Número 41 (febrero de 2015)
Animación: un panorama internacional
Jordi Sánchez-Navarro

El anuncio de las nominaciones a los premios de la Academia de Hollywood —conocidos como Óscar— a las películas de animación ha producido a quien firma estas líneas la grata sorpresa de ver entre los títulos seleccionados a Song of the Sea, la película que ganó la última edición de AnimaFICX, la sección del festival de Gijón en la cual tuve el honor de ser jurado. Con el permiso de los lectores de COMeIN, aprovecho la noticia de las nominaciones para poner negro sobre blanco algunas reflexiones sobre el panorama internacional de la animación —dejando el panorama doméstico para un futuro artículo—.

Song of the Sea ha estado en el punto de mira de los conocedores de la animación desde que en octubre de 2013 protagonizó las jornadas profesionales Anima’t Industry Networking Summit, cuyos asistentes pudieron ver esbozos y fragmentos del storyboard del entonces proyecto en desarrollo de la productora irlandesa Cartoon Saloon. La impresión general del público fue que lo que se estaba viendo era una maravilla merecedora de la máxima fortuna comercial, pero que este éxito no sería nada fácil en nuestro país. La razón es que para el público general la animación es poco más que la decena de largometrajes que cada año estrenan las compañías norteamericanas, las películas de orientación infantil de origen japonés que, de forma muy esporádica, llegan a nuestras salas de cine y la película española realizada con un enorme esfuerzo que, de vez en cuando, consigue estrenarse.

 

Porque para el público general, la animación es, en primer lugar, el largometraje cinematográfico, que conforma un panorama en el que la producción europea de unos pocos proyectos que vale la pena observar de cerca comparte espacio con dos polos de producción de enorme fuerza (Estados Unidos y Japón). Para este mismo público general, la animación consiste, también, en los dibujos animados de las series de televisión, que configuran un paisaje más plural en técnicas y enfoques plásticos y artísticos, pero que, salvo excepciones, parecen condenadas a no disfrutar del aprecio de los espectadores más allá de su público natural, que es el infantil.

 

La mayoría de los interesados en la animación creen (con razón) que ha esta le ha caído una especie de maldición: la de ser considerada como una forma menor de expresión audiovisual, cuando en realidad es la aliada natural de todos aquellos que buscan un cine capaz de sorprender, capaz de poner en cuestión ideas sobre lo representable en la imagen en movimiento, y capaz de desafiar las ortodoxias de los discursos visuales dominantes. En un mundo, el de la expresión audiovisual, dominado históricamente (con las excepciones que quieran encontrarse) por el poder de la narratividad, de los acontecimientos expresables en términos de causas y consecuencias y traducibles a palabras, la animación siempre ha estado en una posición de avance, demostrando con fuerza que el cine es también, y sobre todo, una cuestión de diálogo visual.

 

Esta capacidad para poner en crisis algunas de nuestras ideas más arraigadas sobre lo que debe ser la comunicación mediante imágenes se ha desarrollado históricamente en algunos largometrajes y en, mucha menor medida, en algunas series de televisión, pero su ámbito natural de desarrollo ha sido el cortometraje. Y así se ha reflejado en los festivales que han acogido sus formas híbridas y cambiantes, como Annecy, Hiroshima, Cinanima en Espinho (Portugal) o Animafest de Zagreb, festivales que han tomado el pulso a lo largo de varias décadas a la inabarcable nómina de escuelas y estilos de animadores británicos, a la siempre vital animación de la Europa occidental o a la torrencial producción de la Europa del Este. En las últimas décadas, festivales de vocación generalista han ido incorporando a sus secciones muestras de animación, demostrando que esta ya no es un género menor, un producto destinado en exclusiva a la audiencia infantil o un reducto de creadores y públicos marginales. Los festivales han conseguido que la animación se gane el respeto y el aprecio de la crítica y, sobre todo, del público, divulgando de forma ordenada y rigurosa la obra de pioneros como Starewicz, Alexeieff, Tyrlová, Trnka o McLaren, de clásicos modernos como Svankmajer, Laloux o Bakshi, o de los creadores de la época dorada del cartoon norteamericano, por citar algunos. También ha servido para el encuentro del público con la animación japonesa en sus formas más institucionalizadas y alternativas, con la infografía y el 3D o con la stop-motion (antes de que PIXAR o Aardman la pusieran en boca de todo el mundo), dejando claro que a través de la animación puede trazarse toda una historia paralela del cine que merece la pena conocer y celebrar.

 

Pero lo que importa no es el papel que la animación ha jugado en la historia de los medios audiovisuales, sino el que sigue jugando o, mejor, el que todavía tiene que jugar. Los festivales especializados o con secciones dedicadas al tema demuestran, y lo harán en el futuro, que la animación es un campo de creatividad infinita.

 

La salud de este campo de creatividad en el mundo reposa sobre tres pilares: una sólida tradición en la producción no orientada tanto al negocio inmediato como a la exploración plástica y al crecimiento autoral, un sistema de formación con escuelas de vanguardia y profesionales orientados al magisterio, e instituciones públicas que creen en el valor artístico y cultural de la animación. Son diferentes estrategias para cultivar un talento que no es privativo de un país concreto, pero que una vez cuidado florece dando lugar a ecosistemas reconocibles que no tardan en convertirse en referencias en el extenso, pero acotado, universo de la animación. Todos los conocedores del medio saben, por ejemplo, que el Reino Unido, Francia y Canadá son polos mundiales de creación, atracción de talento y consumo y exportación de obra y profesionales. Cada año, los programadores de festivales reciben centenares de propuestas procedentes de estos países, cada uno de ellos soportado por uno o más de estos pilares mencionados.

 

En Francia, la formación es clave, como puede verse en el trabajo que realiza Supinfocom, la escuela superior de creación de animación digital (2D y 3D) con sedes en las ciudades de Valenciennes y Arles, y con una delegación internacional en Pune (India). Supinfocom es el ejemplo de hasta qué punto una escuela puede convertirse en referente mundial mediante la distribución en festivales internacionales de trabajos de sus estudiantes y graduados. Este sólido tejido formativo alimenta y a la vez se complementa con una red de producción y distribución ejemplar, como la que representan compañías como Autour de minuit o Les Films du Nord, que dan cobijo a talentos conceptuales y técnicos indomables.

 

El Reino Unido ha apoyado tradicionalmente a sus creadores mediante estrategias de estímulo a la producción en las que las televisiones han jugado un papel esencial. La BBC y Channel Four han incluido entre sus prioridades el apoyo explícito a la animación británica, tanto en forma de series como en forma de cortometrajes. Esto, de hecho, ha permitido la consolidación histórica del corto como un formato viable de producción y exhibición. En este contexto, el corto no es un territorio de pruebas o un entrenamiento para autores cuya aspiración última es dar un obligado salto al largometraje, sino un formato plenamente prestigiado para el desarrollo de una propuesta artística a lo largo del tiempo.

 

Algo parecido pasa en Canadá, pero en este caso el apoyo explícito no viene tanto de parte del tejido empresarial, sino de la Oficina Nacional del Cine o National Film Board, organismo público que tiene el objetivo de producir y distribuir películas para construir, promover y difundir la imagen del país alrededor del mundo. Hablando de la NFB es imposible no invocar el nombre de Norman McLaren, uno de los animadores más célebres de la historia, quien desde 1941 irradió su magisterio como creador y formador desde su centro de operaciones en el citado organismo público.

 

En cualquier caso, sería injusto reducir el panorama de la animación mundial a los grandes centros de producción, dado que la grandeza de la animación es, precisamente, que puede ser pequeña. En el país de las superproducciones de Disney, Dreamworks o Fox, un francotirador solitario como Bill Plympton sigue trabajando con paso firme, como demuestra su último largometraje Cheatin’. En el país de Hayao Miyazaki, Doraemon y Dragon Ball, Production I.G continúa con sus grandes proyectos, mientras presenta, en su antología Anime Mirai, el futuro espléndido que espera a la animación japonesa. Los países bálticos y de Europa central y oriental siguen con la maravillosa tradición heredada de los geniales Hermína Tyrlová o Jirí Trnka. En Portugal, pequeñas productoras como Filmógrafo se hacen un lugar en el mundo a base del prestigio que da el trabajo bien hecho, del mismo modo que hacen productoras pequeñas y artistas que se autoproducen en nuestro país.

 

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