Número 75 (marzo de 2018)
Contra el sentido común
Antoni Roig

Conocidos acontecimientos recientes en la esfera política, cultural y judicial relacionados con la libertad de expresión y la (auto) censura, aunque también otros menos comentados en los medios, me han llevado a querer cuestionar la noción ampliamente aceptada, pero profundamente problemática de "sentido común" tal y como se utiliza en la actualidad. 

Existe un recurso cómico de ficción algo gastado pero habitualmente efectivo en el que ante una situación vivida por unos personajes uno de ellos exclama en voz alta: «Estáis pensando lo mismo que yo, ¿verdad?», apuntando a algo que nos parece evidente, hasta que terminamos descubriendo que no, que nadie estaba pensando lo mismo. El mito actual del sentido común funciona un poco de la misma manera: construye un contexto social en el que tendemos a creer que todos estamos pensando lo mismo en relación a algo que nos termina pareciendo natural. Al menos para todos los que estamos "dentro" del sentido común. Esto ofrece diversas ventajas, ya que hace más sencilla nuestra visión cotidiana del mundo, sobre todo de nuestro mundo cercano, y nos permite dar por supuesto unas bases de pensamiento, de opinión y de actuación en determinadas cuestiones, hasta el punto que las podemos dar por hechas. Incluso aunque sea realmente una caja negra de la que no sabemos gran cosa, y en la que cada uno pondría cosas distintas. El sentido común nos produce la reconfortante sensación, aunque sea imaginada, que ante una situación todos estamos pensando lo mismo y, si lo hacemos bien, no nos preguntaremos qué. Pero vivimos en un momento en el que el sentido común se ha erigido en una especie de dogma que, en aras de una buscada simplificación, se utiliza como arma de distinción, control, juicio, como vía rápida y ejecutiva para llegar a conclusiones sin tratar de comprender. Y entonces deberíamos hacernos algunas preguntas, sobre todo en relación a quién lo abandera y cómo lo estamos utilizando.
 

 — Bob Esponja: ¿Estás pensando lo mismo que yo?

— Patricio: Probablemente no...

 
En relación a la primera cuestión, apunto al poder establecido. Resulta más fácil valorar críticamente la posición de otros en relación a una construcción no solo imaginada sino totalmente opaca de lo que constituye el sentido común. Nuestros políticos hablan del sentido común como algo que "se impone", "rige", "dicta" y debe "imperar". Tal es el poder que le conferimos con un lenguaje indisimuladamente autoritario. Y en relación a los otros, se dice que hay que meterles un poco de sentido común. Por cierto, el menos común de los sentidos, lo que sitúa la posesión de ese preciado bien intangible en manos de unos pocos, la élite que sí lo tiene. Porque para que funcione, de sentido común, como si se tratara de una película de los ochenta, solo puede quedar uno. En la democracia basada en el sentido común, este viene a dibujar con trazos borrosos pero férreos lo que se puede y no se puede hacer, y quién está "dentro" y quién está "fuera". Es un sistema de aspiración homogeneizadora, en la que solo se puede abandonar el sentido común en la esfera privada o en manifestaciones artísticas que no se hagan incómodas, bajo una creatividad "responsable" (fiel aliado del sentido común). 
 

Afirmar creer estar en posesión de la verdad queda feo, es políticamente incorrecto, pero si la cubrimos con el manto eufemístico del sentido común, nos permite justificar una autoridad soft y lo que es más importante, compartida, porque todos estamos pensando lo mismo, ¿verdad? Esto nos permite encasillar posiciones políticas sin preocuparnos por entenderlas, como si todas las ideologías fueran homogéneas, como si pudiéramos exaltar o menospreciar posiciones independentistas o constitucionalistas como bloques compactos, monolíticos, que situamos "dentro" o "fuera" del sentido común. Para evidenciar, o incluso penalizar acciones culturales ajenas a lo que suponemos es el sentido común del momento, sean titiriteros, raperos, carrozas de Reyes LGBTI, cantautores, novelistas, humoristas o artistas. En esta lista encontramos recientes polémicas alrededor de acciones judiciales que llevan en sus sentencias la marca de la democracia del sentido común, en la que se juzga la literalidad de la expresión artística y en la que no se distingue entre la intención real de hacer daño y la necesidad de expresión aunque sea abrupta, visceral, incorrecta, ofensiva o, porque no, cuestionable. Pero socialmente hacemos lo mismo enarbolando la bandera del sentido común.



Hace pocos días, una cadena de televisión pública de ámbito estatal se disculpaba de una acusación de machismo en una de sus series infantiles, Marcus Level, afirmando: «Lamentablemente, este tipo de series internacionales llegan a RTVE ya dobladas y no tenemos ni el control ni la responsabilidad de modificar los guiones o los textos que en los episodios aparecen». Desde mi más absoluto desprecio hacia el machismo, dos cosas me llamaron la atención de la noticia: una, que nadie parecía tener interés en averiguar si el comentario machista del personaje es realizado desde un contexto irónico que pueda provenir de las características negativas del mismo, como sucede en otras series contemporáneas, también infantiles (en este caso, lo ignoro, pero viendo el corte no me extrañaría). Y la otra, que demos por hecho que si no llegaran ya dobladas, estaría dentro del "sentido común" modificar textos y guiones. Esto no lo aceptaríamos en series para adultos, pero el sentido común dicta que para las niñas y niños no hay inconveniente en manipular diálogos, por tanto, aplicar censura, porque no son capaces de apreciar ningún nivel de complejidad o ironía. Es más fácil esto que complicarse un poco la vida para conocer bien qué contenidos se compran, ser capaces de defender en los mercados de adquisición (no los del IBEX) una ética de igualdad y, si fuera necesario, defender la integridad artística de productos culturales, incluso, si están dirigidos a un público infantil. Esto me haría pensar en la posibilidad de vivir en una democracia distinta, en la que lo esencial sería mirar dentro de la caja negra y tener como objetivo ineludible entender al otro, aceptar incluso aquello que nos incomoda, antes de imponer una visión del mundo alegando el recurso al sentido común. 
 
Para saber más:
 
 
Geertz, C. (1999). El sentido común como sistema cultural. En Conocimiento Local. Ensayos sobre la interpretación de las culturas. Barcelona: Paidós, pp. 93-116.
 
Banda sonora:
 
Los peligros (2014). Contra el sentido común.
 
Minus the bear (2014). Houston, we have Uh-Oh. («They make beer commercials like this»). 
 
comunicación política;  arte;  televisión;  género;  ética de la comunicación;  terminología;  gestión del conocimiento; 
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