Número 76 (abril de 2018)
'Supervivientes 2018': «Compartir es vivir»
Sandra Sanz Martos

Los detractores de los reality shows pensarán que este tipo de programas de entretenimiento carecen de todo interés intelectual y que utilizarlos como foco de análisis para un artículo es, cuanto menos, una frivolidad. Pero como se dice popularmente, de todo se aprende, y estos formatos que se basan en la convivencia y la supervivencia no son una excepción. En esencia y haciendo un ejercicio de simplificación, el comportamiento de los concursantes de Supervivientes se puede asemejar al de los miembros de una comunidad de aprendizaje. El propósito de este artículo es establecer una pequeña comparativa entre ambos. 

La versión española de Supervivientes comenzó el 10 de septiembre de 2000 en la cadena de televisión Telecinco. Más tarde se emitieron cuatro ediciones en Antena 3 bajo la denominación de La isla de los famosos, pero volvió a Telecinco en 2006. El programa acumula ya diecisiete ediciones a sus espaldas y, a pesar de su antigüedad, es líder indiscutible en audiencia. El pasado domingo 1 de abril, su debate Conexión Honduras obtuvo un 20’9% de cuota de pantalla, muy por encima del resto de opciones de la misma franja horaria.
  
Con tres entregas semanales en diferentes formatos (Gala, Debate y Tierra de nadie), el reality es omnipresente en prácticamente toda la programación de Telecinco, que ya viene demostrando que sabe extraer todo el jugo a este tipo de programas.
 
Uno de los episodios más comentados de las primeras semanas de convivencia de Supervivientes 2018 ha sido el suceso que protagonizó una de las concursantes al no querer compartir la comida que la organización había dejado como obsequio a uno de los equipos. Al ir a recogerla, encontraron una nota en la que se sugería que valoraran si querrían dejar algo de esa comida para los integrantes del otro equipo. Las reacciones fueron bastante similares salvo en el caso de la concursante que dijo «no», argumentando que «ellos no lo harían». El resto de sus compañeros no estuvieron de acuerdo, y decidieron consumir exactamente la mitad del almuerzo. 
 
La actitud de dicha compañera fue ampliamente criticada tanto por los concursantes como por los comentaristas, tertulianos, etc. de todos los programas que explotan el show. Pero entre los muchos comentarios que provocó este hecho, nos interesa destacar aquí el de de una las chicas de su propio equipo: «Compartir es fundamental para la supervivencia, es más, para la vida. Compartir es vivir», dijo. 
 
Por desgracia, el pensamiento de ellos no lo harían es demasiado habitual y para todos los contextos. Es un pensamiento basado en la competitividad que va en contra de la idea de Kropotkin de la «ayuda mutua». Este antropólogo defendía en 1920 la predisposición del ser humano para colaborar y que la especie humana ha sobrevivido gracias a esa colaboración
 
Porque compartir la manera de hacer las cosas es tan antiguo como el propio hombre. A lo largo de la evolución, el ser humano se ha aprovechado de las experiencias de sus congéneres para poder progresar. En este sentido, podemos recuperar momentos de la historia social y económica en los que se pone de manifiesto esta predisposición innata del hombre a cooperar, a la vez que señalan cómo llega un momento en que el conocimiento individual es limitado y es necesario intercambiar otros conocimientos individuales para poder avanzar. 
 
Por suerte, los demás participantes, pese a la competitividad, no se basaron en la idea de lo que no harían ellos, sino en lo que haría cada uno. Resulta esperanzador que, de ocho concursantes que hay en cada equipo, solo una no quisiera compartir. Lo que seguramente apunta a que Kropotkin no andaba tan desencaminado… 
 
Otro de los comportamientos que podemos observar es el típico del que no hace nada, el que no colabora y el que no aporta al resto del grupo. En cada edición hay quien adopta este rol, en esta, por supuesto, también. En un entorno propio de una comunidad de aprendizaje sería el que se limita a observar, los que denominamos lurkers, pero que pese a ello son muy valorados porque aprenden y se benefician de los progresos de la comunidad. La duda que se nos plantea es si los concursantes “pasivos” aprenden algo observando a sus compañeros. Porque está claro que el aprendizaje colaborativo se da. Aprenden a pescar, a hacer fuego, etc. Quizás no, no nos queda claro. Lo que sí es obvio es que sacan provecho de los logros de sus compañeros.
 
En cualquier caso, si hay algo que nos enseña Supervivientes, es que la necesidad es lo que nos lleva a compartir. Este es el principal factor de éxito de cualquier comunidad de aprendizaje, la necesidad de aprender una materia, o aplicar un nuevo proceso, conocer una nueva herramienta o implementar una nueva normativa, por ejemplo. En el caso del reality estamos hablando de la necesidad más básica, la de sobrevivir. Lo único que puede poner en riesgo el buen funcionamiento de una comunidad basada en este factor es la competitividad. En el caso del concurso, es obvia, pero en cualquier otro entorno organizacional o educativo también está muy presente. Nos educan para ser competitivos, para ser los mejores, y bajo la premisa de que, si ayudamos al otro, sabrá lo mismo que nosotros o tendrá lo mismo que nosotros y eso nos puede perjudicar después y truncar nuestra ambición particular.
 
Pero es cuando conseguimos recuperar nuestra manera original de comportarnos, dejando a un lado las influencias sociales o educativas, cuando somos capaces de retroceder hasta la prehistoria y reencontrarnos con nuestro yo neolítico, y volver a aprender colaborativamente las primeras técnicas agrícolas y alfareras; cuando somos capaces de observar cómo evolucionamos en la época del imperio romano gracias a la gens y el conocimiento que en ellas se compartía; o más próximo en el tiempo, ver el crecimiento de las urbes de la mano de los gremios y los primeros oficios, donde el aprendiz se sentía un privilegiado por beneficiarse de la experiencia del maestro. Cuando somos capaces de tomar consciencia de todo lo que la humanidad ha conseguido a través de la cooperación y la ayuda mútua, entonces es cuando la competitividad queda al margen y la frase «compartir es vivir» adopta el verdadero significado. Y entonces, solo entonces, es cuando nos damos cuenta de lo que podemos aprender de un reality como Supervivientes
 
Para saber más: 
 
SANZ MARTOS, Sandra (2012). Comunidades de práctica: el valor de aprender de los pares. Barcelona: Editorial UOC.
 
KROPOTKIN, Piotr. (1920) Mutual Aid. A Factor of Evolution [Edición en castellano: El apoyo mutuo. Un factor de la evolución. Móstoles: Ediciones Madre Tierra, 1989].
 
televisión;  gestión del conocimiento;  entretenimiento; 
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