Número 20 (marzo de 2013)
¿Perdidos en el ciberespacio?
Amalia Creus

Inicias tu sesión de Facebook, echas un ojo a las fotos de la fiesta de anoche, te enteras del viaje a Roma de un colega, comentas esa canción antigua y pegadiza que comparte contigo el vecino de arriba. Disfrutas algunas cosas, otras te aburren, bloqueas a algún pesado, saludas a tu chica… Y sigues, minutos, horas a veces, en ese loop infinito; tú y tu ordenador.  Y es que ser social en las redes sociales esconde una paradoja: estamos cada vez más conectados pero, según algunos especialistas, también cada vez más solos.

Los procesos de digitalización nos han abierto un mundo de posibilidades. Basta mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta de la dimensión del cambio. ¿Acaso no resulta sorprendente recordar cómo era nuestra vida sin internet o smartphone? A día de hoy los teléfonos inteligentes se han convertido para muchos en un objeto imprescindible. Una encuesta publicada recientemente revela que el 48,4% de la población española tiene un smartphone (más que ningún país de Europa) y que dos de cada tres usuarios renunciarían a la cerveza, al vino, al chocolate y a los zapatos antes de desprenderse de su móvil. Es innegable que nos comunicamos más rápido, más barato y con más agilidad de lo que podíamos hacerlo hace algunos años. ¿Pero hasta que punto todo ello viene acompañado de un salto cualitativo en el modo de relacionarnos?

 

Muchos  expertos señalan que Internet i los dispositivos móviles están mermando la calidad de nuestras relaciones sociales. La advertencia es sencilla: nos comunicamos más, pero no necesariamente mejor. Sherry Turkle, psicóloga social del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), parece tenerlo claro: “Apaguen el móvil y comiencen a vivir”. Es el alerta que lanza en libro Alone Together: Why We Expect More from Technology and Less from Each Other, en el que presenta los resultados de 10 años de estudio sobre cómo las nuevas tecnologías están afectando nuestro comportamiento social: “Estamos constantemente conectados, y eso nos da la sensación de compañía sin someternos a las exigencias de la amistad”. Se trata, segun esta autora, de una simplificación de las relaciones humanas, naturalmente complejas, desordenadas y exigentes. La tecnología –señala Sherry– las ordena, nos permite controlar una conversación, mantener la distancia. “En lugar de hablar por teléfono, enviamos un mensaje de texto. Pedimos disculpas por Facebook porque es más fácil, y cuando lo hacemos tenemos más tiempo para pensar cómo decirlo”, añade. Los textos, en suma, ofrecen control. Nos permiten distanciarnos de los sentimientos de los demás, responder al ritmo que queremos o poner fin a una conversación cuando nos resulta conveniente.

 

En muchas partes del mundo teóricos y educadores comienzan a poner el grito en el cielo: señalan que la generación del mensaje instantáneo parece estar perdiendo habilidades fundamentales requeridas para conversación cara a cara, como la paciencia o la capacidad de gestionar emociones. En todo caso, no hace falta dramatizar. Al fin y al cabo, la gran mayoría de la gente usa la red a diario sin que le cause ningún daño. En la actualidad cada ciudadano medio de un país desarrollado recibe un promedio de 400 mensajes de texto al mes, cuatro veces más que en 2007. Ninguna de estas cosas existía hace una generación, y es natural que causen desconcierto. Aún así, estudios como el de Turkle son importantes en la medida que nos dan elementos para reflexionar sobre cómo la tecnología está cambiando nuestras vidas, y actuar en consecuencia.

 

Conviene por ello no perder de vista que algunos temas merecen más cuidado del que quizás le estamos dedicando. Como nos recuerda Sherry Turkle, los correos electrónicos y las redes sociales tienen sin duda su lugar en la política, en el comercio, en el romance o en la amistad. Pero no son –o no deberían ser– un substituto las relaciones cara a cara, con su imprevisibilidad, su desorden y sus entrañables imperfecciones.

cultura digital;  medios sociales; 
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