Número 27 (noviembre de 2013)
Rebobine, por favor
Jordi Sánchez-Navarro

Los cambios tecnológicos en los dispositivos de consumo audiovisual han tenido un gran impacto en la manera de ver, conservar y realizar cine, televisión y otras formas de la comunicación audiovisual. La actual revolución digital del cine se vio en cierto modo prefigurada por el impacto que produjo en los primeros ochenta la consolidación del vídeo doméstico.

El documental Rewind This!, dirigido por Josh Johnson, que pudo verse en el pasado Festival de Sitges y que ha tenido un pase reciente (octubre de 2013) en el canal especializado en cine TCM, es una oda al VHS.  En una estructura clásica de documental divulgativo, Rewind This! presenta a lo largo de su metraje a una serie de personalidades singulares cuya vida, trabajo o forma de pensar y sentir el audiovisual se han visto marcados por el VHS. Son coleccionistas cuya máxima pasión es escarbar en ignotos mercadillos en busca de piezas olvidadas por el tiempo, cineastas independientes, empresarios avispados que supieron ver la revolución que se acercaba, o aficionados de la vibrante escena de Austin, Texas, cuna de algunas de las más estimulantes convulsiones en la cinefilia contemporánea. Todos estos personajes insisten con sus testimonios, opiniones y análisis en la idea de que la consolidación del VHS como soporte para el consumo audiovisual a lo largo de los primeros años ochenta del siglo XX supuso una serie de cambios notabilísimos que cambiaron radicalmente el panorama del cine y que fueron, sin duda, el detonante de las condiciones que dan forma a la actual era de hiperinflación de vídeo.


En primer lugar, el VHS fue la piedra angular del cambio de nuestra relación con la televisión, al introducir la posibilidad de lo que se conoce en el ámbito especializado como time shifting (grabar los programas de televisión para verlos en un horario más conveniente). De hecho, puede decirse que el VHS nació, quizá no como tecnología, pero sí como producto de consumo, para grabar televisión. Pero la liberación del sometimiento al horario de emisión (que, en realidad, tampoco parecía una reivindicación mayoritaria) no fue la única consecuencia. Esa capacidad de registro para el visionado diferido se traduciría, también, en una capacidad de archivo, lo que acabaría teniendo un impacto sensible en los cinéfilos, al crear las condiciones para generar colecciones cinematográficas particulares.


Algo más tarde llegaría la otra gran transformación provocada por el VHS: la popularización del consumo doméstico de películas. Rewind This! narra aquel momento fundacional en el que Andre Blay solicitó a las majors los derechos de explotación de sus películas en formato de cinta magnética doméstica. Todas las majors declinaron excepto Fox. Pero la realidad se impuso, y pocos meses después, las grandes productoras-distribuidoras habían creado sus propios sellos de vídeo, iniciando así la transformación más profunda que la industria de los contenidos audiovisuales haya tenido en su historia. Para entender la magnitud de tal cambio, baste pensar en dos fenómenos. El primero es la importancia que desde entonces han tenido los beneficios por explotación de vídeo doméstico en la cuenta de resultados de cualquier major. El segundo es la irrupción en el ecosistema industrial del audiovisual de nuevas prácticas empresariales y nuevos enfoques del negocio. El productor, director y guionista Charles Band, máximo responsable de la que fuera una de las más destacables productoras independientes de los años ochenta (Empire Pictures), reflexiona sobre este fenómeno de forma muy clara en Rewind This!, cuando explica que, aunque las diferencias de presupuesto entre Terminator 2 y su producción Puppet Master fueran enormes, ambas ocupaban en el videoclub el mismo espacio y luchaban por el mismo público. En la época del dominio incuestionable del blockbuster en las salas de cine, los videoclubes fueron una saludable ampliación del campo de batalla para la competencia entre productoras y distribuidoras y el caldo de cultivo para la eclosión de toda clase de cineastas independientes. Aún más, el concepto de cineasta independiente amplió sus límites notablemente, para incluir a realizadores de guerrilla armados con una cámara doméstica.


Estas líneas han comenzado apuntando que las transformaciones que produjo el VHS prefiguraron el momento actual de la cultura del vídeo. Quizá se entienda mejor diciéndolo de otro modo: hay mucha menos distancia en el salto del VHS a la combinación de vídeo digital e Internet, que en el salto del cine doméstico en formato Super8 al VHS. En la actualidad, aunque no haya desaparecido el evento televisivo en directo, el time shifting es una práctica casi generalizada, el consumo en casa es ya la forma privilegiada de ver cine y la producción amateur vive su minuto de oro gracias a la combinación de los millones de cámaras de vídeo disponibles en toda clase de dispositivos y los servicios de alojamiento de Internet. Y lo que creó las condiciones para ese cambio tecnológico y cultural fue el VHS.


Y ahora viene lo que para el autor de estas líneas es la coda triste de la historia: más de dos décadas después del momento de gloria del VHS, los amantes del cine doméstico en formato físico nos vemos obligados a batirnos en retirada. El streaming, el VOD y las descargas, tanto legales como alegales o ilegales, se convertirán definitivamente en las formas habituales (si no las únicas) de consumo cinematográfico en casa, dejando nuestras estanterías de discos (dvd y blu-ray) como  reliquias. Pero, y pido disculpas por el exceso de terminología militar, después de la retirada viene la guerra de guerrillas. No debería resultar extraño, por tanto, que algunos de esos amantes, convertidos en guerrilleros, hayan comenzado a rebobinar la Historia, reivindicando aquellas cajas de sueños hechas de cinta magnética envuelta en enormes y poco prácticas cantidades de plástico.

 

cinema;  entretenimiento;  televisión; 
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