Número 61 (diciembre de 2016)
¡Teletranspórtame!
Jordi Sánchez-Navarro

Este 2016 que está a punto de terminar ha sido el año de celebración del 50º aniversario del nacimiento de Star Trek, la serie de televisión de aventuras en el espacio que, con el tiempo, se ha convertido en el referente universal de la ciencia ficción televisiva. Han sido cincuenta años de influencia en al menos dos generaciones de personas de toda clase y condición, entre las que se cuentan artistas y figuras esenciales de la industria del entretenimiento, pero también científicos e ingenieros, que, a su vez, han contribuido a modelar nuestra cultura. 

 
El 50º aniversario de la emisión de la serie original es la más importante, pero no la única efeméride. Precisamente la semana en que se escriben estas líneas se cumplen años del estreno original de Star Trek The Motion Picture (1979), la película que dio respuesta a los anhelos de una legión de fans que llevaban dos décadas pidiendo la continuidad de las aventuras de aquellos personajes que se habían convertido en parte de sus vidas. Star Trek The Motion Picture fue una auténtica resurrección, el primer ejemplo del impacto de los fans y del poder de una demanda organizada.  
 
Apenas transcurrido un año del inicio de la serie, en 1967, apareció Spockanalia, el primer fanzine (revista de fans) dedicado a Star Trek y comenzaron a verse las primeros pruebas de la capacidad de la serie para generar adhesiones incondicionales. En enero de 1968, más de doscientos estudiantes de Caltech participaron en una marcha hasta los estudios de la NBC en Burbank para apoyar la renovación. Muy poco después comenzaron a celebrarse encuentros de fans —llamados en Estados Unidos conventions o cons—, alentados por el propio creador de la serie, Gene Roddeberry. Hasta finales de los años sesenta, una cosa era segura: cuando una serie se cancelaba, su relevancia en la conversación social, su impacto en la vida cotidiana y su recuerdo se desvanecían muy pronto. El espectador de televisión pasaba página rápido y una serie sustituía a otra en sus gustos. Una serie se consumía, no se vivía. Los fans de Star Trek cambiaron eso. 
 
Para entender el impacto que la serie provocó en sus espectadores —al menos en muchos de ellos— basta con recordar que en sus episodios se partía de un concepto muy propio de las ficciones estadounidenses como es el viaje de exploración y ampliación de fronteras, para hablar del espléndido futuro de una Humanidad que ha superado la mayoría de conflictos políticos, sociales y económicos. Era, y lo ha seguido siendo en las siguientes series y películas, la utopía más amable que ha creado la ciencia ficción —una utopía que, por otra parte, sería insoportablemente ingenua si no tuviera un impresionante calado humanístico—. Star Trek nos habla de la Humanidad que queremos ser, que aspiramos a ser.
 
Pero eso no era todo lo que ofrecía la serie. Desde temas de la ciencia ficción más dura, como las paradojas temporales o los dilemas éticos derivados de la tecnología, hasta temas más blandos, como crisis diplomáticas aparentemente irresolubles, reflexiones sobre el liderazgo, la política y la geoestrategia, el repertorio de situaciones complejas abordadas en la serie original de Star Trek es prácticamente inagotable. También lo es el catálogo de personalidades que se dan cita en la tripulación interracial, internacional e interplanetaria de la nave Enterprise, o el juego que proporciona la relación entre los dos protagonistas principales de la serie, el intrépido aventurero Kirk y el metódico, profundo e inteligente Spock, a los que se une el sensato y sensible doctor McCoy, contrapunto tanto al gélido Spock como al temerario Kirk.
 
En series posteriores de la franquicia —Star Trek: la nueva generación (1987-1994), Star Trek: Espacio Profundo Nueve (1993-1999), Star Trek: Voyager (1995-2001) o Star Trek: Enterprise (2001-2005)— los temas se reescriben y amplían, pero siguen manteniendo el sabor de la serie original. Personajes como el capitán Jean Luc Picard o la capitana Kathryn Janeway plantean variaciones sobre la figura del líder cultivado, guerrero o diplomático según la situación lo requiera, del mismo modo que sus respectivas tripulaciones reflejan lo mejor de las culturas de la Tierra y de otros planetas (siempre vistos desde la perspectiva humana). 
 
Todos estos temas han atraído a lo largo de los años, como decía al principio, a personajes relevantes de la cultura —como Isaac Asimov, primer gran trekkie y amigo personal de Gene Roddenberry—, de la política —como Al Gore o Barack Obama—, de la ciencia y la ingeniería —como Stephen Hawking, Neil deGrasse Tyson o Bill Gates—, a músicos —como Mike Olfield o Rihanna— y a creadores del mundo del entretenimiento como los que impulsaron la creación del reboot cinematográfico de la franquicia inaugurado en 2009. 
 
Mucho más que una fantasía escapista para nerds, Star Trek es un complejo y vasto universo de ficción destinado a recordarnos nuestro potencial como seres humanos y a animarnos a dar lo mejor de nosotros mismos. Sin duda, es casi una provocación celebrar el 50º aniversario de una serie protagonizada por héroes de una sola pieza en una época en la que cada vez más ficciones televisivas, de las que nadie se acordará dentro de cincuenta años, están protagonizadas por antihéroes o, directamente, por personajes despreciables. Valgan estas líneas para contribuir a esa (sana) provocación.  
   
televisión;  cinema;  entretenimiento; 
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