Número 30 (febrero de 2014)
Felicidad 2.0
Amalia Creus

En las sociedades actuales, libres de muchas de las restricciones morales y culturales del pasado, la felicidad suele ser vista como uno de los mayores y más deseados logros individuales. Todos queremos ser felices, y no nos cansamos de buscar fórmulas que nos ayuden a conseguirlo, sea en librerías o en las redes sociales.

Pero no solo de gurús y libros de autoayuda vive la felicidad: también los científicos afirman que este estado emocional facilita la realización de objetivos importantes, contribuye a los lazos sociales vitales, amplía el alcance de nuestra atención y aumenta nuestro bienestar. Lo que muchos teóricos se preguntan ahora es sobre el papel que juegan en todo ello las nuevas tecnologías. Vivimos en un mundo superconectado, estamos rodeados de ordenadores, tablets, smartphones...  pero, ¿nos hace más felices tanta tecnología?

 

Anna Akbari, profesora e investigadora del departamento de Media, Cultura y Comunicación de la New York University, piensa que sí. Señalando algunos de los benéficos que aporta la tecnología a nuestra sensación de bienestar, destaca especialmente la posibilidad que nos brinda, por ejemplo Internet, a la hora de identificar redes y relaciones sociales. Y pone un ejemplo: entre el 20 y el 30 por ciento de las parejas norteamericanas de hoy se conocen en línea, algo que, según Akbari, va más allá de reconocer las potencialidades románticas de la red para evidenciar que sitios como Sonar o HowAboutWe hacen que, en la actualidad, cualquier extraño puede ser un amigo en potencia. “La tecnología nos ayuda identificar oportunidades para la felicidad y la satisfacción que de otro modo quedarían en las manos de la casualidad”, afirma. En suma, identificar personas con quien nos gustaría relacionarnos, estar conectados, o registrar y compartir acontecimientos significativos de nuestra vida, son solo algunos de los beneficios que aporta Internet a nuestra felicidad. La cuestión es, según esta entusiasta de las tecnologías, saber cómo utilizarlos.

 

Por supuesto, no todos opinan igual. En "Technology and Happiness" James Surowiecki llama la atención sobre el hecho de que, a pesar del extraordinario aumento en la prosperidad mundial desde los años 40 del siglo pasado, la mayoría de las personas no son más felices de lo que lo eran en el pasado. En efecto, muchos economistas se han dedicado a estudiar la compleja relación entre la riqueza y la felicidad, un principio que también puede ser aplicado a la tecnología. A modo de ejemplo, algunos estudios en el contexto norteamericano, ponen en evidencia que el numero de personas que hoy dicen ser "muy felices" ha decaído de forma significativa desde 1970, mientras que el ingreso medio de alguien que nació en los años 40 ha aumentado de forma igualmente sorprendente. La explicación resulta comprensible: cuando aumenta la riqueza y el poder adquisitivo de la gente, su sentido subjetivo de lo que mínimamente necesitan para ser felices también aumenta. Los psicólogos cognitivos llaman a este efecto adaptación hedónica, un mecanismo psicológico mediante el cual, una vez saciado un deseo, otra necesidad ocupa su lugar.

 

Para Surowiecki, pensar en la relación entre felicidad y tecnología requiere tener en cuenta nuestra increíble capacidad de adaptación. “Si le hubieran preguntado a alguien en 1870 si sería más feliz al tener un vehículo personal que le permitiera viajar con libertad cientos de quilómetros, la oportunidad de volar a través del océano en pocas horas, o un aparato que le permitiera hablar en tiempo real con personas que se encuentran a miles de kilómetros, es muy probable que hubiera dicho que sí”. Sin embargo, advierte Surowiecki, hoy en día muy raramente nos emocionan los coches, los aviones o los teléfonos. “Es verdad que reconocemos su utilidad, pero también se han transformado en una fuente de frustración y estrés”. En otras palabras, no importa cuán relevante sea una innovación tecnológica, no importa lo fácil que haga nuestras vidas; el hecho es que mas rápido de lo que nos imaginamos la daremos por sentada. Parece ser que la inconformidad está en el corazón de nuestra relación con los miles de dispositivos tecnológicos que nos rodean. Esos artefactos que antes parecían milagrosos y que ahora, al hacerse comunes, incluso nos frustran cuando no funcionan perfectamente.

 

¿Estamos entonces condenados a la infelicidad tecnológica? Lo más probable es que la emergencia de nuevas artefactos siga en aumento, lo cual, visto desde esta perspectiva, podría suponer una amenaza a nuestra felicidad colectiva. La buena noticia es que existe un antídoto: hacernos mayores. Al menos así lo afirma la ciencia. El envejecimiento comporta un aumento en el bienestar. Con el tiempo, nuestro comportamiento cambia, peleamos menos, sabemos resolver mejor un conflicto, tenemos mejor control de  nuestras emociones, y aceptamos más fácilmente las frustraciones. Todos estos efectos nos hacen más felices. No es perfecto, pero tenerlo en el horizonte puede llevarnos a reconocer que el futuro de las nuevas generaciones está en nuestras manos, y dependerá de nuestra capacidad de construir una relación más equilibrada entre felicidad, bienestar y tecnología.
 

medios sociales;  investigación; 
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