Número 80 (septiembre de 2018)
Política, redes y 'fake news': un cóctel explosivo en el espacio público digital
Alexandre López-Borrull

Si hay un entorno que hemos podido comprobar que no hace vacaciones, este es el de los medios sociales. Quizás la gente trata de desconectar del trabajo, pero hacerlo de los medios sociales es mucho más difícil, a menos que se viaje a entornos sin roaming, claro. Todo ello me ha llevado a una serie de reflexiones y preguntas sobre diversos aspectos en torno a los flujos de información en política y a través de las redes.

 
En primer lugar, ¿he dicho "espacio público digital"?
 
Este verano, en Cataluña hemos estado debatiendo sobre el espacio público, sobre su supuesta "neutralidad", y cómo debería ser gestionada por sus principales gestores, los ayuntamientos. Vaya por delante que mi pensamiento va en la línea de que ser neutral implica que todos los colores deben poder tener presencia, siempre y cuando los valores democráticos consensuados, que son los derechos humanos, sean respetados por todas las partes en conflicto de opinión. Banderas, lazos amarillos, pancartas e incluso pintadas y grafitis. Así, si un ayuntamiento en un plenario por mayoría decide colgar una bandera del arco iris, está plenamente legitimado para hacerlo, al sobrepasar el ámbito exclusivo de un partido. No podría, sin embargo, colgar la pancarta de su partido político. Exactamente lo mismo con un lazo amarillo.
 
Se hizo hincapié en los inicios de los medios sociales que se convertirían en las nuevas ágoras, las nuevas plazas, de forma que tiene sentido plantearse, a pesar de ser gestionadas por empresas privadas, qué tratamiento debe haber en el espacio público digital. Consideramos tres partes: el perfil personal de cada persona, los perfiles institucionales y los procesos creados por los hashtags diversos sobre cualquier tema. En este sentido, el hashtag podría ser considerado el espacio público digital, las plazas, las calles donde se encuentran todas las conversaciones. ¿Qué quiere decir que sean neutrales, que no expresan opiniones? No, significa que todas deberían poder ser expresadas mientras no atenten contra determinados derechos.
 
Así, ¿tendría sentido que en un hashtag, como #FreeCatalanPoliticalPrisoners, solo se pudiera expresar un cierto posicionamiento, a favor o en contra? ¿Tendría sentido que una persona fuera borrando tuits de otras personas porque no le gusta lo que dicen? ¿Tendría sentido que alguien sacara un lazo amarillo del nombre de un usuario de un perfil (similar a llevar un lazo amarillo en la ropa)? Creemos que no. El hashtag, y el medio social debe permitirlo, debe favorecer que se puedan expresar opiniones y solo se borren (por parte del moderador, el gestor del medio, siendo posible a instancias de quejas de usuarios) aquellas que vayan en contra de los valores comunes. Las líneas son sutiles, porque a veces los medios sociales tienen demasiado en cuenta a cuánta gente no le gusta un contenido más que el contenido en sí.
 
Hablemos ahora de los ayuntamientos, por ejemplo. Si deciden colgar una pancarta en el balcón de la casa consistorial, también deberían poder hacer lo mismo en su perfil de Twitter, ¿no? Siempre, recuerdo, con una decisión vía plenario, que le daría más fuerza y legitimidad democrática. Otra cosa serían acciones de protesta puntuales. En este sentido, consideramos el lazo amarillo como un mensaje que no va ligado a ningún partido en concreto, e incluso que no debería ir ligado exclusivamente a los partidos que defienden la independencia. Pero esto sería otro asunto.
 
Por lo tanto, entendemos que sí hay un espacio público digital, y este debería admitir comparaciones con lo que sucede en el espacio público habitual. Sin embargo, entendemos también que los medios sociales son entornos de gestión privada (y por eso los anuncios se gestionan diferente en las calles y en las redes, desgraciadamente), aunque de facto el intercambio de contenidos es abierto.
 
Cuanto más influyentes, más responsabilidad. ¿Lo entendemos?
 
Me parecía importante hacer también una pequeña comparativa sobre el espacio público digital, porque a veces observamos demasiadas diferencias entre los comportamientos y discursos en las redes y en otros entornos. Se lee una entrevista en un medio como La Vanguardia o El País a un político y tiene un ritmo, un contenido y unos mensajes digamos clásicos. Pero en los medios sociales a menudo te planteas no solo si lo escriben ellos mismos (ya sabes que normalmente hay un community manager), sino el hecho de que no hay correspondencia entre un tono y otro, una evidente falta de coordinación.
 
En momentos de polarización política y social como el que podríamos consensuar que estamos viviendo en Cataluña, es relevante que nos planteemos qué uso están haciendo los principales líderes de opinión de los medios sociales. Pensamos que algunos comportamientos, en varios partidos, no favorecen precisamente el intercambio de mensajes, ideas y consenso que sería deseable. Así pues nos preguntamos pues si estas personas influyentes son realmente conscientes de su influencia y lo que implica esta responsabilidad. Lo relacionamos a partir de ahora con las noticias falsas. Si los superhéroes tienen una responsabilidad por su poder, un determinado número de seguidores también debería conllevar una responsabilidad. No es un premio ni un regalo, sino que la influencia y una audiencia de miles de usuarios debería tender a contener y moderar el tono, y no el mensaje. Si los profesionales de la información y la comunicación tienen una responsabilidad con las fuentes y la difusión que hacen de información, pensamos que los políticos aún tienen más, sobre todo por su capacidad de influencia y viralidad. Y desde el mundo académico, también hay que saber analizar algunos de los fenómenos que están teniendo lugar en los flujos de información, en la comunicación política, y en la gestión de los social media.
 
¿De la campaña permanente a la mentira permanente?
 
Ya hemos hablado anteriormente de lo que significa la campaña permanente. En épocas de fake news, corremos el riesgo de ir hacia la mentira permanente, con la única intención de tensar y mantener una comunidad de usuarios / votantes en tensión continua y que evite el intercambio de mensajes y contenidos con otra comunidad. Si esto se une a la competitividad entre varias opciones políticas que compiten entre ellas por ideologías cercanas, las redes se convierten en entornos peligrosos para la verdad. Y lo hemos visto demasiadas veces. Primero se hace difusión de una noticia, y cuando se confirma que no es así, algunos políticos ni rectifican y siempre se escudan en un «lo dijo aquel medio», como si esto fuera una salvaguarda de sus derechos para difundir mentiras.
 
Posiblemente, sería necesario un protocolo, una ética clara de la relación entre el fact y el fake, entre la verdad y la opinión, y un compromiso respecto a qué se difunde. Un tuit tiene una responsabilidad, es una afirmación que se hace pública. De nuevo, datos y mentiras como armas de intoxicación masiva. Al igual que con la extrema derecha, con la extrema mentira hay que saber cómo actuar. No hay crecimiento de la extrema derecha que no esté yendo acompañado de los medios sociales y las fake news.
 
Políticos y aprendices, ¿más esclavos del 'clickbait' que los medios?
 
Otro aspecto que hemos podido comprobar estos días es que la influencia en los medios sociales, el número de seguidores, se convierten en una legitimidad, como si fueran una especie de primarias. Usuarios pidiendo explicaciones por haber perdido unos cuantos seguidores (posiblemente bots desactivados). Cuando hemos dicho a menudo que los medios de comunicación, y sobre todo los diarios digitales están muy pendientes del clickbait (anzuelo de clics), vemos que políticos y futuros políticos son igual de esclavos a ser no solo los primeros en retuitear una noticia, sino los primeros en caer en el barro digital, siendo a menudo más papistas que el papa para demostrar que están, más que nadie.
 
Sería preferible una mayor digestión en las opiniones, en las certezas, en el intercambio de puntos de vista. Personalmente, aunque me sorprende cuando los principales cargos de un país responden a un tuit de un medio antagonista o hacen difusión, porque precisamente están contribuyendo a viralizarlo. Seguramente todavía nos faltan aprendizajes, hay personas de quien no se espera que caigan en peleas de bar, y que tampoco querrías que lo hicieran vía los medios sociales. Pero tal vez, tal vez, esto solo tiene lugar en una visión concreta de la política, y no es la que tenemos actualmente.
 
En definitiva, hemos querido aportar alguna idea sobre el debate en el espacio público y los medios sociales, que a veces parecen bifurcados, pero no deberían estarlo. Hemos vuelto a pedir altura y responsabilidad a las personas influyentes en cuanto a la verdad y las noticias falsas para dejar claro que no todo el trabajo lo haremos solo los profesionales de la información y la comunicación.
 
En el libro Fake News: Falsehood, Fabrication and Fantasy in Journalism, Brian McNair hace una interesante contextualización de las fake news, como algo que no aparece de forma aislada, sino como un síntoma más de una crisis más amplia de las democracias liberales. Así, las fake news no serían la enfermedad, sino parte del caldo donde se cuecen también los populismos, el desprestigio de las élites, pero también el de los medios de comunicación y, por extensión, el de los periodistas. Es en este nuevo entorno donde toma más importancia que nunca la evaluación de las fuentes de información. No puede haber periodismo ciudadano sin empoderamiento y alfabetización mediática en la búsqueda y recuperación de la información precisa.
 
 ¿Nos ponemos a ello? 

 

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