Número 52 (febrero de 2016)
Locos por la comunicación y la información
Dani Aranda

Los humanos tenemos una asombrosa capacidad para acumular saberes, para almacenarlos y difundirlos. Nuestra habilidad para compartir información y nuestra capacidad para almacenarla son las piezas fundamentales del engranaje que ha permitido y permite nuestra evolución y transformación como especie.

Nuestro talento para la invención de multitud de herramientas y sistemas orientados a compartir información y conocimiento nos ha permitido desmarcarnos de las leyes de la selección natural como mecanismo básico de resolución de problemas que, implacablemente, determina la evolución del mundo animal y vegetal. Fue el Homo sapiens quién inauguró la carrera hacia la sociedad del conocimiento y la comunicación. 

 

Nuestra herencia genética fue diseñada como el primer sistema de almacenamiento de información y de comunicación que nos permitió sobrevivir a los neandertales. En palabras de Sebastià Serrano, “gracias al desarrollo del conjunto de habilidades comunicativas culminadas por el lenguaje nuestros ancestros pudieron construir un segundo patrimonio de informaciones y saberes mucho más ágil, adaptable y de evolución extraordinariamente más rápida que el genético”. 

 

La comunicación es el centro de la evolución humana y de su transformación constante. Aquello que nos hizo sapiens tiene que ver con estar con otros, participar con otros, escuchar a otros para transformar la realidad y a nosotros mismos. Todos los sistemas de comunicación humanos replican cada vez con mayor potencia nuestra capacidad como civilización de expandir y ampliar lo que sabemos a través del caminar en busca de los otros. Nuestra especie resuelve sus problemas, o por lo menos lo intenta, gracias a la asombrosa, por no decir demencial, capacidad para acumular saberes, para almacenarlos y difundirlos. 

 

Hemos aprendido y desarrollado una mágica habilidad para codificar una enorme cantidad de información más allá de nuestros cuerpos. Primero fueron nuestros cerebros, después la invención de la escritura, el correo postal, el telégrafo, el teléfono, la radio o la televisión y, por último, internet, por citar algunos de los artefactos que nos permiten acumular información a la vez que constituyen herramientas de comunicación e intercambio de capacidades, saberes, chismorreos o conocimiento. Nuestro devenir, nuestra constante transformación y nuestro futuro vendrán de la mano de la comunicación y la información. ¿Por qué? Pues porque la información y la comunicación es vida. La función primordial de la información y la comunicación es la propia supervivencia y bienestar como especie en el África de nuestros ancestros pero, también, en la Europa del siglo XXI. 

 

La evolución como especie se ha caracterizado por un aumento del tiempo dedicado a la interacción social, la comunicación de información y de saberes al otro y a uno mismo. La comunicación es la característica que nos define como especie porque la singularidad humana tiene que ver con la competencia para organizar, transferir y adquirir información. 

 

No únicamente almacenamos información en objetos como libros, pinturas, películas o discos duros. También almacenamos información en los demás, en la gente que nos rodea -amigos, colegas, familiares o desconocidos- que nos recuerdan quienes somos, qué hora es o dónde está lo que necesitamos. La mayor parte de la información de la que disponemos siempre ha tenido que estar almacenada fuera de nosotros porque nuestra eficiencia para retener información es limitada. Nuestro dominio sobre la información no es individual, sino extremadamente colaborativo y la sociedad digital no es más que su actualización y potenciación. Los actuales medios de comunicación social o las diferentes redes sociales online evidencian patrones de intercambio de información que siempre han existido. Una vez conscientes de nuestros límites para conocer por nosotros mismos, la historia de la humanidad demuestra nuestro incansable deseo de inventar dispositivos y provocar situaciones tecnológicas, sociales o culturales hacia el intercambio de información y conocimiento, hacia la conexión con los demás. 

 

La hipersociabilidad humana sucede porque la información científica, tecnológica o simplemente doméstica y cotidiana es un “producto magnífico que hace que valga la pena que las persona pasen tiempo juntos” sostiene Nicholas Wade. 

 

La sociedad digital es la última expresión del ritual de intercambio de bienes e información que nos ha hecho sapiens ofreciéndonos mayores grados de libertad para diseñar nuestros espacios comunicativos. Los mayores descubrimientos tecnológicos que caracterizan la historia de la humanidad han tenido, tienen y tendrán por objetivo favorecer nuestra sociabilidad, nuestra capacidad para poner en común información y conocimiento a través de nuevos espacios o energías que potencien la comunicación. 

 

Estas y futuras tecnologías y herramientas digitales, cuánticas o basadas en condensadores de fluzo, te hacen más inteligente, sí, pero, como sentencia Clive Thompson, “únicamente si trabajas duro y las dominas de la misma manera que las tecnologías de generaciones previas necesitaban de su propia competencia” para defender la libertad, denunciar la desigualdad o los intereses por la desinformación o el descrédito. 

 

Para saber más:

 

Bencher, Y. (2006). The Wealth of Networks: How Social Production Transforms Markets and Freedom. New Haven: Yale University Press.

 

Hermida, A. (2014). Tell everyone : Why we share and why it matters. Canadá: Random House.

 

Hidalgo, C. (2015). Why Information Grows: The Evolution of Order, from Atoms to Economies. New York: Basic Books.

 

Paul, R. A. (2015). Mixed messages: Cultural and genetic inheritance in the constitution of human society. Chicago: University Of Chicago Press.

 

Serrano, S. (1999). Comprendre la comunicació. El llibre del sexe, la poesia i l'empresa. Barcelona: Proa.

 

Thompson, C. (2013). Smarter than you think. London: Penguin.

 

Wade, N. (2015). Antes del Alba. Recuperando la historia perdida de nuestros ancestros. Barcelona: Biblioteca Buridán.

 

gestión de la información;  gestión del conocimiento;  cultura digital; 
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