Número 62 (enero de 2017)
Mundo postverdad y uso intensivo de la tecnología
Víctor Cavaller

Con las elecciones estadounidenses del pasado 2016, la era de la postverdad ha nacido en política. Vivir en un mundo postverdad o postfactual (del inglés post-truth) se define como una actitud o un estado de opinión −aplicado principalmente pero no exclusivamente en política− donde los hechos objetivos tienen menos influencia que las emociones o las creencias personales.

Dicho así se podría pensar que justamente en política esto no es muy novedoso y podría parecer que el marketing o la publicidad son los dueños en este territorio reinventado como en buena parte ya lo eran. Sin embargo, la novedad reside en la pinza diabólica que el mundo postverdad hace con el uso intensivo de la tecnología.
 
Así como Netflix fabrica teleseries adaptadas al gusto de los consumidores gracias al detalle de la información obtenida mediante el análisis masivo de datos, en política interesa fabricar relatos imaginativos ad-hoc que incluyan una equilibrada dosis de hechos demostrados, ideología, carga emocional y suspense gracias a una buena estrategia informativa y comunicativa.
 
La combinación del espionaje electrónico y la filtración, interesada y a tiempo, de la información obtenida, y el uso sistemático de macrodatos (big data) o de las redes sociales como instrumentos políticos es un hecho sin precedentes que informa de cómo el control de la tecnología se está abriendo camino como factor decisorio a la hora de hacer campaña en la actual democracia occidental.
 
Se ha demostrado que relatos basados exclusivamente en hechos, en emociones o en creencias por separado tienen un efecto menor. La proyección televisiva inmensa de Donald Trump o las preferencias del Comité Nacional Demócrata (DNC) por la candidatura de Hillary Clinton son elementos que no nos sorprenden. Que supuestamente el presidente ruso, Vladimir Putin, ordenara una campaña de influencia para socavar la confianza pública en el proceso democrático de los Estados Unidos, denigrar la candidata Clinton, dañando su elegibilidad y su presidencia potencial, es también algo que nos podemos llegar a imaginar.
 
Lo que realmente sorprende en la nueva era postverdad es la sofisticación de las nuevas tecnologías para obtener y difundir información y la combinación de su uso con el marketing basado en inteligencia emocional, todo junto con una buena alianza con los medios tradicionales.
 
El factor, que añadiéndose, genera la política postverdad es el control tecnológico a la ofensiva y a la defensiva. La filtración a Wikileaks de los correos electrónicos de altos funcionarios que participaban en la campaña presidencial estadounidense del 2016, en particular de miembros del DNC, pone dramáticamente en evidencia la vulnerabilidad de la seguridad informática de los sistemas que participan en la democracia del país más poderoso del mundo. "Uno de los asaltos más graves que ha sufrido la democracia americana", según expresaba el director de la Oficina Americana de Inteligencia Nacional (DNI). De forma similar, el mismo poder hostil también tuvo acceso a los sistemas informáticos de varias juntas electorales estatales y locales.
 
Los hechos no son aislados, el pasado 25 de noviembre la Comisión Europea (CE) reconoció haber sido víctima de un ataque informático a gran escala. En las mismas fechas, en Alemania, el nuevo presidente federal de Información (BND), Bruno Kahl, en declaraciones al Süddeutsche Zeitung alertó sobre la posibilidad de que ciberataques rusos podrían influir en las elecciones alemanas del 2017.
 
En el otro extremo de la teoría de la conspiración, la ingenuidad es imperdonable. Ciertamente, en un mundo postverdad o postfactual la verdad de los hechos cuenta pero no tanto como cuando los hechos se tergiversan para adaptarlos a visiones sesgadas o de marcada ideología. Pero el factor diferenciador que lo hace novedoso es que la construcción del relato se diseña científicamente gracias al análisis masivo de datos y la difusión sistemática de información en el marco de un uso intensivo de la tecnología.
 
Un último apunte sobre democracia e información asimétrica. Información asimétrica −teoría por la que los economistas Joseph Stiglitz, George Akerlof y Michael Spence recibieron el Premio Nobel de Economía en el año 2001− hace referencia a la posición desigual, en cuanto a la cantidad y la calidad de la información disponible, por las partes que intervienen en una compraventa de un producto o un servicio.
 
Entendiendo la democracia como un contrato entre ciudadanos y políticos, el mundo post-verdad estará marcado por un aumento de la asimetría informativa, la brecha democrática. Si las tecnologías de la información están ganando así un enorme valor estratégico en política, similar al de la publicidad, hay que recordar que lo hacen jugando en dos frentes −ante el estado y la sociedad, como agentes y víctimas− que afectan igualmente la democracia. El riesgo moral de quien tiene o ejerce una responsabilidad política es importante. 
 
comunicación política;  big data redes sociales; 
Números anteriores
Comparte
??? addThis.titol.compartir ???