Número 4 (octubre de 2011)
Lady Gaga, el vídeo clip musical y la cultura postmoderna
Gemma San Cornelio

El vídeo clip musical ha sido un género que desde siempre me ha interesado por distintos motivos, no sólo por la puesta en imágenes de la música pop, sino especialmente por ser uno de los pocos reductos para la experimentación audiovisual, a mitad de camino en muchos casos entre la publicidad televisiva –el spot– y la vídeo creación, en el sentido más artístico.  En la actualidad, a pesar del auge experimentado por el vídeo clip musical en Internet –especialmente en lo referente a la producción audiovisual casera, y montajes semiprofesionales– hay que reconocer que el vídeo clip musical comercial, al más puro estilo MTV, no está en sus mejores momentos. En las listas de reproducción de las cadenas musicales abundan fórmulas preestablecidas y agotadas como la representación de actuaciones, donde se priorizan las coreografías y las actitudes chulescas de los cantantes de hip-hop –en algunos casos acompañados de divas de la altura de Jennifer López o Rihanna– en entornos ostentosos y cargados de dorados que destacan sobre atmósferas oscuras. De todos modos, hay que reconocer que a pesar de esta aparente homogeneidad en los estilos audiovisuales del vídeo clip, hay algunas excepciones que recuerdan los buenos tiempos de este género en los inicios en los años 80, así como su renacimiento en los primeros años 2000.

Sin embargo, algunas veces la pretendida originalidad no lo es tanto como pudiera parecer. Un sábado por la mañana de hace unos meses conecté, como hago bastante a menudo, el canal de la MTV justo en el momento en el que se emitía el vídeo clip de Lady Gaga “Born this way”. Lo primero que me sorprende es que la música que aparece en la introducción (un largo speech de la cantante) es la que acompaña los títulos de crédito de la película Vértigo de Alfred Hitchcock. Interesante –pienso. Poco después aparece un prisma –similar al de la portada del disco de los Pink Floyd The dark side of the moon– pero invertido, al estilo feminista. Bueno –me digo–, se trata de guiños a determinadas formas de cultura popular.  Sin embargo, lo que consigue dejarme totalmente perpleja es el aspecto que presenta la cantante, luciendo sendas protuberancias en su frente y sus hombros, absolutamente idénticas a los implantes que se realizó Orlan a principios de los años 90, en su serie de intervenciones quirúrgicas-performances “La Reencarnación de Saint Orlan”, donde la propia artista experimentaba en su propia piel la yuxtaposición de los diferentes cánones de belleza femenina a lo largo de la historia del arte (las protuberancias fueron insertadas en una de sus últimas operaciones en Tokio). La diferencia con Lady Gaga es clara; la tecnología empleada por la segunda es el retoque digital, mientras que la primera se opera la cara (bien es cierto que Orlan en los últimos años ya experimenta con el retoque digital en lugar de actuar sobre su cuerpo). También toma de esta artista el corte y color de cabello con mechones blancos y negros con el que aparece muchas veces la cantante.

 

El resto del vídeo clip transcurre en una atmósfera opresiva y llena de barroquismo y excesos visuales, donde tiene lugar una especie de parto múltiple lleno de referencias a lo deforme y monstruoso y que recuerda tanto películas de género como Alien o Matrix, como trabajos de vídeo creación contemporánea como Cremaster de Mathew Barney.

 

No obstante, no es la primera vez que Lady Gaga revuelve en los montones del arte contemporáneo para urdir su cambiante aspecto; la cantante ya había aparecido en la gala de los premios MTV de 2010 vistiendo un traje hecho de carne, misma idea utilizada por varios artistas contemporáneos del ámbito de la performance en los años 70, como Marina Abramovich o Hermann Nitsch. Así pues, se podría entender que la identidad creada por la cantante es un claro ejemplo de pastiche postmoderno donde se acumulan referencias múltiples y constantes tanto a artistas contemporáneos como a otros creadores de la denominada cultura de masas. Si todo es prestado del pasado ¿de qué nos escandalizamos, entonces?

 

Al mismo tiempo, hay varios aspectos interesantes del fenómeno: el primero en mi opinión es el contraste entre el tipo de estética elegida –lo escatológico, lo monstruoso– y  su intención transgresora con el tipo de música extremadamente convencional y comercial que la cantante practica, de estilo alegre y festivo mayoritariamente (al menos en el caso de Marilyn Manson había una cierta intención oscura en la actitud del cantante, acorde con su estética).

 

En segundo lugar, como apuntaba anteriormente, es muy destacable el papel que juegan los vídeo clips y otros productos audiovisuales en la configuración de su estética y su identidad, permitiendo determinados efectos y trucajes que en directo no se pueden aplicar, como por ejemplo, las protuberancias por debajo de la piel. Por tanto, la identidad de la cantante resulta indisociable de los medios que utiliza para su promoción y expresión, entre ellos el vídeo clip musical. Esta es una idea también presente en otros cantantes y grupos surgidos en los últimos años, como Gorillaz, donde la identidad del grupo se forja a través de unos personajes de cómic, que sólo se pueden ver en acción en los vídeos clips musicales.  Pero esta es otra historia, para otro artículo.
 

cultura digital;  entretenimiento;  televisión; 
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