Número 32 (abril de 2014)
Tom Sawyer va a la universidad
Lluís Pastor

Cuando tía Polly le pidió a Tom que pintara la valla no tenía pensado todavía abrir una cuenta bancaria para pagar la universidad de su sobrino. Tom, esa tarde en la que vivió esa tarea como un castigo, imaginó cómo sus amigos podían ayudarle a pintar con cuidado cada uno de los maderos de la cerca. 

 No es que el trabajo fuera malo en sí. Sólo era aburrido. Tom fingió al paso de su primer amigo que pintar la valla era una de las actividades más placenteras que había hecho en los últimos días. Su amigo, y después otro y otro y otro, quisieron pasárselo tan bien como Tom decía que se lo pasaba. El final es conocido.

 

Cuando Tom Sawyer fue a la universidad se encontró otra valla que pintar. Esta vez no podía engañar a sus amigos para que la pintaran y tuvo que pintársela él mismo. Pero antes de empezar, su mente revivió los mismos sentimientos que le rondaron diez años antes. “No entiendo por qué he de pintar esta valla”, le repetía su mente. Y todavía más: “No entiendo por qué una cosa supuestamente buena tiene que ser tan aburrida”.

 

Lo que pensó Tom, lo pensó también su compañero de pupitre. Y el chico de detrás, y la rubia que estaba sentada delante. Los métodos obsoletos de aprendizaje y los contenidos docentes envarados y aburridos son la valla que se encuentran muchos universitarios cuando se enfrentan a sus años de universidad. Año tras año. Promoción tras promoción.
 
Lo que es distinto esta vez es que en clase está Tom Sawyer. Y Tom no se conforma con lo que no entiende. No le arredra enfrentarse a lo que no le gusta. Esta vez Tom se ha propuesto convertir el pintado de esa valla intelectual en un ejercicio apasionante. En una tarea entretenida. Y para eso ha recordado sus aventuras con Huck. “¡Eso sí que era vivir la vida al máximo!”, se dice. Arrancar una experiencia estimulante de todo lo que hacían porque siempre había motivos para vivirla. Tom pensó que su infancia había tenido una base tan narrativa que incluso alguien debería escribir un libro que se llamara Las aventuras de Tom Sawyer.
 
“¿Y si los contenidos de las asignaturas que ahora estudiaba tuvieran una base narrativa?”, pensó. “¿Y si pudiera aprender lo que proponían en la universidad leyendo novelas en las que los conocimientos requeridos formaran parte de la trama?”. Primero creyó que eso era una locura. Pero luego recordó que él era Tom Sawyer. Que él no es un tipo que se conforme. Que él no es un tipo que se arredre. Y empezó a convertir sus apuntes de clase en pequeñas novelas que sus compañeros disfrutaban. Cuantas más entregas leían, mejores resultados académicos obtenían los estudiantes. Y Tom más se tronchaba apoyado en la valla recién pintada.
 
Ah!, por cierto, la universidad a la que va Tom Sawyer se llama Universitat Oberta de Catalunya. Y las novelas que está escribiendo formarán parte de los recursos fundamentales de aprendizaje para el curso que viene.
 
comunicación y educación;  entretenimiento; 
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