La memoria del franquismo no se disputa solo en leyes, archivos o actos públicos. También se juega en las sobremesas familiares, en los apellidos que pesan, en los silencios que protegen a los victimarios y en las historias de algunas hijas y nietas que dejan de obedecer. A partir del movimiento Historias Desobedientes, nacido en Argentina y prolongado en España por voces como la de Loreto Urraca, abordamos una forma incómoda de responsabilidad: la de quienes transforman una herencia íntima en una toma de posición política.
A comienzos de 2026, la retirada del escritor David Uclés de unas jornadas sobre la Guerra Civil organizadas por Arturo Pérez-Reverte en Sevilla reabrió la vieja discusión sobre quién puede hablar del pasado, desde qué marco y a costa de qué blanqueamientos. La presencia de José María Aznar e Iván Espinosa de los Monteros en el cartel y el propio título del encuentro, 1936. La guerra que perdimos todos, convirtieron el evento en un síntoma más de que la memoria del franquismo sigue siendo un terreno de disputa.
El gesto de Uclés tenía, además, una dimensión personal. La península de las casas vacías (2025) nace, en buena medida, de las historias que su abuelo le contó sobre la Guerra Civil. Su retirada puede leerse como la negativa a dejar que ese legado narrativo se tratara con equidistancia. En ese mismo contexto, la presencia de Aznar tampoco era inocente. Meses antes, al ser preguntado por el franquismo, el expresidente había declarado: «No voy a condenar algo en lo cual mi padre participó». La frase desplazaba el debate del terreno estrictamente histórico y político al familiar y mostraba hasta qué punto ciertas lecturas públicas del pasado siguen sostenidas por lealtades privadas.
Memoria y el colectivo Historias Desobedientes
La tensión entre memoria, filiación y obediencia familiar encuentra en Argentina una resonancia extrema. El Gobierno de Javier Milei ha vuelto a disputar la memoria de la dictadura mediante la consigna de una «memoria completa», una retórica que cuestiona la cifra de 30.000 desaparecidos y redefine el terrorismo de Estado como una «guerra» atravesada por «excesos», casi un calco del alegato de Emilio Eduardo Massera en el Juicio a las Juntas de 1985. Pero Argentina también es el lugar donde la cuestión de la lealtad heredada adquirió una forma colectiva. En 2017, hijas e hijos de represores de la última dictadura fundaron Historias Desobedientes para posicionarse junto a las familias de los desaparecidos.
Porque los muertos siempre se resisten al olvido. Desde marzo hasta mayo de este año, el Equipo Argentino de Antropología Forense identificó nuevos restos en La Perla, justo cuando se cumplían cincuenta años del golpe de la dictadura cívico-militar. En un contexto de ofensiva negacionista, esas identificaciones devolvían nombre, cuerpo e inscripción pública a quienes habían sido expulsados de la historia común. También recordaban que las herencias de una dictadura nunca se procesan de una sola forma. Pueden transmitirse como orgullo, eludirse mediante la ambigüedad y el silencio o repudiarse mediante una desobediencia activa.
Es en esa distancia entre filiación y obediencia al pacto de silencio donde cobra fuerza el colectivo Historias Desobedientes. Su eco en España se articula a través de la trayectoria de Loreto Urraca, nieta de Pedro Urraca Rendueles, policía franquista destinado en Francia, colaborador de la Gestapo y conocido por su papel en la persecución de exiliados republicanos, entre ellos Lluís Companys. Tras investigar la figura de su abuelo y publicar Entre hienas en 2018, contactó con ella Analía Kalinec, una de las fundadoras argentinas. Esta conexión trasladó al contexto español el conflicto en torno a la responsabilidad que asumen los descendientes de victimarios frente a la violencia heredada.
Desobediencia al apellido
Cuando hijos o nietos de represores toman la palabra, se quiebra una interpretación del pasado, pero, antes que nada, una lealtad familiar. La desobediencia desplaza la fidelidad al apellido, al linaje o a la paz doméstica hacia las víctimas, la verdad histórica y una responsabilidad ética que obliga a revisar los vínculos más próximos. Nace de un gesto inscrito en lo privado que adquiere dimensión pública y política. Basta con que uno de sus miembros deje de sostener la ficción de que el pater familias es incuestionable para que el orden doméstico se tambalee y, con él, las jerarquías familiares y sociales que lo sostienen. Un pasaje de Llevaré su nombre. La hija desobediente de un genocida (2021), de Analía Kalinec, condensa esa ambivalencia. Durante una visita a su padre, el expolicía Eduardo Kalinec, él le pregunta si está orgullosa de él. En ese momento, Analía distingue en silencio aquello que todavía puede sostener del vínculo. Como padre, sí; como todo lo demás, no.
En España, sin embargo, la desobediencia no adopta necesariamente la forma de una ruptura frontal con el padre, sino la de una investigación del archivo familiar y público que revela el conflicto con el pasado. La diferencia es generacional y está moldeada por contextos históricos específicos. En Argentina, el colectivo nace de hijas e hijos de represores que muchas veces enfrentan procesos judiciales, especialmente tras la anulación de las leyes Punto Final y Obediencia Debida en 2003. En España, la interpelación se desplaza hacia las nietas y los nietos del franquismo. Heredan una historia familiar incompleta y la interrogan desde las tensiones experimentadas en el presente, provocadas por las formas en que esa historia fue protegida mediante silencios, ambigüedades, o prestigio social. La pregunta ya no es solo qué hizo el abuelo, sino también qué hizo la familia y qué hizo el país con ese pasado. El trabajo de Loreto Urraca responde a ese cuestionamiento al convertir el archivo familiar y el archivo histórico en espacios de interrogación. La investigación sobre su abuelo reconstruye su implicación en la persecución del exilio republicano, pero, a la vez, desmonta las condiciones familiares, documentales y sociales que permitieron que esa figura permaneciera durante décadas sin una interpelación pública sólida.
La potencia política de cada una de estas historias reside en mostrarnos una forma incómoda de responsabilidad, una que cuestiona cómo construimos nuestros vínculos de pertenencia. Al abrir archivos, nombrar a los victimarios y desplazar la lealtad hacia las víctimas, estas voces muestran que la memoria no se juega solo en procesos legales, exhumaciones o actos públicos. También depende de las formas íntimas y colectivas en que nos interrogamos sobre nuestras herencias y reconocemos la dimensión política de los vínculos que nos construyen.
Para saber más:
COLECTIVO HISTORIAS DESOBEDIENTES (2020). Escritos desobedientes. Historias de hijas, hijos y familiares de genocidas por la memoria, la verdad y la justicia. Col. Historia Urgente n.º 68. Marea Editorial.
JELIN, Elizabeth (2022). Los trabajos de la memoria. Fondo de Cultura Económica Argentina.
KALINEC, Analía (2021). Llevaré su nombre. La hija desobediente de un genocida. Col. Historia Urgente n.º 68. Marea Editorial
URRACA, Loreto (2024). Entre hienas. Retrato de familia sobre fondo en guerra. Editorial Funambulista.
Imagen de portada:
Logo de Historias Desobedientes. Fuente: Historias Desobedientes - Argentina.
Citación recomendada
FREIJOMIL, Mariana. «Desobedecer como responsabilidad: historias familiares, memoria democrática y herencia política». COMeIN [en línea], mayo 2026, no. 165. ISSN: 1696-3296. DOI: https://doi.org/10.7238/c.n165.2637



