Número 60 (noviembre de 2016)
#DonaldTrumpWins #TheTruthLoses
Ferran Lalueza

A raíz de la inesperada victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales estadounidenses, he tenido la oportunidad de analizar su estrategia electoral para diversos medios de comunicación. La pregunta que ha surgido cada vez de forma inevitable es: ¿ha propiciado Facebook la victoria del candidato republicano? Aunque el propio Zuckerberg lo haya negado, en este artículo sustento que sí. 

Algunas viejas teorías de la mass communication research acusaban a los medios de comunicación de masas de provocar en su audiencia la llamada disfunción narcotizante. El ciudadano sentía que había cumplido con su deber cívico-social por el simple hecho de estar informado a través de los medios pero, en realidad, se convertía en un actor político inoperante puesto que no actuaba en consecuencia. En lugar de hacer, le bastaba con saber.
 
Estas teorías fueron muy discutidas en su momento pero hoy, casi 70 años más tarde, los social media sí que están provocando una verdadera disfunción narcotizante respecto al consumo de los medios de comunicación convencionales. Cada vez hay más personas que se consideran suficientemente informadas porque se exponen a los contenidos que les llegan a través de las redes sociales y no sienten la necesidad de ir más allá para obtener información rigurosa, contrastada, relevante y veraz. En lugar de informarse, en realidad les basta con entretenerse pero no son conscientes de ello, lo cual las convierte en fácilmente manipulables.
 
Las redes sociales no asumen específicamente la función de informar, no han nacido con vocación periodística. Su función es la de conectar personas entre sí y con entidades de todo tipo. Por supuesto, una forma de conectar es intercambiando información pero, a diferencia de lo que ocurre con los medios convencionales, el control de calidad de la información que circula por las redes sociales es muy laxo cuando no puramente inexistente.
 
El caso de Facebook es paradigmático. Esta plataforma establece unas normas de obligado cumplimiento para sus usuarios. Entre otras muchas restricciones, por ejemplo, explicita la prohibición de mostrar pezones femeninos. En cambio, no incluye ninguna norma que prohíba difundir informaciones falsas. Puede parecer sorprendente e incoherente, pero responde a una lógica aplastante desde una perspectiva empresarial. Los contenidos con connotaciones sexuales pueden excluir a públicos comercialmente muy atractivos (menores, miembros de culturas particularmente puritanas, etc.). En cambio, las falsedades atraen la atención y generan interacción por parte de públicos muy amplios, lo cual es bueno para las cuentas del señor Mark Zuckerberg, patrón de esta plataforma.
 
Es cierto que todas las informaciones que recibimos pueden influir en nuestras creencias, en nuestras actitudes y en nuestras conductas. Sin embargo, cuando esas informaciones son falsas, no es influencia; es manipulación. Así, si Facebook no es suficientemente diligente a la hora de controlar la veracidad y la fiabilidad de las informaciones que circulan por esta red social, está favoreciendo la manipulación aunque se obstine en negarlo.
 
Si bien es cierto que en su discurso oficial Facebook condena el clickbait (difusión de contenidos diseñados exclusivamente para atraer clics), en la práctica se beneficia económicamente de él. Por tanto, las exageraciones, las mentiras y el amarillismo no constituyen un verdadero problema para esta plataforma. Más bien todo lo contrario. En cambio, esta tiranía del clic sí resulta nefasta desde el punto de vista social puesto que, en lugar de contribuir a la formación de una opinión libre y bien informada, potencia la desinformación.
 
La capacidad de Facebook para segmentar a sus públicos de forma extremadamente sofisticada contribuye a empeorar incluso este panorama. ¿Por qué? Pues porque a través de esta red resulta relativamente sencillo impactar en aquellos colectivos que van a mostrarse más receptivos a las falsedades que circulan por ella y más proclives a redifundirlas masivamente sin cuestionarlas. Los estudios disponibles evidencian que los estrategas de Trump han mostrado pocos escrúpulos a la hora de aprovecharse de ello.
 
Con todo, nos adentramos en el pavoroso concepto de la postverdad, que emerge cuando ponemos en suspenso nuestras certezas más racionales para abrazar ideas con las que conectamos desde una vertiente meramente emocional. No importa que sean falsas, en nuestro interior tal vez anhelamos que sean ciertas y esto nos basta para subirnos al carro de la redifusión. Los usuarios de las redes sociales, además, todavía no hemos tomado conciencia plena de que difundir contenidos engañosos creados por terceros nos convierte en cómplices de ese ejercicio de desinformación aunque no seamos los autores originarios de tales contenidos.
 
Este devastador potencial manipulador, además, se ve espectacularmente incrementado por el enorme impacto social que, para lo bueno pero también para lo malo, tiene Facebook. Es la red social número uno a nivel mundial, ya roza los 1.800 millones de usuarios activos mensuales, y su influencia es particularmente fuerte en determinados países (es el caso de Estados Unidos, con unos 200 millones de usuarios) y en determinados colectivos (las personas de más edad, que no han migrado a Instagram, a Snapchat y en ocasiones ni siquiera a Twitter). 
 
Así que, cada vez que me preguntan si constituye una hipótesis razonable atribuir a Facebook un papel relevante en la victoria de Donald Trump (quien, por cierto, invirtió 56 millones de dólares en publicitarse en esta red social durante la campaña), respondo afirmativamente. 
 
comunicación política;  medios sociales; 
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