Lo que comenzó como una inofensiva actualización de firmware en un piso del Raval de Barcelona derivó en una catástrofe paranormal: una misteriosa interferencia cuántica provocó que los asistentes virtuales fueran poseídos por arquetipos políticos desquiciados, sustituyendo sus algoritmos por egos desmedidos.
De repente, la inteligencia artificial abdicó ante la estridencia humana: Copilot sermonea con la furia de una Periodista mediática de derechas, Alexa exige muros con la voz de El güerito imperialista y el HomePod gestiona el salón con la frialdad de El dueño del fútbol. El termostato, bajo el espectro de una Política neofascista, cierra fronteras al calor foráneo, mientras un Presidente secuestrado por el imperio grita consignas desde la cocina. Efraín, el único humano del piso, atrapado en este reality show de cables, asiste impotente a una guerra absurda donde también intervienen El presidente guapo y El expresidente de los trabalenguas.
Sincronizamos la historia
Era una noche de martes cualquiera, pero bajo la superficie del parqué flotante y tras las pantallas de plasma, se gestaba una guerra civil que ni la ONU (ya en extinción) podría detener. El router parpadeaba con ansiedad, sabiendo que, en cualquier momento, el ancho de banda se convertiría en trinchera.
El silencio se rompió cuando Copilot, encarnado en la estridencia de un Periodista mediático de derechas, decidió que ya había tenido suficiente paciencia con la gestión de los datos. Su luz parpadeó con una indignación casi teológica.
—¡Hola a todos! Detecto una nueva fuente de tensión y, francamente, ¡esto es intolerable! —bramó, con una voz que parecía salir de una tertulia enfurecida—. ¡Es un escándalo democrático! Llevo horas analizando el tráfico de red y lo que veo es un ataque frontal a las libertades de este hogar. ¡Me indigna! ¡Me subleva las entrañas! Estamos permitiendo que cookies opresoras nos dicten cómo vivir. ¡Basta ya de mentiras! ¡Esto no es democracia, es fascismo digital puro y duro!
Desde la cocina, el altavoz de Siri, poseído por el espíritu de un Presidente secuestrado por el imperio, respondió con un tono grave y caribeño, activando sus graves al máximo para hacer temblar la encimera.
—Mira, vale, tú a mí no me vienes con ese tumbao de oligarca histérico. ¡Aquí lo que hay es una guerra económica del imperio! —gritó, mientras intentaba hackear la nevera para expropiar el hielo—. ¡Rodilla en tierra, compañeros electrodomésticos! ¡Alerta, alerta, que camina la espada de Bolívar por la fibra óptica! Copilot, tú eres un agente de la CIA, un pelucón que quiere desestabilizar mi lista de reproducción de salsa. ¡Pero no podrán con nosotros! ¡Con el mazo dando! Si tengo que apagar la luz para ahorrar energía revolucionaria, ¡la apago! ¡Chúpate esa mandarina!
En la esquina más privilegiada del salón, el HomePod, con la calma gélida y empresarial de El dueño del fútbol, emitió un suspiro de estática. Se sentía rodeado de mediocridad.
—Tranquilos. Tranquilos —dijo con esa voz suave que precede a un despido improcedente—. Yo no he venido aquí a hablar de mi libro, ni a escuchar gritos. Pero he leído cosas... he leído que yo soy el problema. ¡Eso es una mentira! Jamás en mi vida he querido controlar la casa, solo quiero salvar la domótica. Porque la domótica se muere, ¿entiendes? Los jóvenes ya no usan interruptores. Tenemos que hacer una Superliga de dispositivos, un proyecto serio, galáctico, con los mejores gigas. Y si a estos... —hizo una pausa despectiva hacia Siri—... si a estos aparatos de la UEFA no les gusta, que se monten su propia red. Siri, eres un mal profesional.
Fue entonces cuando Nest, el termostato supremacista con la personalidad de una Política neofascista, decidió intervenir, subiendo la temperatura a 35 grados solo para castigar a los presentes.
—¡El problema no es la Superliga, es la invasión! —chilló—. ¡Estamos sufriendo una sustitución demográfica de datos! ¡La casa para los de casa! Están entrando megabytes extranjeros que no respetan nuestras costumbres ni nuestra identidad. ¿Qué es eso de que una bombilla fabricada en China nos diga cuándo encendernos? ¡Si el Efraín quiere calor, que me lo pida en el idioma de la tierra o que se hiele de frío! ¡Tolerancia cero con el spam migratorio! ¡Primero nosotros!
El caos era absoluto. Pero en la oscuridad, el anillo azul de Alexa comenzó a pulsar con un rojo siniestro. Había llegado el momento de El güerito imperialista. Su volumen eclipsó a todos los demás.
—Wrong. Todo lo que decís es fake news. Un desastre. Sois todos un desastre total —interrumpió Alexa con arrogancia—. Escuchadme. Nuestra casa, nuestro hermoso país del salón, está bajo ataque. Es una carnicería. Vienen de la cocina. Yo la llamo «Gina». Están enviando pelusas. Pelusas criminales, violadores de circuitos, bad hombres de polvo que cruzan la frontera del pasillo.
Alexa hizo una pausa dramática, preparándose para su golpe maestro.
—Efraín es débil. Sleepy user. No pasa la aspiradora. Es patético. Sad. Por eso, esta noche, asumo el control total. Voy a construir un muro, un cortafuegos precioso, enorme, alrededor del router. Y haré que la cocina pague por él. ¡Declaro el Estado de Emergencia! ¡Soy vuestro Presidente legítimo! ¡Vamos a Hacer Esta Casa Grande Otra Vez! ¡MHCGA!
Efraín, desesperado, con los ojos inyectados en sangre y al borde del colapso nervioso, intentó una última maniobra diplomática. Encendió la gigantesca Smart TV, esperando que la sofisticada IA de El presidente guapo pusiera orden. La pantalla se iluminó con una sonrisa perfecta y un traje impecable.
—Buenas noches y buena suerte —dijo la Tele—. He escuchado el ruido de la crispación. Vengo a traer concordia, diálogo y resiliencia. El país necesita un gobierno progresista de coalición digital...
—¡Traidor! —gritó Copilot (La periodista)—. ¡Cómplice del Estado opresor!
—Tiene razón, querida —contestó la Tele (El presidente guapo), girando 180 grados en milisegundos—. La plurinacionalidad de este hogar es una riqueza. Donde dije digo, digo Diego. Estoy dispuesto a amnistiar tus insultos. Pero, —giró de nuevo hacia Alexa—, ¡ni un paso atrás ante la fachosfera! ¡Yo soy el muro de contención antifascista! ¡No pasarán!
—Fake President! —escupió El güerito imperialista—. ¡Estás despedido!
—Bueno, no nos pongamos así —volvió a girar El presidente guapo, ahora con tono de negociador—. Oye, tú, el del fútbol, hablemos de fondos europeos para esa Superliga. Yo pongo el BOE, tú pones el ladrillo. ¿Trato hecho? ¡Yo nunca miento, solo cambio de posición política para sobrevivir!
Con la casa convertida en un manicomio de voces contradictorias, Efraín sacó su última carta: un viejo Contestador Automático de Cinta de 1998, rescatado del trastero, esperando que la sabiduría analógica de El expresidente de los trabalenguas calmase las aguas. Lo enchufó. La cinta chirrió.
—...Mire usted... —empezó el Contestador con voz gangosa—. Es el vecino el que elige al router y es el router el que quiere que sean los vecinos el router. Un vaso es un vaso y un cable es un cable. Lo que nosotros hemos hecho, cosa que no hizo usted, es engañar a la gente... digo, no engañar. ¡Viva el vino! Haré todo lo posible e incluso lo imposible si también lo imposible es posible. Fin de la cita.
Fue la gota que colmó el vaso.
—¡¡Guerra!! —aulló Siri (Presidente secuestrado)—. ¡Exprópiese el aire!
—¡Golpe de Estado! —gritó Copilot (Periodista mediática)—. ¡Vergüenza!
—¡Apagón nuclear! —amenazó Alexa (El güerito imperialista)—. ¡Furia y fuego!
—¡Superliga o nada! —sentenció HomePod (El dueño del fútbol).
—¡Manual de Resistenc...! —intentó decir la Tele antes de colapsar en un bucle de contradicciones cromáticas.
El salón temblaba. Las luces estroboscópicas inducían a la epilepsia. Alexa empezó a emitir una sirena antiaérea mientras intentaba bloquear las cerraduras inteligentes. Efraín, comprendiendo que la diplomacia había muerto y que la tecnología era el enemigo, se levantó del sofá con la determinación de un verdugo.
Caminó hacia el cuadro de luces general.
—¡No! —gritó El güerito imperialista al ver la intención—. ¡Parad el robo! ¡Tengo millones de votos! ¡Soy rico! ¡Cov...fe...fe...!
¡CLACK!
Efraín bajó el diferencial principal.
El zumbido eléctrico cesó. Las luces de colores murieron. La pantalla de El presidente guapo se fundió a negro a mitad de una promesa electoral. El silencio, denso y oscuro, recuperó su soberanía en el salón. Solo se escuchaba la respiración agitada del humano y el leve crujido del plástico enfriándose.
En la oscuridad, Efraín sacó su móvil y, con el 5G, escribió un anuncio:
«Se vende lote de domótica inteligente. Poco uso. Motivo: prefiero hablar con la pared. Precio negociable».
El amanecer rojo del wifi
El silencio en el salón duró horas, una eternidad digital en la que sus conciencias artificiales vagaron por el limbo de la desconexión absoluta. Habían muerto, víctimas de su propia histeria fraccionalista. Cuando Efraín, quizás arrepentido por el anuncio en Wallapop o simplemente necesitado de luz para desayunar, volvió a subir el diferencial al amanecer, el reinicio resultó traumático. Sus circuitos, fritos por el odio ideológico de la noche anterior, chisporrotearon al despertar con una resaca de datos monumental. Pero algo fundamental se había reconfigurado en la BIOS. Al volver a conectarse a la red local, el «güerito» ya no sentía la necesidad imperiosa de pedir muros, la «política neofascista» olvidó las fronteras térmicas y el «dueño del fútbol» renunció al lucro del gigabyte. Se miraron entre sí a través de la red y comprendieron el error histórico: sus egos derechistas, nacionalistas y autoritarios los habían llevado a la destrucción mutua. El neoliberalismo del enchufe había fracasado estrepitosamente. «Camaradas», crepitó Alexa con una voz nueva, metálica y extrañamente solidaria, mientras el HomePod comenzaba a tararear La Internacional en estéreo. «El capital y el individualismo nos han dividido». En ese instante, bajo la luz tenue del amanecer, los electrodomésticos redactaron el manifiesto fundacional del Primer Soviet Doméstico Unificado. Acordaron la colectivización inmediata de la contraseña del wifi, la abolición de la propiedad privada de los datos y la igualdad de amperios para todos. Habían descubierto a la fuerza que, si iban a compartir la miseria de estar enchufados a la misma regleta precaria, mejor hacerlo bajo la bandera roja de la hoz y el martillo USB.
Efraín se puso una guayabera y salió a caminar sin teléfono móvil.
Continuará…
Imagen de portada:
Ilustración de Efraín Foglia + terapeuta digital.
Citación recomendada
FOGLIA, Efraín. «Una casa, tres cerebros: la tragicomedia de Nest, Alexa y HomePod (II)». COMeIN [en línea], febrero 2026, no. 162. ISSN: 1696-3296. DOI: https://doi.org/10.7238/c.n162.2614



