Número 82 (noviembre de 2018)
Geysha Gonzalez: "Con las noticias falsas ocurre como con la comida basura; sabes que te perjudica, pero la consumes porque te satisface"
Ferran Lalueza

Mujer, joven, latina, interesada en política, fan de Beyoncé y seguidora del beisbol. Así es como las redes sociales caracterizan probablemente a la estadounidense Geysha Gonzalez a la hora de identificar perfiles de microtargeting. Experta en combatir la desinformación y las noticias falsas, es directora adjunta del Eurasia Center del think tank especializado en relaciones internacionales Atlantic Council. Conversamos con ella el pasado octubre en un encuentro auspiciado por el Col·legi de Periodistes de Catalunya y el Consulado de Estados Unidos en Barcelona. 

 Geysha González se dirige a los asistentes durante el encuentro celebrado en la sede barcelonesa del Col·legi de Periodistes de Catalunya

 
Ferran Lalueza (FL): Usted ha definido en alguna ocasión la disinformation (desinformación) como “un arma de guerra” cuyo objetivo es intentar convencerte, no de que creas en algo, sino de que no vale la pena creer en nada. ¿En qué se diferencia de la misinformation (información incorrecta)?
 
Geysha Gonzalez (GG): Con la misinformation no hay voluntad de engañar. Puede ser un rumor, una mentira, un vídeo real pero que se ubica en otro contexto, fotos falsas compartidas en WhatsApp... Todo ello difundido por personas que no tienen la intención de mentir y que piensan que es verdad. También se da en el periodismo. En estos tiempos de tanta viralidad, estamos tan pendientes de la última hora, del breaking news, que sin querer queriendo a veces se publica información poco rigurosa.
 
FL: Y en este escenario, ¿dónde encajan las fake news?
 
GG: Aunque es una expresión muy popular, yo no hablo de fake news (noticias falseadas) porque se ha convertido en una frase utilizada para desacreditar a los periodistas cuando divulgan algo con lo que no estás de acuerdo. Así, si te dicen “Dos más dos igual a cuatro” y tú no estás de acuerdo, respondes “Fake news”. O si te acusan de ser corrupto y quieres negarlo, contraatacas diciéndole al reportero “Fake News”. Es por esa connotación que ha adquirido que yo prefiero emplear los términos false news (noticias falsas). 
 
FL: De acuerdo, llamemos false news a este fenómeno. ¿Pero por qué está cada vez más arraigado?
 
GG: La información falsa es tan efectiva porque incorpora una base de verdad y, sobre todo, porque se sustenta en las divisiones que ya existen en la sociedad. En la India, por ejemplo, la información falsa sustentada en la división entre hindús y musulmanes ha llegado incluso a provocar linchamientos. En Estados Unidos, la campaña rusa para influir en las elecciones presidenciales del 2016 también jugó esa baza de la división. 
 
FL: ¿Por ejemplo?
 
GG: Los rusos pagaron anuncios y crearon grupos para promocionar el movimiento #BlackLivesMatter (en protesta por la brutalidad policial contra los afroamericanos), pero al mismo tiempo también pagaron anuncios a favor del movimiento #BlueLivesMatter (en defensa de la actuación policial). Es un debate existente en la sociedad estadounidense, pero esta división se explotó para otros fines. Yo estoy siguiendo grupos de #BlackLivesMatter, les otorgo credibilidad y, poco a poco, van modificando su discurso hasta acabar diciendo que fue Hillary Clinton quien inició la brutalidad policial. Como ese grupo se ha ganado mi confianza, yo no cuestiono críticamente sus contenidos. De ahí la efectividad de estas estrategias de desinformación basadas en falsedades.
 
FL: ¿Y tendemos a morder el anzuelo?
 
GG: La información falsa nos resulta atractiva porque somos curiosos. Ocurre como con la comida basura: sabes que te perjudica, pero la consumes porque te satisface.
 
FL: Pero siempre ha circulado información falsa.
 
GG: Cierto, pero ahora las redes sociales como Facebook, Twitter, WhatsApp, Instagram y YouTube, o incluso buscadores como Google, hacen que la información se difunda mucho más rápido y que se pueda dirigir específicamente a la audiencia más receptiva, al llamado microtarget. Es algo que empezó al servicio de las empresas, pero ahora los partidos políticos, los candidatos, pueden emplear esa información para llegar a las personas más predispuestas a creer en sus mensajes. Así se hizo en la campaña de Trump. A menudo el mensaje no se propone conseguir que votes a favor del emisor, le basta con desanimarte para que no votes por la opción contraria.
 
FL: ¿Podemos combatirlo?
 
GG: La información falsa es como el humo de los cigarrillos: tú tienes la libertad de fumar si lo deseas, pero no tienes la libertad de obligarme a estar expuesta al humo. Para combatir la desinformación, tiene que implicarse la sociedad civil y el gobierno. Todos tenemos que presionar para que se produzcan cambios. No surgirá sin más ni será rápido. Y mientras tratamos de hallar soluciones que funcionen en nuestras democracias, las crisis se acentuarán, las discusiones elevarán el tono y las divisiones en la sociedad continuarán.
 
FL: ¿Puede el periodismo contrarrestar la desinformación?
 
GG: No te gustará mi respuesta. Las herramientas que existen ahora son lentas. Y los periodistas dependen de los clics, del número de personas que ven sus artículos, porque los ingresos publicitarios dependen de ello. Además, con Twitter, el breaking news es cada minuto y el periodista busca la primicia. Compaginar ser el primero con ser riguroso es muy difícil. ¿No quieres contribuir a la desinformación? Pues, primero, no uses Twitter como fuente. Tenemos líderes que usan Twitter para explicarse al mundo, pero el periodista debería hacer algo más que reproducir esos mensajes. Segundo, no informes si no conoces todos los hechos. Olvida el “presuntamente”. La viralización hace que el “presuntamente” se quede por el camino porque los algoritmos harán llegar esa información a quien sea proclive a considerarla un hecho. Y la primera percepción luego ya no se corrige. Y tercero, buena suerte.
 
FL: ¿Dependemos de la suerte?
 
GG: En este momento de la historia, el periodismo está llamado a convertirse en la mejor arma para proteger la democracia, aunque hay muchas fuerzas que pretenden acallarlo. Es necesario señalar, poner en evidencia a los falsarios que campan por las redes sociales y abrir espacio al periodismo riguroso y verificado.
 
FL: ¿Puede la formación ayudar a las nuevas generaciones a detectar la desinformación y diferenciarla de la información verídica?
 
GG: Sí, pero desde mi punto de vista no tanto en términos de media literacy (alfabetización mediática) como de critical thinking (pensamiento crítico), que es más transversal y hace que todos se sientan aludidos. En un currículo de ciencias, por ejemplo, puede costar ver la conveniencia de incluir alfabetización mediática, pero la necesidad el pensamiento crítico resulta indiscutible. 
 
FL: En los años 70 del siglo pasado, en Estados Unidos el presidente Nixon tuvo que dimitir en esencia porque había mentido. En los 90, las mentiras de Clinton sobre su “relación inapropiada” ya encontraron mayor permisividad y no generaron consecuencias significativas. El presidente actual parece vivir instalado en la mentira y no pasa nada. ¿Qué nos ha pasado como sociedad para haber alcanzado semejante nivel de tolerancia con la mentira e incluso convertirnos a menudo en cómplices de la misma cuando consciente o inconscientemente contribuimos a difundirla si encaja con nuestra cosmovisión?
 
GG: Yo también paso mucho tiempo pensando en cómo hemos llegado hasta aquí; con gobiernos que pueden mentir, cambiar las narrativas, y no les pasa nada. Pienso que hay varios factores. Primero, la crisis que estalló en el 2006-07 y que nos ha obligado a pasar mucho tiempo recuperándonos y focalizándonos en temas como la economía o el empleo. En Estados Unidos, también el hecho de tener un presidente afroamericano nos llevó a esconder los problemas raciales existentes, a creernos que ya no hay racismo. Además, la globalización ha acentuado las diferencias entre los más ricos y los más pobres, que han quedado desatendidos. Y como en democracia todo está expuesto, se muestra lo bueno y lo malo, lo cual crea desilusión y desafección. Pero, por encima de todo, la causa principal es que dejamos que la mentira se convierta en la única narrativa que existe. Si cuando detectamos mentiras no decimos “Esto no es verdad”, no hacemos oír nuestra voz, no votamos en contra de quien miente, le estamos abonando el terreno
 
FL: Las redes sociales intentan posicionarse como neutras. ¿Lo son realmente?
 
GG: Las redes sociales no son neutras. Punto. Son negocios. Te dirán que son neutras porque están sentadas sobre billones de dólares. Su negocio son tus ojos, tu atención. Con la neutralidad no se consigue que pases tres horas en YouTube sin apenas darte cuenta del paso del tiempo. Todo está pensado para que te quedes en la plataforma. Los algoritmos hacen que, a partir de una búsqueda muy básica y muy neutra, te lleven a los contenidos más radicales para conseguir que te quedes. Ahora hay un grupo muy interesante llamado algotransparency.org, formado por ex-analistas de Google, que está investigando esos algoritmos. Más tiempo pasado en la plataforma supone mayores ingresos publicitarios, y ese es su negocio.
 
FL: ¿Habría que regular más las redes sociales?
 
GG: Las redes afirman ser neutras precisamente porque no quieren que los gobiernos se involucren en su funcionamiento. No quieren que los individuos sepan cómo están usando sus datos. Tenemos que empezar a ajustar la percepción que tenemos de las redes y a ver qué leyes existentes se les pueden aplicar. En Estados Unidos, por ejemplo, en período electoral tú no puedes difundir un anuncio político sin identificar de donde proviene su financiación. Esto aplica a la radio, la televisión y los periódicos, pero todavía no aplica a las redes sociales, donde hay mucho más mensaje político. Hay que presionar mucho más a los gobiernos para que se pongan las pilas en este tema. Las redes no lo van a hacer motu proprio.
 
FL: ¿Puede una mayor regulación chocar con la libertad de expresión?
 
GG: Sí, por eso la regulación no debería centrarse tanto en los mensajes falsos que circulan por las redes sociales y que, al final, pueden ser simples opiniones, con la dificultad que comporta legitimar a alguien para decidir qué es verdadero y qué es falso. Más bien deberían centrarse en las actividades no legítimas que se desarrollan en las redes, como el uso de determinado bots o las cuentas falsas. Así no quitas la libertad de opinión a las personas, pero se lo pones difícil a los actores que quieren difundir mensajes falsos de forma viral ampliando artificialmente el alcance de mensajes que no tienen una verdadera base popular. 
 
periodismo;  medios sociales;  comunicación política; 
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