente invisibles, confiemos en que la gran mayoría sepamos apreciar su indiscutible importancia y no cometamos el terrible error de deshacernos de ellas. “Una biblioteca no es un lujo, sino una de las necesidades de la vida” (Henry Ward Beecher, 1813- 1887).
 
Para saber más:
 
San Segundo, Rosa (2000). “La actividad bibliotecaria durante la segunda república española”. Primer Congreso Universitario de Ciencias de la Documentación  
 
biblioteconomía;  documentación; 
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