Número 24 (julio de 2013)
Twitter, el detective colectivo
Jordi Sánchez-Navarro

En poco más de un lustro desde su creación, Twitter se ha convertido en una plataforma muy usada y, sobre todo, muy controvertida. El hecho de que la regulación sobre su uso sea escasa y poco formalizada hace que el servicio sea diferente para cada usuario. Twitter es fuente de información indispensable, foro de entretenimiento y cotilleo, herramienta de trabajo, campo de batalla.

Una de las líneas de pensamiento fundamentales en la tradición de los estudios sobre Internet ha sido esa corriente claramente optimista, más fundada sobre el deseo que sobre la evidencia empírica, que ha querido ver la Red como una realización de una especie de inteligencia o conciencia colectiva. 
Los pensadores adscritos a esa línea han rescatado ideas como el concepto de noosfera, del teólogo cristiano Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955), con el que se pretende explicar el espacio virtual en el que ocurren todos los fenómenos del pensamiento, o el concepto de inteligencia colectiva, tratado por diversos autores desde diversas disciplinas, con el que se pretende explicar la materialización de una forma específica de inteligencia surgida de la colaboración y concurso de muchos individuos. En el lado opuesto de estos postulados se ha situado siempre la tozuda realidad del spam y los trolls, que se han empeñado, con gran energía, en demostrar que la inteligencia en Internet es más bien huidiza.

 

El micromundo de Twitter es un buen ejemplo de la tensión que recorre todo Internet. Los ciento cuarenta caracteres que cualquier usuario que disponga de una cuenta pone a disposición de aquellos que le siguen pueden ser píldoras de sabiduría, a veces incluso perlas de sabiduría, pero pueden también ser información irrelevante, ruido o, en el peor de los casos, ejemplos altamente elaborados de la imaginación troll. Como usuario regular y defensor acérrimo de Twitter, creo que en ese carácter indómito y volátil radica precisamente su grandeza.

 

Recientemente viví una experiencia que me permitió profundizar en mi conocimiento de la herramienta. Para resumir los antecedentes, diré que, por herencia familiar, tenemos en casa una pequeña pero muy estimulante colección de libros antiguos, que incluye algunos ejemplares del siglo XVIII. Son libros de tema variado, entre los que se cuentan tomos de proyectos enciclopédicos, muestras de ficción y mi favorito: el tratado de Jules Liégeois De la suggestion et du somnambulisme, en edición original francesa de 1889. Pero estoy divagando.

 

Entre esos libros, un volumen llamó mi atención. Era un libro ilustrado con grabados muy bellos, fundamentalmente de carácter religioso y, ahí está lo verdaderamente interesante, escrito en un alfabeto que, descartados árabe, hebreo, griego y cirílico, era completamente desconocido para mí.
Decidí pedir ayuda a mis seguidores en Twitter con un tuit que incluía una foto de una página del libro y el siguiente mensaje: “Ayuda, Twitter. Bibliófilos: ¿Alguien tiene idea de qué puede ser este libro? Desconozco hasta la lengua. ¿Y un RT?”.

 

Pensé que alguien entre las personas que me leen ocasionalmente en Twitter podría darme alguna pista sobre el libro, como así ocurrió: cuarenta y siete minutos después, sabíamos que estaba escrito en armenio. Lo que no esperaba cuando escribí el tuit pidiendo ayuda, con la esperanza de conocer al menos el origen lingüístico del libro, es que, treinta y ocho retuits, varias menciones que sugerían pistas y algunas horas después, sabríamos que se trataba de un volumen de una enciclopedia escrita en armenio occidental que recoge la definición de cincuenta mil conceptos; un trabajo de cincuenta años de tres lingüistas armenios cuyo título es Baragirq (literalmente Libro de palabra). Creo que hay algo poético en el hecho de que, a través de un servicio que consiste, básicamente, en lanzar palabras al vacío, consiguiera saber que  tenía un libro sobre palabras.

 

Sin sacar el libro de casa había conseguido una información muy similar a la que habría obtenido visitando a colegas académicos en departamentos universitarios de filologías o Historia por un periodo de tiempo difícil de estimar. La pregunta evidente es: ¿cuánto habría tardado en conseguir esa información antes de la existencia de Twitter?

 

Aunque no era mi intención original, aquel tuit había sido el detonante de un experimento sobre el potencial detectivesco de Twitter. Al final del experimento había obtenido tres cosas: información fidedigna sobre un ejemplar raro de nuestra colección de libros antiguos, la comprobación empírica de que Internet es, en efecto, una inteligencia colectiva y, sobre todo, motivos sólidos para renovar mi pasión por Twitter.

 

cultura digital;  medios sociales; 
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