Número 69 (septiembre de 2017)
Terror real, noticias falsas, audios fraudulentos
Antoni Roig

En momentos tan dramáticos como un atentado terrorista o una situación de emergencia, la confusión y el miedo, sumados a la inmediatez de las redes sociales parecen campo abonado al engaño, al bulo, a la falsedad. Esto lo sufrimos de manera muy clara en las primeras horas tras el atentado del 17 de agosto en Barcelona y Cambrils, cuando las redes sociales se llenaron no solo de mensajes con información falsa, sino incluso de audios con testimonios tan engañosos como creíbles. Un mes más tarde saltaba la noticia de una mujer detenida por difundir un bulo por WhatsApp sobre la presencia de yihadistas en Málaga. A partir de estas experiencias vuelco unas reflexiones personales sobre las conflictivas asunciones que llevamos a cabo entre ficción, realidad, verdad y credibilidad

Tendemos a dar por supuesta la oposición entre realidad y ficción. De hecho, al relatar la realidad informativa que nos rodea tendemos a ver la presencia de la ficción como una intromisión, como la inducción al engaño. La realidad, sin embargo —si me disculpáis la redundancia—, es más compleja. De forma genérica se dice que la comunicación informativa, o géneros audiovisuales como el documental, se sustentan en la supuesta captación directa y sin manipular de la "realidad", entendida como aquello observable, puro y natural. En un polo opuesto, la ficción —audiovisual— se entendería entonces como un producto tangible de la imaginación, como una construcción a partir de materiales que han sido recreados explícitamente para ser filmados y que pueden llegar a ser manipulados de todas las maneras necesarias durante el proceso de posproducción. Por tanto, como algo "no real" y sospechoso. Sin embargo, muchos autores apelan a que no podemos ignorar que todo proceso informativo o documental es, de una forma u otra, construido en tanto que debemos seleccionar imágenes, ordenarlas para otorgarles un cierto sentido e introducir en el proceso de montaje elementos de interpretación (orden, duración, uso de recursos como una voz en off o una determinada música son elementos de construcción comunes entre ficción y no ficción). Por otro lado, podemos sostener que la realidad es algo más que aquello observable de forma "natural", digamos que "preindustrial". La realidad cotidiana está también compuesta de nuestras propias mediaciones: las redes sociales, la mensajería instantánea, los videojuegos, los selfies, la televisión —¡incluso la telerrealidad!— son también reales. Y yendo un paso más allá, incluso la fantasía más desaforada es real en tanto que presenta cuestiones y emociones reales con las que podemos identificarnos. Si no podemos empatizar con unos personajes, si no podemos identificarnos con lo que experimentamos en relación a lo vivido, tanto da que nos encontremos en una calle de Bombay o en la Tierra Media, no tendrán sentido alguno para nosotros. Y aquí encontraremos el motivo por el cual, en nuestro ecosistema mediático ávido de atención, proyectos informativos y documentales recurren a los mecanismos narrativos y estéticos propios de la ficción, incluso a algo tan poco "realista" como la animación. Y no pasa nada.
 
Contraponer ficción y realidad no nos proporciona una respuesta válida a una dicotomía inexistente. Todo acto de comunicación, al fin y al cabo, surge de un pacto implícito o explícito entre los participantes y recae en primera instancia en la honestidad de su creador. Tanto en los géneros de no ficción como de ficción se establece un vínculo de confianza. En el primer caso, confianza en que lo que se nos muestra es fundamentalmente verdadero (no en términos absolutos sino de fidelidad a un compromiso personal con lo narrado) y que por tanto no obedece a otros intereses ocultos; en el segundo caso, que los mecanismos y la forma de expresión del relato son sinceros y que, por tanto, la “suspensión de la incredulidad” que acordamos como espectadores no se verá traicionada por una opaca manipulación emocional o ideológica. Las estrategias de la ficción y de la no ficción son distintas, sin duda, pero el compromiso y la lealtad al pacto son las mismas. Y esto es fundamental cuando se juega en la frontera, como en los denominados "falsos documentales" en los que el "pacto" puede llegar a ser difuso, pero surge tarde o temprano. Pero no es lo mismo como cuando se cruza, a través de la construcción de relatos fraudulentos. 
 
Esto es lo que hemos vivido a raíz de los atentados yihadistas de Barcelona y Cambrils, y no me cabe duda seguiremos viviendo en situaciones de crisis y de desconcierto. En mi vivencia de ese fatídico día de agosto, a más de trescientos kilómetros de mi ciudad, los audios que se intercalaban entre la rumorología llegada vía WhatsApp me resultaron especialmente perturbadores. No obedecían a la credulidad y la buena fe de las personas sino a un acto deliberado de generar pánico, rompiendo el pacto sagrado entre el creador y su público. Se trata de un número ínfimo de contenidos, pero su capacidad de fascinación y su potencial de propagación es enorme por la necesidad de noticias en tiempo real, por la proximidad y credibilidad que otorgamos al testimonio de la voz humana y por la promesa de contarnos lo que todavía no se sabe, que suele ser mucho. En estos audios, testimonios anónimos nos relatan de primera mano, o a través de familiares o conocidos que trabajan en poderes públicos o fuerzas de seguridad, algo que está sucediendo y no se ha hecho público, o bien se quiere ocultar o es inminente. A través de esta macabra tipología de contenido generado por usuarios pudimos conocer que se estaban produciendo supuestos tiroteos en el Paral·lel de Barcelona, que se habían encontrado planos de centros comerciales como Splau o la Maquinista para instalar explosivos («¡No os acerquéis!»), o el pánico desatado en comisarías tras elevarse la alerta a nivel 5 ante la inminencia de nuevos atentados. Todo ello relatado con la urgencia propia de una situación a vida o muerte. El resultado, el miedo convertido en viralidad.
 
 
 
En el caso posterior de Málaga, todavía con la sombra del terror yihadista, la autora del audio relataba una supuesta intervención policial en un hotel de la ciudad, en el que estaría empleada, y que habría finalizado con la entrada y registro del domicilio de los terroristas. Pero en esta ocasión no existía correlato y la autora resultó detenida. Afortunadamente, exponer este fraude no ha quedado solo en manos de las fuerzas de seguridad. Otros usuarios respondieron rápidamente con las mismas armas, apropiándose de forma crítica y paródica de sus propios mecanismos («mis contactos en el GEO y la Guardia Civil me dicen que compréis Calippos de limón, que los de fresa llevan anthrax y el sida»), al puro estilo youtuber. Y es que incluso en los momentos más oscuros, la parodia y el humor pueden contribuir a restablecer ese pacto entre creadores y usuarios basado en la honestidad.
 
Para saber más:
 
Jover Almirall, Àlex (2017, 18 de agosto). "Pánico en internet: Todas las informaciones falsas sobre la situación en Barcelona". La Vanguardia
 
 
 
Banda Sonora:
 
 
Sleep Well Beast – The National (2017) 
 
medios sociales;  viralidad;  comunicación de crisis; 
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