Número 73 (enero de 2018)
Carne, arena y otras realidades
Amalia Creus

En la intersección de las artes y el activismo, cada vez son más los creativos y realizadores socialmente comprometidos que recurren a la realidad virtual para interpelar nuestra conciencia y enfocar nuestra atención en los inmensos desafíos humanitarios de nuestro tiempo. En un momento histórico en que la aporofobia, el populismo y las noticias falsas están a la orden del día, las tecnologías virtuales sensoriales e inmersivas se ven como una herramienta poderosa para ayudarnos a conectar emocionalmente con las experiencias de los demás, generar compromiso ético y expandir nuestra capacidad de empatía social.  

Carne y Arena, obra del mexicano Alejandro G. Iñárritu, es posiblemente una de las propuestas artísticas más conocidas y mejor logradas en el emergente nuevo mundo de posibilidades narrativas que nos brinda la realidad virtual. Una instalación que literalmente sumerge al espectador en la experiencia de inmigrantes mexicanos y centroamericanos que intentan cruzar la frontera con Estados Unidos. Esta obra, más allá de la fascinación propia de una nueva tecnología, ofrece una ficción humanista, genuina y conmovedora que coloca a quien la experimenta ‘virtualmente presente’ en el dramático momento en que un grupo de inmigrantes es perseguido en el desierto por una patrulla fronteriza americana.
 
Propuestas como la de Iñárritu alimentan el debate, no exento de polémica, sobre las potencialidades de la realidad virtual para promover la transformación social. Los que defienden este punto de vista centran su argumentación en la capacidad inmersiva de una narración que nos permite, de manera única, experimentar virtualmente sensaciones tan intensas como pueden ser el aislamiento en una celda de alta seguridad, la explosión de una bomba en Siria, un conflicto armado en Sudán o una protesta violenta en Brasil.
 
Parece indudable que la realidad virtual permite activar dimensiones de nuestra experiencia sensorial como espectadores que difícilmente podríamos alcanzar con narrativas audiovisuales más convencionales. Quizás por eso cada vez más activistas y organizaciones sin fines de lucro trabajan en la creación de propuestas de realidad virtual llenas de buenas intenciones. Entre estas, algunos ejemplos que vale la pena explorar, son Clouds Over Sidra, video inmersivo que nos pone en la piel de Sidra, una niña de 12 años que narra su existencia cotidiana en un campo de refugiados en Jordania; We Who Remain, video documental en 360 grados que nos transporta a las montañas Nuba, al centro de uno de los conflictos armados más largos y olvidados de la historia; o 6x9 la primera experiencia de realidad virtual promovida por el diario The Guardian, que nos coloca dentro de una celda de confinamiento en una prisión en Estados Unidos.
 
Sin embargo, lo que algunos se preguntan es en qué medida estos relatos virtuales realmente impactan en nuestra acción sobre el mundo. O dicho de otro modo: ¿pueden estas experiencias tan poderosas, además de conmovernos, movernos a la acción?
 
El periodista y novelista argentino Martín Caparrós (vale muchísimo la pena leer su artículo Carne y Arena: el arte del futuro) se pregunta si tiene sentido trabajar con tantos medios y tanta inventiva para contar historias que de alguna manera todos ya conocemos, pero que aun así elegimos ignorar día tras día. «¿Sentir es la mejor manera de entender?», se cuestiona. La pregunta me parece sugerente.
 
Desde esta perspectiva, al igual que las paredes de hormigón de una celda de aislamiento, las gafas de realidad virtual pueden también servir para recordarnos la existencia de relaciones de poder asimétricas. Relaciones de poder que privan a algunos de las condiciones para una vida digna, mientras brindan a otros nuevas maneras de mirar —desde la seguridad de una pantalla o la sala de un museo— realidades que les son ajenas. 
 
Es innegable que la empatía sigue siendo fundamental para la justicia social. También el arte y la cultura, más allá de la ciencia y la política, siguen siendo fundamentales en la construcción de las narrativas que dan sentido a nuestro mundo. En ese contexto, las posibilidades expresivas que aporta la realidad virtual se vislumbran esperanzadoras. Que se consolide como forma creativa en sus múltiples dimensiones es una cuestión de tiempo. Pero mientras las gafas de realidad virtual nos ayudan a imaginar el hedor de una celda de confinamiento, el calor y la desolación en un campo de refugiados, o el miedo de una mujer perseguida en el desierto, conviene no olvidar que a los protagonistas de esos relatos que tanto nos conmueven no les queda más alternativa que sus propias e irrefutables realidades.
 
cultura digital;  arte; 
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