Número 29 (enero de 2014)
La patente de Maurice (magia y comunicación política)
Lluís Pastor

Por aquel entonces no era infrecuente hacer aparecer fantasmas. Aunque el público abriera los ojos hasta el dolor debido a su asombro, en los escenarios de la Inglaterra victoriana los magos reproducían los trucos según los cuales podían hacer presentes espíritus del más allá.

El talento se centraba en cómo hacerlos más verosímiles, más cercanos y escalofriantes. Ese era un buen espectáculo, y los ingleses, como niñitos siguiendo a Hamelín, sólo atendían a la siguiente aparición. Esos trucos, basados en ilusiones ópticas, se centraban en la acumulación de objetos y personas en el escenario. Y, además,  si los cuerpos que se hacían reales, venidos de la nada, resultaban translúcidos y provocaban un escalofrío, mejor que mejor.


Pero en esas llegó Maurice. El mago Joseph Maurice invirtió una ecuación en la que simplemente sus colegas, hasta ese momento, habían añadido incógnitas, tal como lo cuenta el interesante Hiding the elephant, de Jim Steinmeyer (Da Capo Press, Cambridge, 2003). Hay que tener en cuenta que todos los trucos que provocaban la aparición de personas y objetos en el escenario se basaban en ilusiones provocadas por juegos de espejos. Y resultaba natural que para los amantes de lo improbable, para los magos, los espejos sirvieran para duplicar lo que se reflejaba. Siempre había sido así. Esa es la función del espejo: multiplicar la presencia.


En cambio, Maurice patentó la ausencia. Maurice se dio cuenta de que el espejo podía servir justo para lo contrario de su uso habitual: podía hacer desaparecer a una persona. Con un buen ajuste de los reflejos, el mago podía desaparecer ante los ojos del público. En resumidas cuentas, Joseph Maurice había inventado la fórmula de la invisibilidad.


El lenguaje de los políticos ha sido deudor durante mucho tiempo de los aprendizajes que hicieron los ilusionistas victorianos. En sus discursos se han solido acumular objetos y realidades que son pura fantasía, un mero juego de espejos pero con una capacidad de persuasión muy alta. Los políticos incluso aprendieron a hacer presentes fantasmas en sus discursos más floridos. Y los ciudadanos, como el público atento que presenciaba los espectáculos de los magos en los mejores teatros, los hemos seguido y creído.


Pero de un tiempo a esta parte, la comunicación política aplica de manera reiterada la patente de Maurice. Dicho de otro modo, las estrategias políticas en momentos complicados como los actuales pasan innumerables veces por la aplicación de la fórmula de la invisibilidad. Y el truco surte el mismo efecto que el que conseguía Joseph Maurice en Londres. Y en el caso que tratamos eso pasa por no citar ciertos asuntos, por evitarlos de forma descarada, por evadir responsabilidades y por hacer desaparecer al político aunque la opinión pública reclame su presencia. Los ciudadanos, atrapados por el mismo truco una y otra vez, acabamos creyendo que estas cuestiones han desaparecido del escenario político. Y así nos va.


Los asesores de nuestros políticos, estudiantes aplicados a quienes enseñamos todo lo que sabíamos, se han convertido en diestros ilusionistas que conocen bien la historia de la magia. Sus profesores, también.
 
 

comunicación política;  entretenimiento; 
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