Número 169 (octubre de 2026)

Ingrid Calvo Ivanovic: «El color no está en las cosas sino en las relaciones» (y II)

Elena Bartomeu Magaña

En la primera parte de la entrevista a Ingrid Calvo Ivanovic, desvelamos que el color no tiene significados universales ni es solo una cuestión estética, sino que depende de factores físicos, perceptivos, culturales, materiales, ecológicos y éticos. En esta segunda parte, profundizamos en los sesgos vinculados al color y, en particular, en los de género.

Elena Bartomeu (EB): Tradicionalmente se ha encerrado el color en el cajón de la física (la luz) o de la psicología (las emociones). Pero desde una perspectiva contemporánea, el color es un fenómeno mucho más relacional y cultural. ¿Cómo podemos explicarle a alguien de la calle que el color no está en las cosas? ¿Cómo podemos cultivar una comprensión decolonial y con perspectiva de género del color?

 

Ingrid Calvo Ivanovic (ICI): Para explicar que el color no está en las cosas, me gusta usar un ejemplo muy simple: una manzana roja en una habitación completamente oscura no tiene color. El color existe en la relación entre una fuente de luz, una superficie y un sistema perceptivo: el ojo y el cerebro de quien mira. Cambia cualquiera de esos tres elementos y el color cambia. No es una propiedad fija del objeto; es un evento que ocurre entre el objeto, la luz y el observador. Eso ya es filosóficamente interesante. Pero lo que añade la perspectiva cultural es que ese observador no es neutro: llega con una historia, con una lengua y con convenciones aprendidas sobre lo que significa cada color.

 

Ahí es donde entra la dimensión decolonial. Durante décadas, las escuelas de diseño han enseñado un mapa de significados del color –el rojo, el azul, el verde, lo que cada uno comunica– construido sobre investigación realizada principalmente en contextos occidentales y presentado como universal. No lo es. El blanco no significa lo mismo en Europa que en muchas culturas de Asia oriental o del África subsahariana. El verde no tiene el mismo peso simbólico en todos los contextos. Diseñar para una población sin conocer su relación cultural con el color no es un error estético: es una imposición.

 

Con el género pasa algo similar, pero con una ironía histórica interesante: el rosa, que hoy asociamos culturalmente con lo femenino en muchos contextos occidentales, era en el siglo XIX un color considerado apropiado para los niños varones –una versión atenuada del rojo marcial– mientras que el azul se asociaba con la feminidad, con la pureza mariana. La inversión tuvo lugar en el siglo XX, impulsada en parte por la industria textil y la publicidad. Eso debería bastar para desmontar cualquier idea de que los significados de género en el color son naturales o inevitables. Son construcciones históricas y, como tales, pueden construirse de otra manera.

 

Todo esto tiene una implicación práctica que me parece fundamental para la enseñanza del diseño: si el color no está en las cosas sino en las relaciones –entre luz, objeto, observador, cultura e historia– entonces no puede haber una sola manera correcta de usarlo, ni un solo sistema que lo agote. Lo que sí puede haber son diseñadores que asuman esa relacionalidad como punto de partida: que investiguen el contexto cultural antes de elegir una paleta, que pregunten a las comunidades para las que diseñan en lugar de proyectar sobre ellas, que traten el significado del color no como un dato fijo sino como algo que se construye, se negocia y puede cambiar. Eso no hace el trabajo del diseñador más difícil. Lo hace más honesto.

 

EB: Newton, Goethe, Itten, Albers... Cuando pensamos en los grandes teóricos del color, la foto parece la de un club exclusivo de hombres blancos ilustrados. ¿Dónde estaban las mujeres en la historia de la comprensión del color? ¿Qué referentes femeninos deberíamos reivindicar para tener una visión menos sesgada de la materia?

 

ICI: Estaban ahí, trabajando, pero en los espacios que el canon decidió no considerar teoría. La historia oficial del color es la historia de los tratados, de los sistemas, de las publicaciones académicas, y ese espacio estuvo durante mucho tiempo casi exclusivamente reservado a los hombres. Pero si amplías la mirada, las mujeres aparecen en todas partes. Paradójicamente, las personas nacidas biológicamente mujeres tienen una percepción del color más aguda y distinguen más colores que quienes nacen de sexo masculino. Por este motivo, el trabajo con el color ha sido históricamente una actividad considerada femenina, intuitiva, sensible y, por ende, menor o menos relevante que la racionalidad de la forma, el dibujo o la perspectiva.

 

En la Bauhaus, Anni Albers desarrolló un pensamiento extraordinariamente sofisticado sobre el color a través del tejido, un medio que la institución relegó a «taller de mujeres» precisamente para no tener que tomarlo en serio como práctica intelectual. Su trabajo con la textura, la luz y el color en los materiales textiles anticipó preguntas que la teoría del color tardó décadas en formular.

 

En el campo de la ciencia del color, Dorothy Nickerson fue una figura central en el desarrollo del control de calidad del color, el uso técnico de la colorimetría, la relación entre los estímulos de color y las percepciones del color, la estandarización de las fuentes de luz, la especificación de la tolerancia del color y la estandarización del sistema Munsell durante la primera mitad del siglo XX. Pero su trabajo es prácticamente desconocido fuera de los círculos especializados.

 

En el presente, hay voces que me parecen fundamentales. Angélica Dass, artista brasileña, lleva años documentando en su proyecto Humanae que ningún ser humano tiene la piel del color que llamamos «carne», y que los sistemas de color estándar que usamos en diseño fueron calibrados para una norma que excluye a la mayoría de la humanidad. O Joy Buolamwini, por ejemplo, quien demuestra con rigor científico que los sistemas de reconocimiento facial basados en inteligencia artificial funcionan mucho peor con pieles oscuras, especialmente las de mujeres, porque fueron entrenados con datos que codificaron el mismo sesgo que llevamos décadas ignorando en el color de las vendas médicas y las tarjetas de calibración fotográfica, siempre pensadas para el color de piel blanca.

 

Reivindicar a estas mujeres no es solo un gesto de justicia histórica, aunque también lo es. Es reconocer que el conocimiento sobre el color siempre fue más plural, más situado y más disputado de lo que el canon quiso admitir, y que las voces que ese canon excluyó no estaban en los márgenes por falta de rigor, sino porque el rigor se definió de una manera que las dejaba fuera. Hoy, cuando hablamos de inteligencias plurales, de conocimiento encarnado, de saberes situados, podemos entender que la inteligencia del color nunca fue singular, simple, o algo cosmético o decorativo. Solo se nos contó y se nos enseñó como si lo fuera.

 

Nota biográfica de la entrevistada:

Dedicada a la investigación, la práctica de diseño y la educación en la estrategia del color, Ingrid Calvo Ivanovic es doctora en Investigación en Diseño por el Politecnico di Milano y cuenta con más de 17 años de experiencia profesional. Su trabajo se fundamenta en una convicción clara: las decisiones de color merecen el mismo rigor, evidencia y claridad metodológica que cualquier otra decisión estratégica en diseño. A lo largo de su trayectoria, ha desarrollado marcos de trabajo, herramientas y estrategias originales para sistematizar la toma de decisiones sobre el color, aplicándolos directamente a la identidad de marca, al diseño de espacios, a la docencia y a proyectos internacionales de investigación.

 

Imagen de portada:

Fotografía de la entrevistada aportada por ella misma. Fuente: Ingrid Calvo Ivanovic.

 

Citación recomendada

BARTOMEU MAGAÑA, Elena. «Ingrid Calvo Ivanovic: «El color no está en las cosas sino en las relaciones» (y II)». COMeIN [en línea], octubre 2026, no. 169. ISSN: 1696-3296. DOI: https://doi.org/10.7238/c.n169.2661

diseño;  investigación;  creatividad;  género;