Número 83 (diciembre de 2018)
Levantando muros: desconexiones humanas en una Europa Fortaleza
Ainhoa Ruiz Benedicto, Dani Aranda

Es en la frontera donde se muestra nuestra apertura física, social y política al mundo. Cuando la gestión se endurece, militariza y privatiza acaba teniendo un impacto cognitivo en el seno de la sociedad: la militarización progresiva de este punto de encuentro que son las fronteras, nos acaba enseñando que el otro, el que viene de fuera, es una persona extraña ante la cual no queda más opción que defenderse. Esto nos retrotrae al modelo de fortaleza medieval, donde había que defenderse de los bárbaros, para lo cual se levantaba una muralla, y todo lo indeseado para el sistema interno quedaba fuera de ella. En este contexto hablar de Europa Fortaleza no sólo es pertinente, sino también necesario y urgente: ¿queremos vivir amurallados? 

Mientras las mercancías y el capitalismo financiero no encuentran restricciones a su movimiento ni a su capacidad de influencia, los muros del mundo globalizado son levantados para controlar, impedir e interceptar el movimiento de las personas, contradiciendo la narrativa liberal sobre la libertad de movimiento propia de la globalización.

 
La realidad es que la globalización ha quedado lejos de traer igualdad y conexión entre territorios o la plena libertad de movimiento. Tampoco ha supuesto una apertura total e igualitaria de las fronteras, más bien se ha acrecentado la desigualdad territorial; dependiendo de tu nación de origen puedes viajar con más o menos libertad y seguridad. Entre tanto, los controles, la vigilancia y la recogida masiva de los datos relacionados con nuestros movimientos se expanden e intensifican.
 
Mientras que el turismo es para occidente una fuente de riqueza económica, las personas desplazadas a la fuerza por la violencia de las guerras y las personas migradas que huyen de las grandes desigualdades globales han sido convertidas en una amenaza para la seguridad. La cuestión de los flujos migratorios pasa de una agenda social a una agenda de seguridad, con la consecuente criminalización de las personas que migran: otra forma de levantar muros que trasciende y legitima la construcción de las vallas que nos separan de la realidad global.
 
A principios del siglo XXI el papel de las fronteras pasa de ser un simple elemento delimitador de la integridad territorial y de la soberanía política, para convertirse en espacios geográficos donde aparecen nuevas amenazas, transformándose en espacios en guerra. En este contexto de militarización del espacio fronterizo, la movilidad es entendida y tratada como una actividad sospechosa que se deberá controlar, monitorizar y registrar, y la llegada de flujos migratorios de personas desplazadas por la fuerza, una amenaza para la seguridad que requiere ser interceptada.
 
En lugar de dejar la política de muros propia de la Guerra Fría a un lado, amurallarse es hoy en día una clara apuesta política que va en aumento. Hay más de 70 muros en el mundo, la mayoría construidos tras la Guerra Fría: Israel, Argelia, Calais (interno en Francia), Arabia Saudí, Hungría, Turquía, España, India, Estados Unidos, Croacia, Bulgaria, entre muchos otros. Cada vez más Estados adoptan la política de amurallarse como sistema de seguridad, construyendo una fortaleza con el fin de cerrar, sellar e impermeabilizar el interior y el exterior y extender la sociedad del control y coartar la – todavía lejos de conquistar- libertad de movimiento.
 
La frontera es ahora más que nunca un instrumento en manos de los privilegiados. Estamos asistiendo, impávidos, a una lucha por la última frontera, esa que está en los cuerpos que migran y ejercen su derecho al movimiento - eternamente cuestionado, nunca reconocido -, expulsados, redirigidos, jerarquizados por el espacio y los sistemas de control. Explotados políticamente, canjeados y negociados por acuerdos, armas y sistemas de vigilancia.
 
Esta narrativa que define a las personas que migran como amenaza, aparece cada vez con más fuerza en las estrategias de seguridad de la primera década del siglo XXI de los países occidentales, e irá en paralelo de la construcción de una Europa Fortaleza, que comienza en los años 90 en el Estado español con Ceuta (1993) y Melilla (1996).
 
De los 28 Estados de la Unión Europea, 10 de ellos (España, Grecia, Hungría, Bulgaria, Austria, Eslovenia, Reino Unido, Letonia, Estonia y Lituania) han construido muros en sus fronteras por razones migratorias.   Estamos hablando de la construcción de casi 1000 km de muros construidos en territorio de la Unión Europea. Cada vez se anuncian más muros a lo largo del mundo con el fin de aislarse de los problemas que presenta el mundo globalizado, la violencia de la guerra y las desigualdades económicas.
 
Levantando muros lo único que conseguimos es desconectarnos de los demás y de todo aquello que nos hace humanos: nuestra capacidad de cooperar con el otro y de enriquecernos con la diferencia. Las fronteras son una oportunidad para encontrarnos, son un lugar para ver más allá. Debemos seguir cuestionando la construcción de muros físicos y no permitir que se alcen muros todavía más peligrosos: los mentales.
 
Para saber más:
 
Informe 35 del Centre Delàs d’Estudis per la Pau: Levantando Muros. Políticas del miedo y securitización en la Unión Europea.
 
The Economist (2015) Boundary walls and fences worldwide.
 
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