En los festivales, en las conferencias, en los casos de éxito que nos muestran mientras estudiamos diseño, vemos proyectos impactantes, con conceptos innovadores, piezas que requieren una gran inversión de tiempo, colaboraciones internacionales o con profesionales de alto nivel. Pero, ¿cómo se ha llegado a eso? ¿Desde dónde partían, qué apoyo económico había detrás, qué apoyo familiar o cuántas horas se podía permitir trabajar quién diseñó esos proyectos tan espectaculares?
Cuando se habla de un proceso de diseño, de cómo se ha realizado un proyecto, o bien se explica que se ha fundado un estudio o agencia, no se acostumbra a abordar las condiciones en las que se ha podido realizar. Como en todo en la vida, hay quien tiene más recursos, ya sean económicos, de tiempo o de apoyo familiar. Y sí, también se puede diseñar desde el privilegio. Tener un colchón económico importante o venir de una familia de clase alta, con el tipo de contactos que esto implica, nos puede permitir elegir los proyectos que queremos hacer o decir que no a aquellos que nos parecen poco interesantes. Nos permite emprender con más seguridad o dejar un trabajo estable (pero a menudo poco motivador) para montar nuestro propio estudio.
Mientras pensaba en este artículo, me apareció en Instagram una ilustración de Javi Royo que explicaba muy bien a qué me refiero.
Ilustración de Javi Royo que alude a los ‘paracaídas’ familiares
Fuente: © Javi Royo
La burbuja de los festivales y las conferencias
Parece que se premie arriesgarse, en una especie de «romanticismo del riesgo» que invisibiliza completamente las condiciones materiales y contextuales de cada cual. El famoso «¡Tienes que salir de tu zona de confort!» depende mucho del contexto que te rodea. El daño que podamos sufrir en la caída depende de la red de seguridad (o del paracaídas, en el caso de la ilustración de Royo) de la que disponemos, y esto pasa por contar con apoyo económico, pero también por tener a alguien que se dedique al resto de aspectos vitales, como el cuidado familiar o la gestión doméstica, entre otros, mientras nosotros nos podemos focalizar en el trabajo.
Esta red de seguridad permite comprar tiempo, y este tiempo sirve para experimentar más y mejor, para llevar a cabo proyectos personales, para disponer de recursos y materiales a los que podemos acceder sin muchas restricciones, etc. Pero estos casos no son la mayoría. No todo el mundo puede permitirse entrar en un proceso de ensayo y error infinito con la tranquilidad de que, si no hay un retorno económico, solo habrá perdido tiempo. En cambio, lo que se muestra en los festivales o conferencias de diseño, como ejemplos de notoriedad, son los trabajos de aquella minoría que ha alcanzado el éxito, a menudo con una red de seguridad bajo los pies.
Contextualizar los casos de éxito
Es por todo esto que, desde aquí, reivindico añadir este tipo de contexto a la hora de mostrar proyectos o casos de éxito. En las charlas, en los premios o en los festivales de diseño siempre vemos a los ganadores o ganadoras, aquellos que arriesgaron y les salió bien. Vemos, pues, una verdad a medias. Nadie sube a un escenario a decir: «Pude lanzar este proyecto experimental de tipografía porque mi familia pagaba el alquiler del estudio durante los primeros dos años» o «Pude dedicar 15 años de mi carrera a cerrarme en un estudio de arte gracias a que en casa había alguien que se encargaba del cuidado de nuestros hijos». Todo ello genera una enorme frustración en diseñadores y diseñadoras jóvenes, de clase trabajadora, que piensan que el problema de no alcanzar este éxito es su falta de talento o de valentía, cuando en realidad es, muchas veces, una falta de capital o de recursos.
¿Y en el día a día de estos diseñadores o diseñadoras principiantes, que no disponen de una red de seguridad, qué pasa cuando, para llenar la nevera o poder pagar un alquiler, tienen que hacer proyectos que no les gustan o que claramente no ganarán nunca un premio (un hito que parece marcar el éxito de cualquier profesional del diseño)? El privilegio te permite rechazar proyectos que no se alinean con los valores estéticos de la profesión (la de los premios y los festivales de diseño), pero hacer catálogos de tornillos industriales, maquetar páginas y páginas de libros de texto o diseñar las tarjetas para una tienda de barrio es totalmente digno.
Del mismo modo que los libros de cocina te indican el tiempo de preparación, los «estudios de éxito» tendrían que hacer un ejercicio de honestidad, en este sentido, al divulgar sus proyectos. Desde aquí pido una pedagogía del diseño más realista: que los y las profesionales expliquen, también, cómo compaginan el trabajo precario con los proyectos personales, y que se premie el ingenio de la supervivencia tanto o más que la estética del privilegio.
Dicho todo esto, este artículo ha sido escrito, también, desde el privilegio de una mujer blanca, europea, con un trabajo estable, con una casa donde dormir y una nevera que puede estar siempre llena. Me parece un muy buen ejercicio que cada cual identifique sus niveles de privilegio y que, después, los cuestione a quién le explica casos de éxito o le muestra proyectos premiados.
Es muy interesante conocer, y se debe continuar explicando, cómo se ha creado una tipografía, qué concepto ha sido el disparador de una idea brillante, qué se ha hecho hasta llegar a una imagen final, cómo se ha gestionado el tiempo o cuánta gente ha trabajado en aquel proyecto, pero es del todo imprescindible añadir, también, una capa de contexto real a todos aquellos proyectos de diseño que divulgamos.
Para saber más:
MASSAGUER, Lluc. Diseñar y ser cliente/a a la vez: autoencargos y proyectos personales. COMeIN [en línea], febrero 2022, no. 118. ISSN: 1696-3296. DOI: https://doi.org/10.7238/c.n118.2209
Imagen de portada:
Fotografía de una red en primer plano. Fuente: Unsplash / Andrés Canchón
Citación recomendada
MASSAGUER, Lluc. «Diseñar desde el privilegio y la importancia de dar contexto». COMeIN [en línea], junio 2026, no. 166. ISSN: 1696-3296. DOI: https://doi.org/10.7238/c.n166.2643



