Número 27 (noviembre de 2013)
Lugares comunes
Amalia Creus

Entre las muchas cosas que cambian cuando cambian las tecnologías están nuestros hábitos de lectura y escritura. Para ir más allá de lo que tiene de obvio esta afirmación, puede ser interesante identificar en los entramados de la historia moderna algunas prácticas cotidianas a través de las cuales, casi sin que nos demos cuenta, se van consolidando las grandes transformaciones sociales.

Un buen ejemplo nos lo da el historiador Robert Darnton rescatando la historia de los llamados “libros de lugares comunes” (commonplace books), muy populares en la Inglaterra de principios de la era moderna entre escritores, estudiantes e intelectuales. A medio camino entre el diario personal y el registro de referencias, estos peculiares cuadernos de notas se utilizaban para preservar citas, fragmentos y pasajes de lecturas en un tiempo donde el acceso a los libros era tan limitado como los instrumentos para almacenar información y conocimiento. Más allá de simples transcripciones, los libros de lugares comunes servían a escritores y aficionados para registrar reflexiones personales sobre sus lecturas, además de ordenar citas, resúmenes y comentarios que podrían utilizar en sus futuros escritos.


El interés del tema, señala Darnton, reside en el hecho que estos libros promovían un tipo muy especial de relación con la palabra impresa. A diferencia de otros lectores modernos, que obedecían el flujo de una narrativa lineal, los autores de libros de lugares comunes practicaban una especie de flânerie literaria, de devaneo entre un libro y otro, recogiendo fragmentos que después reunían y reordenaban en diferentes secciones o capítulos.


No es difícil hacer un salto en el tiempo y relacionar estos hábitos de lectura y producción literaria con prácticas que tienen lugar hoy, ante la ubicuidad de las tecnologías digitales. Blogs, wikis o medios sociales como Facebook y Twitter ciertamente están dejando su marca en el consumo y la producción textual contemporánea. Hay, por supuesto, quienes miran este hecho con recelo. El escritor norteamericano Nicholas Carr es posiblemente uno de los autores emblemáticos en el marco del debate sobre los efectos cognitivos de las nuevas tecnologías. En “Is Google Making us Stupid?”, controvertido artículo publicado en 2008 en la revista The Atlantic, Carr retrata una sociedad que está perdiendo la capacidad de concentrarse, abandonando el hábito de las lecturas tranquilas y prolongadas y de la contemplación del texto. En su lugar, advierte, nos estamos acostumbrando a navegar por la superficie, intentando asimilar información del mismo modo que esta se distribuye en la red: en un vertiginoso flujo de partículas.


El contrapunto lo ponen aquellos que ven en Internet una apertura a la democratización del texto, a la participación y a la creatividad. Quienes comparten esta visión hacen hincapié en la creciente presencia de recursos interactivos en red, que transforman cualquier sitio web en una invitación al comentario, a la lectura participativa, a la respuesta y a la opinión. Quizás no podemos afirmar que Internet esté precisamente favoreciendo el desarrollo de una cultura letrada, pero seguramente está facilitado una aproximación más estrecha entre las personas y el texto escrito. La marea de correos electrónicos, la profusión comentarios compartidos en redes sociales, o la emergencia de propuestas creativas como la poesía digital y la llamada twitteratura son tan sólo algunos ejemplos de este fenómeno.


Francis Bacon, John Milton, Virginia Woolf y Mark Twain eran algunos de los muchos escritores conocidos que mantenían el hábito de escribir libros de lugares comunes, cultivando así una manera especial de observar y pensar el texto escrito. Hoy, en era de Internet, la lógica de estos artefactos se reinventa en programas como Google Reader, en toda suerte de mashups digitales o en los comentarios que inundan las redes sociales. Todavía no sabemos qué consecuencias tendrán las nuevas tecnologías sobre nuestro dominio crítico y creativo de la palabra escrita. Pero, como dijo una vez Roland Barthes, el texto debería ser a la vez un espacio de placer y un espacio de responsabilidad. Visto desde esta perspectiva, la busca de respuestas a preguntas como esta merece toda nuestra atención.
 

gestión del conocimiento;  medios sociales; 
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