Número 6 (diciembre de 2011)
El horror en casa
Jordi Sánchez-Navarro
A pesar de que el terror ha tenido tradicionalmente ciertas dificultades para consolidarse en las parrillas de la programación televisiva, en los últimos meses han irrumpido con fuerza en las pantallas domésticas algunos productos que hacen del horror sin concesiones su principal atractivo. ¿Es este auge del terror una moda efímera o, por el contrario, es la constatación de que la producción de entretenimiento televisivo acaba siempre siendo el reflejo de profundos síntomas culturales?

Los estudiosos del tema o los simplemente interesados por los intrincados designios de la programación televisiva siempre han dado por buena una regla no escrita: el terror no suele funcionar en prime time y en abierto. Aunque pueden rastrearse a lo largo de la historia del entretenimiento televisivo ciertos hitos de demostrarían que a los públicos les gusta pasar miedo, resulta evidente que la televisión contemporánea ha alejado el horror de sus parrillas, relegándolo a horas intempestivas o a canales de pago, asumiendo que el público interesado haría el esfuerzo de localizarlo y consumirlo sabiéndose integrante de una minoría especial. Esa regla no escrita viene a decir que, aunque el terror es un género que goza de gran éxito en las pantallas cinematográficas y, hasta fechas relativamente recientes, en el consumo de DVD, el público no acepta su irrupción en la pantalla de casa a horas no previstas. Por decirlo de otro modo, el público estaría dispuesto a ir a buscar el terror, pero no estaría interesado en encontrarse el terror en casa cuando menos se lo espera.


Pongamos un ejemplo próximo que permitiría ilustrar claramente esta idea. En el período 2006-2007, Telecinco produjo la serie de tv movies Películas para no dormir, que reunía a un grupo de directores españoles célebres por haber realizado propuestas cinematográficas cercanas a los géneros populares (entre ellos el terror), para rendir tributo a un hito en la historia de la televisión española: la mítica Historias para no dormir, de Narciso Ibáñez Serrador, quien llegó a realizar una de las nuevas entregas. La producción de la serie se completó, al menos en lo que podríamos llamar su primera temporada, pero nunca se programó de la forma inicialmente anunciada. Sólo dos de las seis películas fueron emitidas por la cadena en las fechas previstas, enero de 2007, mientras que el resto se comercializó en DVD a finales de ese mismo año, y sólo pudo verse en televisión, en este caso en el canal especializado Factoría de Ficción, dos años después.


En los últimos meses, no obstante, hemos asistido a un revival del horror en televisión. Series como True Blood, The Gates o The Vampire Diaries nos han familiarizado con la figura prototípica del vampiro, mientras que otras, como Supernatural, Medium o True Calling, han hecho que se cuelen en nuestras casas fantasmas y otros seres sobrenaturales. Podría argumentarse que las series citadas no son horror en sentido estricto, sino dramas con componentes de fantasía oscura, pero sin duda podría considerarse que han allanado el camino para que dos series que sí son inequívocamente de terror hayan llegado para perturbar nuestra vida cotidiana. Esas series son The Walking Dead y American Horror Story.


The Walking Dead es una adaptación de la serie de comics de Robert Kirkman publicada en nuestro país con el título de Los muertos vivientes. Siguiendo el esquema canónico del género, la serie narra los esfuerzos por sobrevivir de un grupo de resistentes en el marco de una epidemia zombi global. En su relato de las luchas diarias y los dramas personales de un grupo de personas en un entorno post-apocalíptico en el que la amenaza para la vida es constante, la serie refleja certeramente el inmenso horror latente en la insoportable idea del zombi, el muerto (que podría ser cualquier miembro de nuestra familia, o nuestro mejor amigo, o nuestro jefe) que regresa a la vida convertido en depredador perfecto.


Por otra parte, American Horror Story es un alucinado relato gótico contemporáneo sobre una casa encantada que sirve de escenario de la descomposición total de una ejemplar familia americana. A lo largo de su tortuoso desarrollo, la serie apela a toda la historia del terror audiovisual y utiliza todos los recursos formales y temáticos del género, para no dar tregua a un espectador irremisiblemente atrapado en su delirante red de significados. Perfecta traducción audiovisual de lo pesadillesco, American Horror Story representa un punto álgido en el tratamiento del horror en televisión, al menos tal y como lo hemos conocido en los últimos veinte años.


El éxito de las series mencionadas abre una puerta a la reflexión a partir de una pregunta obvia: ¿qué ha cambiado en la sociedad para que, de nuevo, dejemos entrar al terror en casa?


Una de las aproximaciones más productivas en el estudio de la producción cultural basada en el horror ha sido conectarla con miedos sociales más amplios. En períodos de crisis, de identidades agredidas y dificultades sociales, la ansiedad cultural se traduce y canaliza en relatos de horror. El estudio de Sigfrid Kracauer De Caligari a Hitler, clásico entre los clásicos, o el más reciente The Monster Show de David J. Skal, son ejemplos de esa necesidad de enmarcar la emergencia del horror (en sus más variadas formas) en el seno de una aproximación histórica de la cultura.


Volviendo al momento actual, cabría preguntarse: ¿Conectarán los futuros historiadores de la cultura popular el éxito de The Walking Dead y American Horror Story con la interminable y cruel crisis financiera actual? ¿Entenderán la invasión zombi de 2011 como una profecía de la nueva sociedad que estaba por llegar? ¿Se estudiará la haunted house de American Horror Story como un correlato perfecto del estallido de la burbuja inmobiliaria? Responder hoy afirmativamente a las tres preguntas es, nos tememos, una apuesta segura.

cinema;  entretenimiento;  televisión; 
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