Número 49 (noviembre de 2015)
La película que nunca fue
Jordi Sánchez-Navarro

La edición que acaba de terminar (octubre de 2015) del Sitges - Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya nos ha brindado la oportunidad de asistir a un fenómeno un tanto extraño: la proyección de una película inacabada. Un número nada despreciable de amantes de la animación acudió a ver The Thief and the Cobbler, algo que no era exactamente una película, sino fragmentos acabados de una película, “cosidos” y complementados con pruebas a lápiz (pencil tests) —versiones preliminares de las escenas animadas—, layouts —dibujos con posiciones de personajes y esbozos de fondos— y simples bocetos. A pesar de estar ante una obra incompleta, y destinada a quedar inacabada, el público tenía la sensación de estar ante un pedazo de historia del cine, sensación reforzada por la presencia en la sala del creador de la película: el legendario Richard Williams.

No creo que sea exagerado decir que si hay un libro que no falta en la biblioteca de ningún animador es The Animator's Survival Kit, el exhaustivo manual de técnicas y principios que se ha convertido en la guía, tanto práctica como espiritual, de cualquier interesado en dominar las artes arcanas de dibujar el tiempo y dotar de alma a los trazos y los objetos. Así de importante es Richard Williams: el animador al que todos los animadores consideran su maestro.

 

Nacido en 1933 en Toronto, se instala en 1955 en Inglaterra, donde escribe, produce y dirige su primer trabajo, el corto de treinta y tres minutos The Little Island (1958), que atrae la atención del mundillo al completo y es nominado a un BAFTA. A lo largo de los sesenta y setenta, con sus inolvidables títulos para What's New, Pussycat? (1965) y Casino Royale (1967), las secuencias de animación de La carga de la brigada ligera (1968) o con los maravillosos créditos de El regreso de la Pantera Rosa (1975) y La Pantera Rosa ataca de nuevo (1976), Williams se convierte en el referente de una animación “aplicada” moderna, elegante y pop.

 

A finales de los sesenta, Williams decide demostrarse hasta qué punto ha llegado a dominar su arte y emprende la creación de la que él mismo considerará su obra magna: una fantasía basada en Las 1001 noches en la que cada escena debía plantearse y ejecutarse como un tour de force de diseño y animación. The Thief and the Cobbler estaba llamada a ser su obra definitiva. Sus imposibles juegos escherianos con la perspectiva, sus hipnóticos arabescos en movimiento y sus personajes de diseño fastuoso —todo ello realizado con técnica tradicional— iban a hacer de la película un hito de la animación difícilmente superable. El problema es que todo ello también la hizo prácticamente irrealizable, como relata con aliento épico el documental de Kevin Schreck Persistence of Vision (2012), visto en el Festival de Sitges en 2013.

 

Mientras la homérica The Thief and the Cobbler avanzaba tan lentamente que parecía inviable, Robert Zemeckis acudió a Williams para que dirigiera la animación de su ambicioso proyecto ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (1988), con el que pretendía llevar la combinación de animación e imagen real a un nivel de excelencia jamás conseguido. El resultado es de sobras conocido: una obra maestra y el reconocimiento universal de que la película de Zemeckis suponía el momento inaugural de una nueva edad de oro de la animación. Ese éxito ofreció al animador canadiense la posibilidad de reanudar la producción de su fantasía oriental, que apenas cuatro años después y tras numerosos azares empresariales, parecía malograrse del todo al estrenarse en un montaje completamente alejado de lo que él había ideado. The Thief and the Cobbler dio lugar a dos películas diferentes: una versión terminada por Fred Calvert y distribuida en 1994 con el título The Princess and the Cobbler (que aquí conocimos como El zapatero y la princesa) y otra aún más zafiamente manipulada versión distribuida por Miramax en 1995 como Arabian Knights (aquí, El ladrón de Bagdad). Ambas contenían algunas de las asombrosas imágenes de la fantasía de Williams, pero ninguna de ellas se acercaba remotamente a la obra magna que su creador había imaginado.

 

En 2013 se reveló que la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas había restaurado digitalmente la copia de trabajo de Williams, a la que se habían añadido los mínimos complementos necesarios para asegurar el cierre de la historia. La copia de trabajo, subtitulada A Moment in Time —para certificar que se trataba del resultado del estado de la película en 1993, cuando su producción se vio truncada violentamente— se proyectó en el Samuel Goldwyn Theater de la Academia de Hollywood en diciembre de 2013, en Londres en junio de 2014, en Annecy (Francia) en junio de 2015 y en Sitges en octubre de este mismo año. En todas esas ocasiones estuvo presente y pudo ser homenajeado con la merecida reverencia Richard Williams, un maestro de animadores tocado por la leyenda.

 

Cualquiera que vea hoy esa copia de trabajo de The Thief and the Cobbler podrá comprobar que aun sin haber tenido una finalización y un estreno normal, la película “influyó” en un éxito coetáneo de Disney: Aladdin (1992). Sin entrar en cuánto de casualidad, cuánto de influencia y cuánto de espionaje industrial hay en las coincidencias entre The Thief and the Cobbler y la producción Disney, hay que señalar que la de Williams no es la primera película que irradia una extraordinaria influencia en otras aun sin haberse llegado a producir del todo. El documental de Frank Pavich Jodorowsky's Dune explora el intento fallido del director chileno Alejandro Jodorowsky de adaptar la novela de Frank Herbert Dune, en una película que iba a ser protagonizada por David Carradine y Salvador Dalí y que iba a contar con la música de Pink Floyd y la colaboración creativa del gran dibujante de cómics Moebius y otros artistas a los que Jodorowski calificaba de “guerreros espirituales”. Dune nunca se hizo, pero Jodorowski y Pavich defienden en el documental que su legado puede rastrearse en La guerra de las galaxias (1977), Alien, el octavo pasajero (1979) y otras películas igualmente célebres. Dune de Jodorowski sería la película no realizada más influyente de la historia, como lo habrían podido ser Napoleon de Stanley Kubrick, Superman Lives de Tim Burton y otros títulos que aparecen en el libro The Greatest Movies You’ll Never See de Simon Braund, en el que se detalla una serie de grandes obras maestras de grandes directores jamás vistas (porque jamás se realizaron).

 

Indagar en grandes proyectos cinematográficos que nunca se realizaron puede parecer una actividad improductiva, pero algunos sospechamos que el estudio de esas iniciativas truncadas no solo es una cuestión de cotilleo hollywoodiense, sino que ofrece pistas para el análisis de las relaciones entre creatividad e industria en el contexto de esa jungla que es el cine de gran presupuesto.

 

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