Número 159 (noviembre de 2025)

Un resto que aún respira: ‘Cómo desaparecer completamente’, de Mariana Enríquez

Mariana Freijomil

El vaciamiento del Estado que impulsa Javier Milei redefine el verbo desaparecer en la Argentina contemporánea. La reedición de Cómo desaparecer completamente, de Mariana Enríquez, escrita tras otro colapso nacional, ilumina las continuidades del malestar argentino. Su lectura vuelve a interrogarnos sobre lo que queda de un país cuando se disuelven las estructuras que deberían sostenerlo.

El 15 de agosto de 2023, Javier Milei publicó en TikTok un vídeo que se volvió viral: frente a cámara, arrancaba de un panel los nombres de los ministerios que pensaba eliminar –Ministerio de las Mujeres, Cultura, Trabajo, Salud, Educación, Ambiente y Ciencia– hasta reducir el Estado a ocho carteras «esenciales». Aquel gesto performático, celebrado por sus seguidores como una poda moral, fue también la escenificación de un vaciamiento institucional que se materializa dos años más tarde. El triunfo de Milei en las elecciones legislativas del pasado 26 de octubre consolida un proyecto de país en el que eficiencia y supresión de derechos van de la mano. El gobierno prepara una reforma laboral que flexibiliza las jornadas, permite pagar indemnizaciones en cuotas y debilita los convenios colectivos. Mientras tanto, las protestas de los jubilados son reprimidas cada miércoles, el 45,4 % de los menores de 14 años vive en hogares pobres, los hospitales denuncian faltantes de insulina y fármacos oncológicos, y los ministerios se reducen a logos sin presupuesto. En pocos meses, el equipo de Milei ha desplazado el marco de lo posible. La desaparición se ha convertido en una forma de gestión, una en la que Argentina se desvanece como una imagen sobreexpuesta.

 

En ese paisaje de eliminaciones simbólicas y materiales, la reedición de Cómo desaparecer completamente, publicada originalmente en 2004, nos devuelve a otra crisis: la de 2001. Releer hoy la segunda novela de Mariana Enríquez, mientras el país pierde los contornos que definían su Estado, revela hasta qué punto la autora comprendió que el auténtico terror no proviene de lo sobrenatural, sino de la ruptura de aquello que debe sostenernos: la familia, el Estado y la comunidad.

 

Visiones sobre el ‘desaparecer’

 

En Argentina, el verbo desaparecer está ligado a la memoria de la dictadura militar (1976-1983). Era sinónimo de secuestro, tortura y borrado: la forma en que el Estado se inscribía en la esfera pública y en la íntima a través de los cuerpos ausentes. En la novela de Enríquez, el término se desplaza desde su referencia a la canción de Radiohead (How to Disappear Completely). Ambientada en el límite entre un barrio del conurbano bonaerense y una villa, la novela muestra vidas expulsadas del mapa social al ser consumidas por la pobreza y el trauma familiar. Desaparecer ya no designa solo la violencia del poder sobre la vida, sino también la retirada de un poder que debía cuidar. Enríquez ahonda así en otro tipo de desaparición, la que se lleva a cabo para sobrevivir. Matías, su protagonista, quiere borrarse de una familia que lo asfixia, de una realidad que no le ofrece lugar. Seguir los pasos de su hermano Cristian, que se fue a Barcelona sin dejar rastro, se convierte en su única forma de liberación. Desde ese marco, la novela invierte el significado impuesto por la dictadura: la desaparición es la estrategia que posibilita la existencia.

 

En el universo de Enríquez, el horror no irrumpe desde fuera, sino que es un estado de la materia, una forma de estar en el mundo cuando lo que debía sostenernos se quiebra. En Cómo desaparecer completamente, el cuerpo es el primer territorio en el que se inscribe la violencia. Matías fue abusado por su padre durante la infancia, y ese trauma se traduce en una ansiedad febril. La autora lo narra desde la respiración de su pensamiento: usa la tercera persona, nos permite seguirlo con la distancia justa, mientras su conciencia avanza entre repeticiones e interrupciones. La decisión de no dividir la novela en capítulos prolonga esa fragilidad y la desparrama; nunca salimos de la cabeza de Matías.

 

Otro eje central es la descomposición del núcleo familiar, convertido en un organismo monstruoso. Los padres, que deberían cuidar y proteger, sustituyen la justicia por la fe evangélica. Ese refugio religioso les permite negar su responsabilidad ante el daño que causan. Como en Faulkner, la familia es escenario de una culpa heredada: un linaje condenado a repetir la violencia que niega. La casa familiar a medio hacer condensa la metáfora del país tras el colapso de 2001, un escenario que Enríquez conoce bien. Cuando regresó a Lanús tras estudiar periodismo, a comienzos de los años 2000, encontró un paisaje donde el derrumbe cotidiano reflejaba el derrumbe nacional. En ese sentido, la novela dialoga con el imaginario de Cementerio de animales (1983), de Stephen King. Si allí la casa es la prolongación del duelo no resuelto, aquí la vivienda inconclusa del conurbano contiene una violencia que ni la fe ni el silencio consiguen exorcizar. En ambos casos, el horror nace de aquello que se niega a morir o a ser dicho. Esa persistencia de lo negado se encarna en Carla, la hermana de Matías, desfigurada tras un intento de suicidio. Su locura es una forma de adaptación a un dolor insostenible: la respuesta última al abandono y al rechazo, que también siente el protagonista.

 

Ante todo esto, Matías sueña con Barcelona, una Ítaca moderna en la que resuena el imaginario argentino de Europa como el lugar soñado donde poder existir. Esa aspiración se muestra como un espejismo y, al truncarse, marca un punto de inflexión para el personaje. La alternativa real surge de la creación de otro espacio aún por definir. Enríquez sitúa el único refugio posible en la comunidad LGTB, un territorio de afectos elegidos –en el sentido que les da Kath Weston en Families We Choose (1991)– que resiste fuera de las estructuras familiares convencionales y confronta al Estado. Allí encuentra por primera vez miradas que no lo empequeñecen.

 

Como hará después Dolores Reyes en Cometierra (2019), Enríquez inscribe a Matías en una genealogía de existencias que sobreviven en el margen. Nadie, la chica que lo acoge y lo nombra desde su anonimato, pertenece a ese linaje: el de quienes no necesitan ser aceptados para existir. En el final abierto de la novela, Matías no huye, sino que se afirma fuera de la opresión. Desaparecer ya no significa morir ni ser borrado, sino persistir desde otro lugar, al margen del relato oficial de la violencia.

 

En la Argentina actual, donde el verbo desaparecer vuelve a resonar bajo nuevas formas de exclusión, releer a Enríquez es reconocer la obstinación de los cuerpos que aún son, a pesar de ir a la deriva. La suya no es una literatura del espanto, sino del resto: de lo que queda, de lo que sigue respirando cuando todo lo demás se apaga.

 

Imagen de portada:

Montaje visual con la portada del libro de Enríquez. Fuente: Anagrama

 

Citación recomendada

FREIJOMIL, Mariana. «Un resto que aún respira: ‘Cómo desaparecer completamente’, de Mariana Enríquez». COMeIN [en línea], noviembre 2025, no. 159. ISSN: 1696-3296. DOI: https://doi.org/10.7238/c.n159.2578

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