Número 15 (octubre de 2012)
¿Robotización o humanización de la información?
Josep Cobarsí-Morales

Nuestro entorno informativo cotidiano es cada vez más automatizado. Las fuerzas motrices de esta automatización son potentes. Y las implicaciones de todo ello resultan difíciles de captar y a menudo poco deseables. Pero algunas iniciativas se afanan por conseguir un entorno informativo más humanizado.

 

En el curso de la interacción con nuestro entorno informativo cotidiano, de un tiempo acá menudean experiencias como las cuatro siguientes.

 

“Reencuentro casualmente a una antigua y apreciada colega de trabajo. Nos proponemos quedar para tomar un café y ponernos al día. Intercambiamos unos pocos emails, casi telegráficos, para quedar. Al tercer mensaje, en el frame derecho de Gmail me sale un enlace que ofrece: ‘Os organizamos la boda’.”

 

“Comentando sobre ciudades interesantes para visitar, alguien en una comunicación privada me sugiere Lisboa. A continuación, durante unos cuantos días, los anuncios turísticos de Lisboa me persiguen por los aplicativos y páginas web que visito.”

 

“Me roban el iPod. Rápidamente me llueven ofertas del producto perdido y otros relacionados.”

 

“A menudo leo por Facebook opiniones políticas. Ocasionalmente pongo ‘me gusta’ o hago comentarios a estas opiniones. Esporádicamente emito opiniones por iniciativa propia. En un momento dado, y durante un tiempo, el frame derecho de Facebook me propone hacerme fan de un determinado líder político, a pesar de que no me siento especialmente cercano al susodicho.”

 

El denominador común de estas situaciones verídicas apunta claramente en una dirección. Nuestro entorno informativo personal está cada vez más automatizado. Y esto tiene implicaciones que apenas divisamos, no tan sólo a nivel individual, sino también en el terreno organizativo y social. Aquí destacaremos dos de estas implicaciones, que son consecuencia de una personalización casi siempre automatizada y a veces ciega, pero podéis ampliar ejemplos y argumentos en el libro de Eli Pariser The filter bubble.

 

La primera: una potencial mayor fragmentación y polarización social. En esta línea, por ejemplo, en un posicionamiento sobre los ejes políticos –digamos– izquierda-derecha, o unionista-independentista, se puede estar situado en muy diversas coordenadas y se puede ir variando. Además, siempre  te puede interesar, tendría que interesarte, escuchar voces alejadas de tu posicionamiento actual. Ahora bien, los algoritmos automáticos que rigen Facebook favorecen a menudo que te deslices a determinadas zonas muy acotadas, y acaso extremas, de posicionamiento político. Y que te enroques allí. Mientras tanto, las opiniones lejanas a la tuya cada vez serán menos audibles y te sonarán  más extrañas, caso de llegarte.

 

Y la segunda: las reglas de juego de algunos de estos entornos son, por su complejidad y dinamismo, opacas para los usuarios a pesar de que pueda haber una versión publicada. Pocos se entretienen a consultar las normas de funcionamiento y captar las implicaciones, ni que sea superficialmente. Un ejemplo de esto es la política de personalización de Google y sus consecuencias. Antes de nada está el propio concepto de personalización: comporta que el resultado de la busca que haces no es universal, sino pensado para ti. Pensado en cursiva, porque es un software muy complejo de recuperación de información quien actúa, y no la mente de una persona. Como usuarios no podemos saber muy bien las consecuencias de todo esto, pero sí hacernos una idea. Por ejemplo, si tú haces una busca, es improbable que cliques más allá de los 10 primeros enlaces. Ahora bien, si lo haces, ni que sea por error o por juego, es muy probable que estos enlaces clicados aparezcan arriba en la próxima busca. Además, Google combinará tu histórico en el propio buscador con tu traza en Gmail, Youtube y otras para personalizar tu busca. Ciertamente esto puede tener en determinados momentos ventajas para ti y para quienes quieran venderte productos o servicios. Pero también tiene el riesgo de que quedes encasillado por el software en unas preferencias y perfil que no reconocerías como tuyos en general, o cuando menos que querrías a veces aparcar ante unas necesidades concretas diferentes de las habituales. En todo caso, el funcionamiento actual es muy diferente del Google a sus inicios, basado en las preferencias de toda la comunidad de usuarios. Con todo, lo peor no es que esto haya cambiado, sino que a menudo ni siquiera somos conscientes de ello y nosotros mismos automatizamos nuestro comportamiento informativo.

 

¿Cómo podría solucionarse todo esto? Evidentemente no es cuestión de suprimir Google, Facebook, Amazon y otros aplicativos gratuitos cuyo modelo de negocio es el de favorecer la compra de productos o servicios por parte de los usuarios, y que nos facilitan la vida a todos. Pero algunas cosas podrían cambiar.

 

Una línea de mejora afectaría a los propios aplicativos. Tendría que facilitarse que el usuario visualice en todo momento su perfil en relación a otros usuarios. Es decir, que cada cual pueda tener una representación tangible de cómo el software le ve a él, en relación al promedio de los otros usuarios. Y tendría que permitirse que el usuario active cuando lo considere oportuno una busca singular fuera de este perfil. Incluso se podría plantear que cada cual pueda modificar su perfil en un momento dado, estableciendo por propia voluntad una discontinuidad respecto a su perfil histórico, grabado e interpretado este automáticamente.

 

La otra posible vía de mejora, combinable con la anterior, sería reforzar la intermediación por parte de personas, softwares o una combinación de unos y otros. La idea es que estos intermediarios trabajen para efectuar un filtro cualificado de información, desde el punto de vista de priorizar los intereses propios del usuario final (frente a los potenciales vendedores), ya sea como individuo o en cuanto que integrante de una organización o entorno social. De hecho, esta idea está presente en desarrollos actuales tan variados como, por ejemplo, los servicios de información corporativa a medida que hacen seguimiento y análisis de un sector de negocio o la vinculación de las bibliotecas publicas a Wikipedia. Igualmente, este desarrollo de intermediarios cualificados inspira perfiles profesionales modernos como el content curator, que –como apunta nuestra compañera Sandra Sanz– no es otra cosa que un documentalista o gestor de información.
 

El artículo por categorias:   inteligencia competitiva;  biblioteconomía;  documentación;  gestión de la información; 
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