Número 64 (marzo de 2017)
Kafka y la felicidad
Amalia Creus

Mucho se ha especulado sobre la relación entre la tristeza y la creatividad. Las raíces de esta idea se remontan a la antigüedad; Aristóteles ya había señalado la tendencia a la melancolía de las personalidades geniales, una apreciación que, a lo largo de la historia, ha calado en nuestro imaginario gracias a artistas, escritores y poetas con vidas desgarradas, experiencias trágicas y sentimientos encontrados. Vincent Van Gogh, Ernest Hemingway, Edvard Munch o Camille Claudel son, entre muchos, ejemplos emblemáticos.

¿Pero es realmente la tristeza compañera de viaje de la creatividad? La respuesta de la ciencia es, como mínimo, controvertida. Reforzando la imagen del genio triste y taciturno, algunos estudios recientes han sugerido que los sentimientos negativos pueden proporcionar un buen caldo de cultivo para nuestra capacidad creadora, en la medida que nos abocan a la autorreflexión y a la búsqueda de salidas creativas a los problemas que nos amenazan o nos abruman.
 
También la necesidad de dar sentido al mundo y de expresar, a través del arte y de la creatividad, las experiencias trágicas o vivencias difíciles es un trazo distintivo de nuestra humanidad. Franz Kafka es posiblemente uno de los artistas que con más maestría ha plasmado en su obra la relación turbulenta con la propia existencia. «Mi miedo es mi sustancia, y probablemente lo mejor de mí mismo» es una de las tantas perlas que nos regala en sus diarios. Para Antoni Storr, psicólogo y escritor, la obra de Kafka es un claro ejemplo de cómo el mundo puede beneficiarse de la infelicidad de personas extremamente talentosas. «Su obra está tan ligada a las partes más patológicas de su personalidad que, si se hubiera sido más feliz, es posible que su deseo de escribir hubiera disminuido considerablemente», se arriesga a afirmar.
 
Otro estudioso de los efectos de las emociones sobre la creatividad es Joseph Forgas, psicólogo social de la University of New South Wales. Forgas defiende la teoría de que la tristeza vuelva a las personas menos crédulas, y en consecuencia puede potenciar sus habilidades críticas y creadoras. Afirma que los estados de ánimo negativos tienden a hacernos más lúcidos y menos dispersos. «Por eso emociones como la tristeza o el pesimismo pueden ser de gran ayuda a la hora de revisar críticamente nuestros propios errores, corregirlos y proponer vías alternativas para resolverlos».
 
Por supuesto no todos piensan igual. La vinculación entre las emociones positivas y la creatividad tiene, en efecto, muchos defensores; estudiosos que aportan evidencias sobre la existencia de una fuerte conexión entre la expresión creativa y el bienestar general o la felicidad. Entre ellos está Tali Sharot, neurocientista y directora del Affective Brain Lab, del University College London, quien estudia los beneficios de una visión optimista de la vida. «Para construir un mundo mejor —señala Sharot— antes debemos ser capaces de imaginarlo». Desde esa perspectiva el optimismo se puede entender como un elemento fundamental de la evolución humana.
 
También en el mundo de la empresa esta conexión entre creatividad y felicidad parece haber calado con más fuerza que la versión menos optimista —supongo que afortunadamente—. No por casualidad muchas organizaciones están invirtiendo cada vez más esfuerzos en estimular la creatividad de sus empleados a través de políticas que promueven el "bienestar" y la felicidad en la oficina. Algunas incluso han creado la figura del Chief Happiness Officer (algo así como un “responsable de la felicidad corporativa”), que tiene entre sus tareas la de evaluar el estado emocional de los empleados e impulsar políticas internas que ayuden a mantener “felices” a los trabajadores, todo ello en beneficio de la productividad creativa de sus equipos. Iniciativas como esta encuentran sostén en teorías como las que defiende Shelley Carson, profesora de Harvard University y autora del libro Tu Cerebro Creativo. Para Carson los estados de ánimo positivos amplían nuestra atención y nos hacen más receptivos a estímulos e ideas del entorno, lo que en última instancia aumenta nuestra capacidad de resolver problemas aplicando soluciones creativas. «En un estado de ánimo positivo —defiende— estamos más predispuestos a prestar atención a cosas que normalmente ignoramos y a tener una visión más panorámica de la vida».
 
Me pregunto qué pensaría de todo ello Kafka, si volviera a la vida. Cuán ácida y sagaz sería su mirada sobre nuestro nuevo mundo de sonrisas y selfies, gratificaciones instantáneas, apps que nos prometen la realización personal a coste cero. Pero Kafka murió joven, enfermo y desesperanzado, sin conocer las promesas doradas de la felicidad 2.0.  Nos dejó sin embargo su obra, y con ella mucho que aprender sobre nosotros mismos, sobre nuestros miedos y límites, pero también sobre la posibilidad de reinventarnos a partir de nuestra capacidad creadora. 
 
creatividad;  comunicación interna; 
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