Número 161 (enero de 2026)

Contra la amnesia obligatoria: símbolos, medios y disputa por la memoria democrática

Sonia Herrera Sánchez

En España, la equiparación mediática y cultural entre símbolos que representan historias políticas profundamente distintas se ha convertido en un fenómeno creciente en la última década. En un entorno digital regido por formatos breves y ritmos virales, cada gesto puede convertirse en un signo sin contexto, y ese vacío permite que el pasado sea manipulado, banalizado o incluso reivindicado sin comprensión histórica. La memoria no es un repertorio de estampas intercambiables: es un campo de disputa donde se juegan sentidos éticos, experiencias y luchas por la democracia y los derechos humanos.

Eduardo Galeano aludió a la «amnesia obligatoria» en El derecho al delirio en alusión a la dictadura en Argentina para señalar cómo, tras periodos de violencia y represión, el olvido se impone como mandato político y cultural. Frente a ello, el autor reivindica la memoria y el derecho a imaginar como formas de resistencia frente a la normalización del pasado y la clausura del futuro.

 

La manifestación del partido fascista Falange en Madrid el 20 de noviembre de 2025 fue un ejemplo dolorosamente claro de aquello sobre lo que me gustaría reflexionar en este texto. Algunos medios abordaron el acto con un tono liviano, casi folklórico, como si fuera una curiosidad más del calendario político. Pero lo que allí se reivindicaba no era una tradición cultural inocua, sino la legitimación de un proyecto dictatorial cuyo himno, el «Cara al sol», fue tomado para glorificar la violencia política, la represión sistemática y la exclusión de la pluralidad democrática. Normalizarlo equivale a permitir que el simbolismo del autoritarismo recupere presencia pública sin ser cuestionado ni rebatido.

 

Frente a estas expresiones, resulta reveladora la difusión que ha tenido en redes sociales la canción Bella Ciao, especialmente tras su incorporación en la banda sonora de La casa de papel en 2019. Originalmente himno de resistencia partisana antifascista, la canción ha sido apropiada en contextos muy diversos, entre ellos por sectores acomodados y jóvenes de derechas en España que la utilizan de forma humorística o como moda estética, despojándola así de su carga política y de su compromiso histórico. Este fenómeno, que ya señalé por aquel entonces en un artículo para El Periódico, subraya un peligro: la despolitización de los símbolos de lucha cuando se separan de las memorias que los sostienen.

 

Sin embargo, la misma canción puede tener un significado muy distinto en contextos de resistencia real. El corto documental A String Among The Ruins (Una cuerda entre las ruinas), de Mahmoud Abu Qaraya, muestra a infancias palestinas en medio de la guerra cantando Bella Ciao junto a su profesora de música, Rola Daloul. Lejos de la ironía o la moda, en ese escenario la música opera como una forma de afirmar la dignidad y la memoria frente a la violencia en un acto de resistencia colectiva que reconecta la canción con sus raíces históricas antifascistas desde el presente. La presencia de Bella Ciao en ese contexto contrasta radicalmente con su uso trivializado en redes sociales, ya que allí no es un accesorio cultural, sino una herramienta de afirmación.

 

Debates sobre memoria y retrotopía

 

Estos debates se entrelazan con la noción de retrotopía, formulada por Zygmunt Bauman para describir la tendencia contemporánea a buscar en el pasado un refugio idealizado frente a la incertidumbre del presente. La retrotopía –lo estamos viendo a diario en los discursos de la ultraderecha global– promueve narrativas nostálgicas que parecen ofrecer orden y seguridad, pero que terminan por consolidar imaginarios autoritarios y regresivos. Acuerdos como el llamado «pacto del olvido» en España, en aras de la «convivencia», que buscó cerrar heridas tras la dictadura sin abordar responsabilidades profundas, son otro claro ejemplo, hoy en día, del alto precio que trajo consigo silenciar sufrimientos reales y dejar de lado las demandas de justicia y reparación.

 

Este fenómeno también se refleja en la cultura audiovisual reciente. La serie Anatomía de un instante, dirigida por Alberto Rodríguez y basada en la novela homónima de Javier Cercas, ha sido presentada como una revisión histórica del 23F, pero en realidad se concentra en tres figuras ya canonizadas y refuerza una narrativa heroica tradicional que no interroga los silencios, pactos ni continuidades estructurales de la Transición respecto al franquismo, reproduciendo así un relato superficial que clausura más que abre la comprensión histórica de aquel oscuro período.

 

En contraste con este enfoque, RTVE ha desarrollado en los últimos años iniciativas que muestran una lectura más amplia y contextualizada de la historia reciente. Documentales como Voladura 76, emitido dentro del ciclo «50 años del gran cambio», o la programación especial dedicada al 50 aniversario del 20N y al cuadragésimo cuarto del golpe de Estado, han apostado por el trabajo con archivo, testimonios y contexto histórico para explicar procesos, no solo personajes. Este tipo de producción demuestra que el servicio público puede contribuir a una memoria democrática más compleja, capaz de ir más allá del relato heroico y de asumir el conflicto, las continuidades y las zonas incómodas del pasado.

 

Esta lógica no opera solo en canciones o productos culturales, sino también en banderas, lugares de memoria o fórmulas discursivas aparentemente neutras –como la apelación constante a «los dos bandos»– que funcionan como símbolos despolitizados de una equidistancia que borra responsabilidades históricas y, de paso, a sus víctimas.

 

Esta urgencia por la recuperación de la memoria también se manifiesta en declaraciones públicas de figuras culturales que vivieron aquellas épocas de represión. La actriz Loles León, en una entrevista reciente en el programa Julia en la Onda, criticó duramente la percepción positiva que una parte de la juventud española tiene del franquismo y llamó a «poner un poco de memoria en el asunto», recordando que en aquellos tiempos la persecución política y la represión eran una realidad cotidiana para quienes luchaban por la libertad y la cultura independiente.

 

La memoria como recurso político

 

La memoria es un recurso político. De eso no hay duda. Los Estados pueden llegar a determinar qué se recuerda, qué se olvida, qué se celebra y qué se cuestiona y, en ello, los medios de comunicación y la cultura tienen un papel cardinal. Cuando los medios, las redes o, incluso, el cine, simplifican o equiparan símbolos con historias y éticas irreconciliables, se contribuye a un clima en el que discursos de odio y nostalgias autoritarias pueden reaparecer sin ser analizados críticamente ni disputados. Restaurar la memoria histórica en el espacio público no es un ejercicio de melancolía, sino una condición de posibilidad ineludible para que la democracia sea consciente de sus logros y de sus fragilidades.

 

No se trata, por tanto, de una cuestión semántica ni de un debate estético sobre canciones o símbolos, sino de la defensa de la memoria frente al olvido, de la democracia frente a la retrotopía autoritaria y de la historia crítica frente a las simplificaciones virales. Solo desde una memoria situada, conflictiva y responsable será posible que los símbolos de lucha y resistencia sigan significando lo que han significado para millones de personas a lo largo de más de un siglo.

 

Para saber más:

BAUMAN, Zygmunt (2017). Retrotopía. Barcelona: Paidós.

 

Imagen de portada:

Ilustración de la portada de la edición en inglés del libro de Bauman Retropia. Fuente: Polity Press.

 

Citación recomendada

HERRERA SÁNCHEZ, Sonia. «Contra la amnesia obligatoria: símbolos, medios y disputa por la memoria democrática». COMeIN [en línea], enero 2026, no. 161. ISSN: 1696-3296. DOI: https://doi.org/10.7238/c.n161.2603

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