Número 41 (febrero de 2015)
Tras el éxito de la feminidad mediática, ¿dónde queda el feminismo?
Meritxell Esquirol

No es extraño ver cómo las mujeres tenemos papeles cada vez más relevantes en la ficción televisiva y en las narraciones cinematográficas, del mismo modo que desde la industria del ocio y el entretenimiento se ofrecen productos pensados y distribuidos de una manera estratégica para los públicos femeninos. Así pues, a primera vista, podemos pensar que estamos de enhorabuena.

 

En la actualidad nos encontramos con propuestas que hablan de una feminidad poderosa, no dependiente, y capaz de decidir sobre su sexualidad. Si en la década de los noventa, Bridget Jones, Ally McBeal y las protagonistas de Sex and the City eran las grandes heroínas de la ficción que representaron la nueva feminidad, hoy, las protagonistas de The Twilight Saga, Fifty Shades of Grey y Girls son ejemplos que hacen visible lo que implica ser mujer hoy en día y las múltiples dificultades con las que la feminidad debe enfrentarse para conseguir definirse como autónoma, libre y capaz, aunque sea de una manera contradictoria.

 

Por tanto, parece que el emprendimiento femenino ya forma parte de la agenda cultural mainstream, normalizando nuestra representación. Es más, parece que consumir este tipo de productos suponga un antes y un después en las prácticas de consumo femeninas, ya que hoy podemos consumir sexo y hablar de diferentes "cuestiones femeninas" sin prejuicios y sin pedir disculpas. Así lo explica el enorme éxito que estos ejemplos han obtenido a nivel comercial.

 

En términos generales, no hay que olvidar que solo dos décadas atrás las mujeres poderosas tendían a ser castigadas en las grandes pantallas, reforzando el estereotipo de la mujer fatal, o que solo podían hacer visibles sus sentimientos a la luz de una narración melodramática, en la que el sufrimiento y la dependencia emocional eran ingredientes indispensables. Por tanto, parece que, de alguna manera, aquellos reclamos feministas por la vivencia libre del propio cuerpo y de las propias biografías, que querían desligarse de la dominación masculina, se hayan cumplido. Al menos, desde el punto de vista de la representación.

 

No obstante, cabe preguntarse si este nuevo imaginario que nos interpela, realmente se permite hablar de una representación mediática que resuelva, o que al menos permita reflexionar sobre la igualdad de las mujeres en la sociedad. ¿La protagonista de The Twilight Saga es realmente responsable de sus decisiones o se encuentra todavía enmarcada en una lucha de poder y dependencia, en un triángulo amoroso entre dos hombres dominantes y protectores? ¿Sus decisiones se basan en una lucha de igualdad o ‘libremente’ decide vivir una feminidad tradicional donde los valores de la familia y el matrimonio son los que dirigen su rumbo? ¿Es la protagonista de Fifty Shades of Grey quien decide la vivencia de una sexualidad libre y alternativa a los estándares románticos o se amolda a un cliché sexual hetero-normativizado y aún hoy dirigido a la mirada y gustos masculinos? ¿Su relato consigue huir de un cliché romántico tradicional pautado por el control y modelamiento que Grey ejerce sobre ella? ¿Hasta qué punto las protagonistas de Girls, representadas de forma histriónica, son feminidades en crisis o se encuentran enmarcadas en un discurso moderno y comercial como lo es el hipster, que no reconocen la herencia de una lucha feminista que les ha permitido ser quienes son y, por tanto, hacer visible que la cuestión femenina es un hecho que aún hoy no se ha resuelto?

 

Y es que el imaginario femenino contemporáneo, aunque diverso y complejo, tiende a no hacerse preguntas. Las mujeres son representadas como personas libres y autónomas, es verdad. Sin embargo, aún hoy tienden a ser narradas desde una posición melodramática desde la que retornan a la feminidad tradicional de una forma (supuestamente) voluntaria. Todavía hoy la hiper-sexualización de sus cuerpos y conductas sigue siendo la mejor carta de presentación y aceptación social. Y hoy, muchas veces, se decide representar a las mujeres a partir de una acomodación a un discurso neutralizador, que evite hacerlas problemáticas. Desde el imaginario institucional no se tiende a reconocer que las mujeres deben enfrentarse a cuestiones de desigualdad, aún hoy vigentes. Hablamos, por ejemplo, de la dominación masculina, del control social sobre los cuerpos y la sexualidad femenina, de la desigualdad de acceso a oportunidades y de la violencia machista, entre otras cuestiones.

 

Y es que, desde la industria, ser críticos con la cuestión femenina supone todo un problema. Por un lado, porque hay que asegurarse el cumplimiento de un circuito comercial de gran éxito. Y el sentimiento disidente o contracultural cada vez se encuentra más diluido a favor de potenciar un sentimiento de inclusión basado en una relación comercial, y de acceso y participación sociocultural. Por otra parte, porque el feminismo y sus interrogaciones sobre las desigualdades necesitan ser diluidas: para vender y promocionar el sentimiento de emprendimiento a partir del que las personas hoy nos tenemos que ganar la vida, las desigualdades resultan ser un tema menor, una cuestión circunstancial o un problema personal. Por el contrario, hacer visible la experiencia de la dificultad o la responsabilidad social nos invitaría, libremente, a hacer frente al sistema.

 

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