Número 31 (marzo de 2014)
“¿Stmos lkos? ¿o q?” Nuevas prácticas sociales, viejos esquemas de apreciación
Antoni Roig

El pasado 18 de marzo, se publicaban los resultados de un estudio llevado a cabo por no una ni dos, sino tres universidades francesas, revelando un hecho supuestamente sorprendente: los jóvenes, acostumbrados a escribir mensajes de texto a través de herramientas sociales como WhatsApp (tiempo atrás el peligro eran los SMS), parece ser que no tienden necesariamente a escribir mal en registros formales. Para mí la relevancia otorgada a estos resultados refleja un problema más amplio: nuestra dificultad para evaluar nuevas prácticas sociales en sus propios términos.

 Llama la atención en el tratamiento periodístico de la noticia el interés en aportar credenciales de legitimación del estudio (como la coordinación del Centro Nacional de Investigaciones Científicas francés, equivalente al CSIC español) y la puerta abierta proporcionada a voces discordantes (ojalá fuera siempre así en otro tipo de noticias). Pero no es el tratamiento periodístico lo que me interesa en este artículo sino la cuestión social de fondo: cómo valoramos prácticas sociales y culturales donde nuestros esquemas tradicionales o bien no funcionan o nos devuelven respuestas manifiestamente insuficientes. 

 

En el artículo publicado en El País sobre este tema, se destaca que “su hijo juega con el lenguaje y sabe distinguir cuándo (y con quién) puede jugar y cuándo no [...] la escritura ininteligible es una diferencia generacional que hace a propósito. Que usted no le entiende porque él no quiere que le entienda, vaya.”.  En definitiva, que no es la incompetencia (!), sino una clara intencionalidad, en la que en ocasiones los adultos debemos estar excluídos, la que mueve a los jóvenes a comunicarse de forma que, desde una cierta posición moral, predispone a percibirlo como un atentado lingüístico, un símbolo de lo fatal que está la peña, vaya. 

 
Pero los móviles no sólo sirven para eso. En un par de tertulias radiofónicas recientes he escuchado anécdotas coincidentes: en una, el tertuliano relataba cómo en un concierto de un conocido grupo del nuevo pop catalán tenía a su lado a un individuo que lo siguió a través de la pantalla de su teléfono móvil mientras lo grababa en su totalidad; en otra, se daba testimonio de otra persona grabando un ruta turística en vídeo sobre la marcha durante varios minutos. La reflexión final refleja idéntica preocupación: algo anda mal en la cabeza de esta gente, y trasladado a una reflexión social global, se nos invita a preguntarnos qué nos está pasando para que haya gente que menosprecie la experiencia real de un momento vital único para someterse a una experiencia mediada que le impide disfrutar de la auténtica.  A partir de ahí, la puerta al pánico moral queda como mínimo entreabierta. 
 
Al igual que en el caso de los ortocrímenes de los mensajes en los móviles, damos por hecho que algo anda mal, pero no consideramos hasta qué punto simplemente nos molesta encontrarnos con transgresiones, aunque sean involuntarias, de pequeños rituales cotidianos que damos por certezas, que proporcionan seguridad sobre cómo el mundo debe funcionar. Sí, es posible que un individuo optando por vivir un concierto a través de una pantalla cuando puede ver el escenario se esté perdiendo algo. Puede ser que sea incluso un bobo. Pero no podemos asegurar tal cosa, tampoco que su experiencia sea necesariamente peor que la nuestra, ni que termine ahí. En una era en la que el vídeo es profundamente social,  no podemos predeterminar cual es su finalidad: ¿revisionado personal?, ¿revisionado a través de redes sociales o comunidad de seguidores del grupo?, ¿streaming?, ¿compartir la experiencia con familiares o amigos que o bien no pueden desplazarse o pagar una entrada?, ¿contribuir a un vídeo en crowdsourcing a través de herramientas como Vyclone? Vale, esto último es altamente improbable, pero, ¿no deberíamos al menos sopesar la variedad de prácticas sociales tras nuestros dispositivos móviles antes de llegar a conclusiones precipitadas, realizadas por encima de hombros ajenos y alegremente generalizables? 
 
Me gustaría animar a las personas que con toda legitimidad se sienten desconcertados por este y otros tipos de prácticas digitales a observar estos fenómenos libres de prejuicios, a descubrir con suerte un ecosistema intergeneracional en el que los espacios y los tiempos de la experiencia física y la mediada por las pantallas (ambas muy reales, ambas muy auténticas) se interrelacionan. Y quizás, sólo quizás, a descubrir entonces algunas de ellas en uno mismo.  
 
 
Para saber más:
 
Artículo en  El País sobre el estudio de los usos de las aplicaciones de mensajería por parte de los jóvenes.
 
 
Informe sobre el uso de aplicaciones de mensajería móvil entre jóvenes, parte del World Internet Project y en el que participa la UOC (de próxima publicación).
 
 
Artículo de 20minutos.com sobre la preocupación de los académicos de la RAE en relación a la ortografía de los jóvenes en Internet.
 
 
Banda sonora (música que me ha acompañado o me ha inspirado en la redacción de este artículo):
 
“Frankenstein Monster” (2013), por Francis Dunnery
 
“Everything is awesome”, por  Tegan & Sara, featuring The Lonely Island (de la banda sonora de La Legopelícula, 2014)
 
cultura digital;  medios sociales; 
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